Miscelánea

El rostro canallesco del fútbol

Sobornos La FIFA publicó un documento que confirma la implicación de los brasileños Joao Havelange y Ricardo Teixeira.

Joao Havelange y Ricardo Teixeira.

Joao Havelange y Ricardo Teixeira. foto: Internet

La Razón / Julio Peñaloza / La Paz

03:01 / 16 de julio de 2012

A mí lo único que me interesa en la vida es el dinero, Julio”. Tremenda frase de cabecera me fue transmitida sin dubitación alguna por un personero de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) que había trabajado en el operativo USA 94 en los Estados Unidos, luego de los muchos whiskys que dicho sujeto había ingerido a eso de las 04.00 del día siguiente en que Bolivia jugó frente a Colo Colo de Chile en Cochabamba con motivo de la apoteósica despedida de Xabier Azkargorta de nuestro país.

Esta imagen acústica que ha quedado grabada en mi generosa memoria, volvió a visitarme cuando hace unos días, finalmente, se destapó el manejo para la otorgación de derechos de explotación televisiva que habían hecho suegro y yerno del fútbol brasileño, de los cuales, el primero, Joao Havelange, a los 95 años, se vio obligado a dejar un cargo que mantenía en el Comité Olímpico Internacional (COI) en diciembre de 2011, y el segundo, Ricardo Teixeira, tuvo que renunciar a la CBF el 12 de marzo con el pretexto de problemas de salud. La trama puso al descubierto la suma de casi $us 23 millones recibidos por el entonces capo de la FIFA y el esposo de su hija,  en calidad de coimas, asunto sobre el que con un cinismo friamente suizo, Joseph Blatter ha declarado que “entonces eso no era ofensa y por lo tanto no teníamos por qué ofendernos”.

Un colega al cual respeto por la cruda honestidad con la que suele decirme las cosas, me recordó que en este recorrido por el periodismo y sus pasadizos secretos, yo no había dudado en aceptar que parte de mi perfil pasara por el “hágase odiar”, debido a que en asuntos de este calibre y otros vinculados con las vicisitudes políticas del país, nunca había calculado cuanto beneficio o perjuicio podrían causarme a la larga, ciertas embestidas contra ciertos cínicos y poderosos señores sospechosos de llevarse muchas bolsas llenas de dinero, producto de su ingenio para sacarle beneficio personal a intereses de orden público. Pero en el caso del fútbol, la frontera entre lo correcto y lo ilícito queda automáticamente desdibujada en razón de que se trata de una millonaria actividad con estructura de propiedad privada en la que el canibalismo capitalista hace que la fiscalización sea muy difícil y por eso es de celebrar que el todo vale haya encontrado luego de más de dos décadas un stop, aunque solamente sea enunciativo.

Lo de Havelange y Teixeira pasa por la bribonería de la acumulación, y no parece haber posibilidad de ponerle freno a la impunidad por eso que decía Bertolt Brecht: “No sé si es peor asaltar un banco que fundarlo”. En otras palabras, la FIFA, que hasta hace unos días había logrado mantener el asunto en la confidencialidad, se dio cuenta que ya no era necesario proteger a dos de sus grandes cabecillas de casi tres décadas, porque esto no tiene otro castigo que el de la reprobación moral que pueda hacer la sociedad frente a personajes para los que la codicia es ilimitada.

Con el negoción hecho por Havelange-Teixeira, ahora no quedarán dudas de por qué transmiten televisivamente torneos unas y no otras empresas, por qué se sortean los fixtures de partidos con tales cabezas de serie y no con otras, por qué se designan a ciertos árbitros y no a otros, por qué se les pagan dietas de miles de dólares a los presidentes de las asociaciones nacionales, y por qué se acepta que en un perímetro determinado alrededor de los estadios donde se juegan los grandes torneos internacionales se comercialicen ciertas marcas y no otras.

Mientras los amantes del juego andamos distraídos con los malabares individuales y colectivos, el “fútbol real”, el que se decide en las mesas de otorgación de derechos y firmas de sponsorización no detiene su funcionamiento de maquinaria incansable pues eso de reproducir y perfeccionar los mecanismos del espectáculo más atractivo del planeta, tiene que ver, en realidad, con la avidez de los Blatter y los Teixeira, que han hecho de la acumulación el elemento que explica al mundo como cada vez más desigual e inequitativo. Unos se llevan los millones y los otros las monedas. Así funciona y esto no tiene por qué cambiar.

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