Miscelánea

El tributo. en memoria de Alfonso Seligman

Alfonso fue de las pocas personas que conocían los dos lados del asunto: la realidad de los árbitros y la presión —tantas veces subterránea— de los dirigentes de clubes. No era un ingenuo porque después de semanas y meses y años escuchando y leyendo reclamaciones, sabía cómo era de espinoso el tema, antes y después de los cotejos.

La Razón / Lorenzo Carri / La Paz

05:35 / 23 de enero de 2012

Pero se permitió la ingenuidad de creer a rajatabla en los jueces que de él dependían, esa ingenuidad irreprochable en muchas personas de buena voluntad. Porque vaya que hay que tener buena voluntad para ocupar cargos de tan pocas satisfacciones y tan enormes disgustos.

Sí. Alfonso Seligman creyó en los árbitros nacionales y salió en su defensa, una y otra y otra vez.

Tenía toda la razón del mundo, porque el fútbol, como cualquier deporte, necesita una voz única en el terreno de juego, un hombre que vea y juzgue lo que sucede y dictamine de acuerdo con un reglamento. Un juez secundado por dos compañeros en los costados (también de dificilísima e incomprendida tarea) que deben ayudarlo en su misión.

Socavar esa autoridad —so pretexto de fieles videos, visiones diversas, pasiones, exabruptos e ignorancias de todo calibre— es atentar contra el fútbol.

Ese fue el credo de Alfonso, que utilizó la franqueza con los árbitros, pero jamás dejó de defenderlos. Se ha ido en silencio y en merecida paz después de tanto ruido.

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