Miscelánea

Valiente, el vasco

Se lee en el españolísimo —a propósito— Don Quijote de la Mancha un diálogo entre un casi desconocido Sansón Carrasco, el caballero y su escudero

La Razón / Óscar Dorado Vega

02:09 / 17 de julio de 2012

El primero de los citados afirma: “Estamos en duda si saldrá o no, y así por esto como porque algunos dicen: Nunca segundas partes fueron buenas”.

Bueno, ese es uno —apenas uno— de los desafíos de Azkargorta a la hora de ser, nuevamente, seleccionador nacional.

No sé si derrotar la esencia de esa expresión será su principal y/o esencial escollo. Es que en la realidad son varios, acaso excesivos. Comenzando por la magra campaña que exhibe el plantel en la clasificatoria sudamericana (ya no está último pero tampoco eso sirve de consuelo), la escasa competitividad del torneo de Liga (de donde proviene la gran mayoría de los convocados) y su propia inactividad profesional (siete años no constituyen poco tiempo), lo que nada tiene que ver, por cierto, con sus reconocidas capacidades. Aparte, el sistema de competición no es el mismo de 1993, ya no existe ni remotamente la opción de un trabajo de amplios alcances (recuérdese aquel ciclo en el Centro de Alto Rendimiento de Barcelona), Bolivia no cuenta con una generación de futbolistas como la que él gozó en su primer ciclo y, además, Antonio López Habas, su mano derecha, está en otra cosa.

Azkargorta —valiente él— pone en juego parte de su prestigio y del grato recuerdo que provoca aquella histórica campaña.

Se apoya (y está bien que así sea) en quienes conocen a la perfección su filosofía. Ya no podrán apuntalarlo desde dentro del campo. Lo harán desde un costado, como fieles discípulos.

¿Cuál es el objetivo concreto? ¿La meta se sitúa en Brasil 2014 o hay que trazar los dardos hacia el 2018? ¿Cabe aplicar la renovación inmediata que Julio César Baldivieso —el candidato que quedó a la vera del camino— enunció como principal bastión de su proyecto? Son interrogantes que seguramente ameritarán respuestas claras en el corto plazo.

La vacancia en el cargo duró trece días. Muy pocos, si se los compara con los veinte años que distan desde el primer arribo de este hombre —carismático, como pocos— que pregona el “se juega como se vive”, expresión, dicho sea de paso, que no hace más que agregar otro reto a la agenda venidera.

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