Marcas

El monstruo y el niño bueno

A Mourinho le ha hecho daño el pequeño monstruo que él mismo ha creado

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

01:20 / 05 de octubre de 2012

Hay dos maneras de comprender el triunfo en la vida: Una es la de Mourinho, que hace permanentes aspavientos acerca de la soberbia potencia del éxito; y la otra es la de Messi y la escuela del Barcelona, explicada por el cable a tierra que significa no apartarse de unos postulados esenciales relacionados con los proyectos que se construyen en comunidad sin obsesiones perforadas por esa enfermiza búsqueda del estrellato. Por eso los unos nunca tienen tiempo para celebrar plenamente, mientras los otros hacen del fútbol un motivo para el disfrute permanente.

El egocentrismo, el dinero y la descomunal capacidad de consumo de las estrellas del mundo del espectáculo, incluídos muchos políticos que usan valores esenciales como caballo de batalla, ofreciendo el espejismo de una mejor sociedad para días venideros, es lo que se vende en esta segunda década del siglo XXI y es lo que se compra con la facilidad pasmosa de los voraces consumidores de lo mediático, la mayoría esclavizados a una vida con velocidad de ráfaga de viento.

En esa descarnada e incontrolable escena donde el tiempo-espacio deja un margen mínimo a las cosas que no pasan por el utilitarismo, sino por lo esencial que es la contemplación y los momentos para la revisión de nuestra condición como personas, ha salido José Mourinho, el fútbol-star de la dirección técnica, quejándose por estar condenado a no poder llevar a su hijo a un partido de fútbol como el resto de los padres lo hacen, es decir, sin que nadie se les esté tirando encima y no haya el peligro de pedirles tomarse una foto para subirla al facebook.

En buenas cuentas, Mourinho acaba de confesar que en el fondo le ha hecho daño el pequeño monstruo que él mismo ha creado al decidir situarse por encima del acontecimiento futbolístico del cual es fundamental productor, convirtiéndose, él, a cada paso que da, en un acontecimiento mediático en un espacio en el que la obsesión por ganar y gritárselo a la cara a los derrotados ha exacerbado los razonables límites que deberían ponérsele al reducto de los actos competitivos.

Vaciado de humanidad al haber privilegiado el gesto televisivo por sobre la normalidad de una vida sin cámaras y fisgones, el técnico del Real Madrid desfoga el enojo que debería provocarle el mirarse en el espejo, en su inigualable status de conductor del club de fútbol que tiende cada vez con más énfasis a exacerbar las proezas de sus individualidades, porque solamente metiéndole cuatro al Ajax de Holanda, con tres goles de CR7, puede apaciguar momentáneamente su adicción a la retórica egocéntrica.

Mientras las muecas de arrogancia han pasado a dominar el estado de ánimo en el Santiago Bernabéu, como si no fuera suficiente recibir la adoración pública sin otro esfuerzo que el resultante del despliegue del talento en el campo, Lionel Messi ha recibido en el Camp Nou a dos periodistas del diario El País para decirles fundamentalmente que a él le interesa, antes que  futbolista y convertir goles, ser buena persona. ¿Pero de qué planeta es este rosarino que reivindica un asunto de elemental sentido, en tiempos en que la fama, el dinero, el champán, los autos deportivos, el último iphone y el ser campeones a como dé lugar es lo que consume la gente?

Por un lado, el monstruo que se ufana de haber hecho campeones a tres grandes de las ligas inglesa, italiana y española, hecha chispas por su “vida social”, imposibilitado de beneficiarse de una vida familiar como las que practican a diario los seres normales; por otro, el mejor jugador del mundo de todos los tiempos —ya no hay dudas que ha superado a Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona— se ha encargado de recordarle al planeta que con toda la fama y la opulencia en la que puede vivir, él mismo, es un ser humano normal, que se está preparando para cambiarle los pañales a su hijo próximo a nacer y esto tiene vinculación con una forma de ser gracias a la lucidez no afectada por la celebridad, poniendo en claro acerca de una soberana decisión que pone límite a la invasión de cámaras y micrófonos.

Mourinho reniega por lo qué el mismo ha decidido hacer de su perfil público, mientras Messi relata la importancia que ha tenido en su crecimiento personal y deportivo, la escuela, la Masía (cantera del Barcelona), las enseñanzas recogidas del trabajo con Tito Vilanova, luego con Pep Guardiola y hasta las anécdotas de compañerismo en el que el más grandote (Gerard Piqué) de los cadetes que soñaban con llegar a la primera división, se encargaba de sacar cara por los más bajitos, cuando veía que les pegaban patadas a sus incontrolables talentos.

El fútbol se acaba muy pronto nos ha recordado Messi y después la vida debe tomar otros rumbos, y para eso es importante, a partir de sus propias prioridades, ser recordado como un buen tipo, lejos, muy lejos, de la maradoniana postura de no querer ser un ejemplo para los más chicos.

Es así que unos ganan crispados y no tienen tiempo para celebrar, y los otros festejan lo que hacen como sucedió el martes con la victoria obtenida frente al Benfica a domicilio, partido en el que los blaugranas no les dejaron tocar el balón a los portugueses para ganar comodamente con un 2-0 que los sitúa muy próximos a la clasificación a la siguiente fase.

“El Madrid no necesita jugar bien para ganar porque con un par de contraataques le es suficiente” ha dicho Messi con esta valoración que marca la diferencia: Mientras unos simplifican por urgencia, dada la prioridad del triunfo, los otros elaboran para que el triunfo sea obra de la laboriosidad de unos amigos que comparten desde los 13 años, y se divierten pateando pelota los fines de semana.

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