Marcas

Por ahora el fin justifica los medios

La Razón (Edición Impresa) / Oscar Dorado Vega*

10:55 / 21 de junio de 2018

Uruguay no gusta. No convence. Pero volvió a ganar y se instaló en octavos. No es poco, si, para no ir más lejos, se considera el presente de los otros seleccionados sudamericanos.

¿Es posible discutir la esencia de su desempeño?

No desde el punto de vista numérico. Seis puntos, arco invicto y pasaporte anticipado a la siguiente fase. Debieron transcurrir nada menos que 64 años de Copas del Mundo para que repitiera semejante perfección de campaña.

Sí en nivel de juego y producción futbolística. Porque tampoco corresponde ignorar que enfrentó a dos de las representaciones menos solventes del certamen y las superó por mínima diferencia. Entonces, el debate está abierto. Y tiene que ver con lo próximo. Porque es inminente la irrupción de rivales de otro nivel.

De todos modos a la celeste no puede exigírsele —a estas alturas, cuando su estilo es archiconocido— una brillantez que ni su historia ni su actualidad le proveen. Ello no quita la observancia a matices como la cesión —definitivamente intencionada— del balón y el retroceso, también voluntario, ante un equipo de clarísima jerarquía inferior.

En Rostov del Don repitió la fórmula. Desnivel luego de una pelota parada vía ejecución de Carlos Sánchez, yerro garrafal del arquero Al-Owais (reemplazante de Al-Mayouf, tremendamente vulnerado en el estreno) y oportunismo de Luis Suárez.

El Maestro Tabárez, por lo visto, desdeña la tenencia y apuesta al pelotazo largo para que entren en acción sus cotizados delanteros. Ayer rotó a todos los volantes. Partió con Sánchez, Vecino, Bentancur y Rodríguez. Más tarde dio lugar a Nández, Torreira y Laxalt. Por algo (deducción respaldada en la lógica) las variantes apuntaron a un sector único y específico.

La clasificación puede disimular los problemas de creación, aunque solo en trecho corto. Ocurre que el cuadro de Pizzi mejoró con respecto a su rendimiento inicial y no dejó de llamar la atención —pese a que la necesidad era una condicionante evidente— el adelantamiento de filas, lo que desembocó en ciertas apariciones picantes de Bahbri y Al-Dawsari, al margen de la repetición de una característica negativa: obnubilación en la terminación de la jugada, miedo escénico al momento de pisar el área oponente, justamente donde por lo general se consolidan, para bien o para mal, las intenciones ofensivas.

Pudo el desenlace ser más generoso si Sánchez no desviaba un frentazo desde inmejorable posición. Lo tuvo también Cavani (esforzado hasta el límite) y el golero impidió el tanto. Probablemente si estas oportunidades se cristalizaban el compendio conceptual era otro.

Quedó flotando la sensación de una ganancia mezquina derivada directamente de prestación escasa en atributos, de empoderamiento relativo.

¿Qué no cuentan los antecedentes? Tema siempre controversial. La trama de un encuentro nace de planificación, basamentos tácticos y disposiciones de estrategia. Uruguay, como tantas veces, decidió ser pragmático. Dejando de lado elementos estéticos —mucho menos relevantes de momento— alcanzó la primera de las metas. Y sin padecer siquiera una tarjeta amarilla en más de 180 minutos, lo que sí es verdaderamente llamativo, teniendo en cuenta las características tradicionales de sus equipos. No lo llamaron aún a la combatividad. Está claro.

Unos podrán defender lo práctico de su cumplimiento. Otros reclamarán desprecio al protagonismo y lucimiento. Lo indesmentible queda revelado en esa tabla del Grupo A que el lunes encasillará al líder y su escolta.

Es que en el fútbol subjetividad y objetividad transitan por un límite que tiende a ser imperceptible u oculto, según de donde provenga la mirada. He ahí otra de sus maravillosas peculiaridades que esta Copa del Mundo no hace más que ratificar.

*es periodista.

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