Marcas

Alemania gana, Chile enamora

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

07:02 / 03 de julio de 2017

Respetamos al campeón, nos emocionó el subcampeón. Chile nos fue ganando el corazón y al final éramos todos chilenos, todos tirábamos el centro y entrábamos a cabecear. Sin embargo, no alcanzó ni con toda la bravura de Arturo Vidal y sus lugartenientes. Como suele suceder en la historia del fútbol desde 1954 en adelante, ganó Alemania. Venció 1-0 y se llevó por primera vez la Copa Confederaciones. El precioso torneo organizado por Rusia tuvo el premio de una final vehemente, apasionante, de alto nivel. Fue un delicioso entremés del plato principal: el Mundial 2018.

El tono emocional que le dio Chile al partido fue la nota cautivante del choque. Entregó el alma, y el coraje es muy seductor. Arrancó dominando, chuceando a Alemania, y terminó arrinconándolo, ametrallándolo. En el medio, un error del sabio Marcelo Díaz (a cualquiera le pasa) provocó el gol alemán, el único y definitorio. Porque contra Alemania hay que hacer siempre el partido perfecto, caso contrario, se pierde. Al minuto 20, cuando los germanos no habían avanzado siquiera y Chile los peloteaba, Marcelo Díaz quiso salir jugando, la perdió con Timo Werner que, ante la salida desesperada de Bravo, tocó al medio para Stindl y éste, totalmente solo, la empujó, como en el campito. Alemania hace presión alta, y Werner se muestra ya como un especialista en atorar sobre el pase del rival. Una falla que Díaz se reprochará mucho tiempo.

Ahí mismo quedó claro que a Chile le costaría mucho remontarlo. Incluso lo golpeó anímicamente. Perdió el dominio y ya no volvió a disponer de ocasiones, como las que había tenido, y muy buenas, a los 4, a los 12 y a los 19 minutos. En ese lapso comandó el partido autoridad y fútbol, con un Vidal descomunal y un Aránguiz enorme, ambos polifacéticos y omnipresentes. También con la clase de Medel y Jara apuntalando desde atrás. Pero el gol —y sobre todo el error— fueron como un gancho al mentón, lo sintió todo Chile. Justamente, en el último tramo de ese primer tiempo se vio lo mejorcito (y lo poco) de Alemania, con tres llegadas claras, dos a cargo de Goretzka, un volante que reclama un lugar entre los grandes: toca, va a buscar y llega muy seguido a definir. Y llega con aire, bien pisado.

Pero Chile retomó el protagonismo, siempre desde lo emotivo, ese clima épico que instala Arturo Vidal en la cancha y del cual se contagian sus compañeros, el estadio todo. Y fue una y otra vez, y volvió a ir, a insistir, a machacar. Y tiró piedras, y lanzas y flechas sobre la fortaleza alemana, que nunca cedió. Ya el plan fue dejando de ser plan para ir frontalmente, a chocar contra la empalizada, tipo a la carga mis valientes.

Aún así generó tres situaciones propicias de empate, primero por un disparo de Vidal a pase de Alexis Sánchez, luego una bala de Aránguiz echada al córner por Ter Stegen y a los 94’ un tiro libre de Alexis muy bien conjurado por el meta alemán junto a un palo.

Y  cada vez fue doliendo más aquel error de Díaz, fue punzando más hasta que el reloj le cerró los ojos. No sería de extrañar, de todos modos, que una multitud vaya a esperar a la delegación a Pudahuel. Se han ganado el cariño de su gente y el respeto de todos.

Alemania se despintó un poco en esa segunda parte, demasiado atrincherado en derredor de su área, sacándola a cualquier parte, cediendo córners, el técnico haciendo cambios al final para quemar tiempo… No se le quita ningún mérito, de hecho se coronó presentando su equipo B, se retira campeón invicto y se le advierte un futuro aún más brillante que su presente, que por cierto es maravilloso: campeón del mundo en 2014, campeón europeo Sub-21 el viernes y ayer vencedor de la Confederaciones 2017. Y con al menos 30 jugadores seleccionables a disposición de Joachim Low. Imposible pedir más. Pero terminó cascoteado, ése es un dato de la realidad.

Fue el enfrentamiento de dos modelos de éxito: Chile es producto de una generación extraordinaria y de una eficiente conducción técnica (Bielsa-Sampaoli-Pizzi); Alemania es el resultado de una planificación a largo plazo: la de generar jugadores con alta condición técnica y ensamblados en un esquema donde el colectivo es el dogma que guía. Mínima individualidad, máxima colectividad. Toque y toque (aprovechando el históricamente excelso pase del futbolista alemán), dinámica, generación de espacios y definición de los que llegan de atrás.

No hay ninguna estrella de 10 puntos, pero todos son de 7 u 8. Aunque en fútbol todo suele suceder, es imposible pensar hoy que Alemania no llegue el año próximo como mínimo a semifinales. Ya se perfila de nuevo como candidato a la corona junto con el nuevo Brasil de Tite.

Chile se lleva una materia a la repesca: el gol. En tres finales consecutivas no ha podido marcar ni uno: dos 0-0 frente a Argentina y este 0-1 con Alemania. Y en las dos de la Copa América, jugando incluso tiempo suplementario.  En el casillero del orgullo, la Roja tiene a Vidal, un futbolista total, un líder para la historia, un jugador que, donde cae la pelota, está él. Salta y gana, traba y gana, pecha y gana, y aparece para defender una pelota brava o para rematar en el área de enfrente. Decir que juega de 8 es casi una ofensa: juega de todo.

Muchas voces (que nunca faltan) descalificaron esta Copa Confederaciones de antemano: “No sé ni para qué se juega esta Copa”, “Es un torneíto”. Fue una bellísima competencia, con un organizador impecable que se puso al mundo en el bolsillo para el año entrante. Además, a 365 días de la cita, Rusia ya tiene todo hecho para el Mundial. Y todo es de primerísima. Un Mundial que puede superar en mucho a los anteriores.

El minuto 62 reabrió la polémica del VAR, la solución tecnológica a las jugadas dudosas. Gonzalo Jara (magnífico zaguero que nunca ganará el premio Fair Play) le aplicó un codazo en el rostro a Timo Werner. Era expulsión sin un átomo de duda. El juez serbio Milorad Mazic consultó a la torre de control, vio la jugada e, insólitamente, marcó amarilla al chileno. Lo que decimos siempre: los jueces no son venales, son torpes. La falta de criterio de los árbitros va a terminar por estropear un recurso notable como el video.

El título se fue para Alemania, la admiración viajó a Chile. Apenas un error inclinó la balanza, pero el corazón de la Roja sembró adeptos en el mundo, conmovió. Y para el espectador, el fútbol es eso, emoción.

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