Marcas

Guardiola, la excelencia bajo la sospecha

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Barraza

06:53 / 20 de mayo de 2019

Manchester City 6 - Watford 0…! Resultado insólito en una final, aunque no para un equipo de Pep Guardiola. El City conquistó ayer la FA Cup, el torneo más antiguo del mundo, y se convirtió en el primer club inglés de la historia en ganar el triplete: Liga, Copa de Liga y Copa Inglesa. Y, como es hábito en un entrenador ultraofensivo como él, es el equipo más goleador de los tres torneos. Incluso lo es por mucho en la Champions, donde fue eliminado por el Tottenham en cuartos de final. Se fue de la Copa de Europa marcando 30 goles en 10 cotejos. Ganó la Premier —segunda consecutiva— con 32 victorias sobre 38 salidas al campo. Y repartiendo 95 goles.

Para él es igual ser local o visitante, lo mismo saldrá a atacar sin pausa el tiempo que dure el juego. Por cierto, ganó la Premier en un cabeza a cabeza nada menos ante el formidable Liverpool de Jurgen Klopp. Dejó al tercero a 26 puntos. Números de asombro, casi disparatados, inusuales en Inglaterra, donde el combate suele ser parejo.

A  fines de febrero, en una final de ensueño donde el juego desmintió al resultado —0 a 0 tras 120 minutos vibrantes, espectaculares—, Manchester City ganó por penales al Chelsea y se quedó con la primera corona del año en Inglaterra: la Copa de la Liga. El gol, caprichoso, no se hizo presente. “Esa copita no le interesa a nadie”, deslizan con ligereza en Twitter. Parece que sí: hubo 81.775 espectadores en Wembley. Además, todos los títulos importan.

El domingo anterior se impuso en la liga por apenas un punto sobre el Liverpool en una lucha colosal de nueve meses. Quien pestañeaba, a la lona. Liverpool perdió un solo partido en 38, ¡uno solo…! Y fue subcampeón. Impresionante.  Ayer, el cuadro Ciudadano arrasó al Watford ante 85.854 eufóricos de ambos bandos. Las multitudes en la catedral del fútbol y las tres celebraciones lo reflejan: estas conquistas también valen. Viene a cuento, pues en los últimos tiempos ha germinado una idea absurda: lo único que realmente existe en la vida es el Mundial o la Champions. No es así. ¿Entonces para qué se disputan los demás torneos…? Naturalmente, hay competiciones más deseadas o con mayor repercusión que otras. Pero el City lo entendió bien: había ganado una batalla épica ante un muy buen Chelsea y un Hazard imparable, había hecho un torneo colosal en la Premier y un partido maravilloso ahora ante el Watford. Daba para festejar.

Con este triplete y a sus 48 años, Pep Guardiola hilvanó su título de campeón número 27 desde el banco, más los 17 como jugador. Entre los trofeos como DT se cuentan 8 ligas y 7 copas en los tres países más poderosos del fútbol: España, Alemania e Inglaterra. Y dos Champions. Nunca bajó del tercer puesto; tiene el 75% de victorias, o sea gana 3 partidos sobre cuatro y pierde alrededor de uno de cada diez. Es el único en la historia en conquistar un sextete (en 2009). Todo ello en sus cortas diez temporadas en Primera División.

No hay temores posibles: un ganador excepcional. No ha alcanzado aún el récord de triunfos de Ferguson, pero lo sobrepasa por un detalle: sus equipos tienen el agregado de la belleza. Nadie, hasta él, había logrado combinar con tal excelencia la efectividad y el buen gusto. Media humanidad futbolera se ha dado de narices con Guardiola, pues rompió la falsa consigna del “prefiero jugar mal y ganar”. Derrumbó ese muro hecho de mediocridad creando el tiqui taca, ese ping-pong de pases sucesivos a uno y dos toques que encantaba al público y desquiciaba a los rivales. Y no se ha extinguido: el City es riguroso tiqui taca.

