Miscelánea

El fútbol le abrió cauce a la fiesta

La Razón (Edición impresa) / Óscar Dorado

10:03 / 17 de diciembre de 2012

The Strongest jugó sereno. Seguro de sí mismo. Contento. Abrazado al éxito logrado anticipadamente en Potosí.

Bolívar, en cambio, no fue más que el reflejo de lo que mostró a lo largo del torneo; es decir, un equipo impreciso, irregular y nervioso. Sin un norte en lo colectivo y afectado a raíz de ostensibles mermas individuales ( Lizio representó una muestra patente al respecto).

El campeón anticipado hasta se permitió el lujo de una semana previa colmada de festejos y homenajes, donde la preparación resultó distinta, en exigencia, a la habitual. Sin embargo, ello no se notó en absoluto. Es que los circuitos están asimilados y funcionan, a diferencia del presente que exhibe su adversario. Escobar y Chumacero, por ejemplo, se entienden y operan de memoria. Ayer lo ratificaron. Aparte, es un cuadro tonificado tras su consagración y ello le dota de una valiosa carga de actitud positiva, sinónimo de solvencia.

Bastó que Valverde resbalara para que apareciera Pablo Daniel y firmara la apertura.

La Academia ubicó a Cantero como referencia ofensiva y su presencia, salvo una que otra jugada, resultó virtualmente nominal, escuálida.

Al margen de la ventaja, el Tigre nunca dejó de pensar en el arco de Quiñónez. Y esto tiene que ver, y mucho, con aquello antes anotado: el accionar que no se traiciona porque constituye la identidad, la esencia del desenvolvimiento.

Bolívar mejoró con el ingreso de Álvarez (aunque terminó ofuscado en grado extremo). E instantes después que el horizontal devolviera un remate de Escobar, Campos se animó de media distancia y empató.

Uno perdió a Justiniano. Otro a Méndez; ambos expulsados. Y la tónica del partido no varió, ni siquiera tras los cambios que el señor Portugal ensayó —probando, como durante todo el certamen—  en procura de revertir el marcador. Valverde también vio la roja y el bochorno amenazó con apoderarse del final.

El partido como tal pareció accesorio a través de varios pasajes. El elenco celeste —llamativamente proclive a la infracción—  era el obligado a proponer algo distinto, a exigir, y no lo consiguió. El Tigre, entre tanto, tenía la mente puesta en la celebración y ese derecho era y es, a todas luces, inobjetable.

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