Miscelánea

La Razón (Edición impresa) / Lorenzo Carri

12:54 / 15 de octubre de 2012

Se ha dicho en infinidad de ocasiones que en las eliminatorias sudamericanas para el Mundial no interesa el desarrollo de un cotejo sino el resultado. Los espectadores van al estadio a esperar un marcador (favorable, claro). El rendimiento suele ser un detalle accesorio. Lo que interesa es la tabla, y nos abruman los cálculos en torno a las posibilidades de clasificar.

El viernes, sin embargo, hubo un detalle infrecuente en Miraflores. Un entrenador admirado y querido, debido a la inolvidable historia de 1993, volvía al Siles. Mucha gente no fue solamente a esperar un resultado. Había en el aire como la espera de un milagro. Se habló en los días previos —cosa infrecuente en estas épocas— de la palabra convincente y el don   de convencimiento de Azkargorta. Tanto que hasta nos olvidamos de esa fiebre de manejar sistemas que hemos contraído en los últimos tiempos, y por la que solemos calibrar a los entrenadores…

El partido, sobre todo ese primer tiempo (horrible, escribió con acierto Óscar Dorado) hizo que las cosas volvieran al punto cero. Casi como cuando Gustavo Domingo Quinteros decidió que más valía pájaro en mano que ciento volando, y dejó al equipo nacional.

Nos hemos quedado vacíos. Todos. Los que abrigaban ilusiones, los que no se pronunciaban y los que creían o creen que la ansiada clasificación ya se esfumó.

Todos los que creíamos que esto es un torneo de fútbol y no la exclusiva espera de un resultado.

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