 

Sin embargo, Guardiola parece estar siempre en el punto de discusión. “Lo aceptaré cuando haga lo mismo con un equipo chico”, dice un lector. Un imposible: Guardiola no dejará un contrato de 20 millones de euros anuales para ir a ganar 300.000 en el Granada y, desde allí, tomar por asalto las cumbres más altas. “Con semejantes jugadores, así cualquiera”, critican otros. Muchos tienen grandes figuras. Por antinómico, José Mourinho vale como comparación: también dirige siempre clubes de élite y planteles costosos, pero sus equipos juegan feo, son el antiespectáculo. Y en veinte años (el doble exacto que el catalán) celebró menos campeonatos: 25 a 27. Guardiola lo ha superado también en eso.

Es asombroso cómo un profesional que seguramente quedará en el tiempo como el mejor de la historia —ya lo es de largo— deba estar siempre a la defensiva por las críticas de verdaderas legiones de amantes del contraestilo, o sea mezquino, rudo, picapiedra, sucio si es posible. Para muchos es muy seductor atrincherarse atrás y resistir. Lo relacionan con el coraje, que siempre es una leyenda atractiva. Error: coraje es pedir el balón y llevarlo hacia adelante, construir juego, tratar de hacer gol. Decía Di Stéfano al respecto: “Dame una maza y te tiro abajo una casa en dos horas, levantarla me lleva un año”.

Guardiola es un mesías. El fútbol lo recibió en 2008, cuando se hizo cargo del Barcelona. Que era extraordinariamente rico en talento, sí. Le dieron una Ferrari, pero no la chocó, al contrario, la hizo andar como nunca se había visto. Solo el Santos de Pelé puede entrarle en la comparación, aunque en un fútbol más lento, menos competitivo. Sus equipos llegaron a alcanzar un grado de posesión del 82%. Porque a la exquisitez del dominio de balón, el Barsa le adhería una recuperación asfixiante. Apenas perdía la pelota, cuatro jugadores azulgranas atosigaban al rival y, en promedio, a los 6 o 7 segundos retomaban el esférico. De modo tal: a la vocación ofensiva y al preciosismo le añadía alta eficiencia en la marca, un aspecto esencial en cualquier esquema de funcionamiento.

Era demasiado hermoso. Había que afearlo un poco. Entonces la gigantesca y feroz maquinaria mediática rival le endilgó el rótulo de “aburrido”, “demasiados toques laterales”, “me duermo”. Sin embargo, las estadísticas demuestran lo opuesto: fue una máquina implacablemente práctica y vertical. A través de sus 521 partidos dirigidos en Primera, sus equipos marcaron 1.273 goles (impresionante 2,44 por juego) y recibió apenas 380. Una eficacia robótica. En sus diez campañas, los Guardiola Teams terminaron siempre con +142 de diferencia de gol (insólito), +113, +103, +97… Todo así. No daba sueño. ¿Cómo bostezar viendo semejante lluvia de goles unida a tanta delicadeza en la elaboración…?

A   ningún técnico lo explica mejor el juego, pero Guardiola es inexplicable sin números.

Peleó en cuatro frentes al mismo tiempo, coronó en tres. Se le escapó la semifinal de Champions por gol de visita ante el Tottenham tras vencerlo 4 a 3. Le sobró fútbol por los cuatro costados. Y en esta, su tercera temporada en Inglaterra, el equipo ya internalizó su libreto: salida pulcra desde el arquero, toque y toque, dinámica, velocidad, presión, recuperación, ataque masivo. No cuenta con ninguna de las grandes luminarias actuales del fútbol, sí con una dotación muy calificada, pareja y numerosa. Su tercera Champions puede llegarle el año próximo. O el siguiente. Jugando así difícilmente se le escape.

Ojalá hubiera cien Guardiolas. Un individuo plurilingüe —habla cinco idiomas a la perfección: inglés, alemán, italiano y, naturalmente, español y catalán—, amante de la excelencia, situado en la cima del conocimiento táctico-técnico, con manejo de vestuarios plagados de estrellas y egos estratosféricos manteniendo siempre la ambición por el triunfo, sin que la gloria lo desubique. Es una bendición para el fútbol, para quienes amamos el juego limpio y bonito, de ataque y sin trampa. Pero aún no ha logrado la unanimidad: para millones, sigue bajo sospecha.

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