Marcas

El oro (imágenes de una final)

Ganó el feminismo, ganó la tenacidad, ganó el buen fútbol, ganamos todos.

La Razón (Edición Impresa) / Camila Urioste es escritora

20:57 / 16 de julio de 2018

La alquimia es el arte de transformar el plomo en oro, la materia gruesa y grotesca en material fino, precioso. Este Mundial ha sido para mí una lección de alquimia y transmutación. El Balón de Oro que ganó Luka Modric es un ejemplo. Leí en un artículo hace unos días, que Modric no ganaría el Balón de Oro, de ninguna forma, porque ese galardón va generalmente a jugadores más vistosos, más espectaculares, como Messi.

Como Diego Armando Maradona. Tras la premiación a Modric, los comentaristas acá dijeron “se premió el esfuerzo más que el talento”, demostrando no solo su falta de talento para comentar fútbol, sino una miopía enorme.

Porque el capitán croata tiene un talento natural y una inteligencia física que hicieron la diferencia para su equipo, que ayer hizo historia. La inteligencia, así como el sentido común, no es un producto con alto valor de mercado. La inteligencia no es vistosa. El valor de Modric como jugador es una pasión intensa por el deporte; quiere todas las pelotas, corre tras todas ellas, no se cansa, o si se cansa, el cansancio es transmutado en una especie de combustible inagotable. Un talento que hace que el fútbol parezca la cosa más fácil del mundo. Su estilo no es el de hacer jugadas peligrosas o intensas, sino intencionadas, claras, sensatas. A medida que otros jugadores se desviven, apurados, Modric tiene el don de modificar el tiempo y el espacio, darle a la jugada tiempo para respirar, ajustar la velocidad a la necesidad del momento. Modric nos recuerda que el tiempo es elástico y el espacio es relativo. Es un jugador que ostenta una madurez que tal vez se obtiene cuando has tenido que madurar de golpe en tiempos de guerra. Una madurez que significa que Modric no hace berrinches, no hace escenas para las graderías ni para las cámaras, no se permite a sí mismo un solo acto de demagogia. No se arranca la camiseta, no se echa a llorar. El milagro es que la gente de la FIFA haya reconocido este enorme talento y lo haya reconocido con el Balón de Oro, el mismo premio que ganó Diego Forlán en 2010 (ésto lo resalto porque, en este Mundial, y a partir de la eliminación de mi equipo, Croacia fue mi Uruguay). Así, la inteligencia y el sudor se transformaron en (balón de) oro.

Hablando de oro, Francia fue un digno campeón, un equipo que combinó la eficiencia y la táctica con juventud, pasión y destreza, con jugadas maravillosas y jugadores que llamaron la atención por su talento pero también por su carácter. No olvido ni olvidaré jamás el momento en que Antoine Griezmann mete el gol lapidario contra Uruguay y no lo festeja, ni la entrevista en la que explica que no lo festejó por el cariño que siente por Uruguay y su amistad entrañable con los jugadores uruguayos del Atlético de Madrid. Godín es el padrino de la hija de Griezmann, y me imagino al jugador uruguayo ahora, feliz por el triunfo de su amigo y compañero, y esa es también una lección de alquimia, pues demuestra que la amistad y la lealtad (el oro) son material inmutable.   

El oro en esta final de Mundial vino también de la mano de la presidenta de Croacia, Kolinda Grabar, y no estoy hablando de su rubia cabellera. Esta mujer es licenciada en Literatura, Inglés y Español, y habla en total seis idiomas, tiene una maestría en Relaciones Internacionales, ganó una beca Fulbright y además posee una calidez y carisma que trascienden el frío vidrio de las pantallas, la fibra óptica y la lluvia. Ya en los días previos a la final se hizo notar por el hecho de haberse pagado de su bolsillo los pasajes a Rusia en clase turista, y haber renunciado a su sueldo los días de su estadía en el torneo. Repito para que quede claro: la Presidenta de Croacia no gozó de su sueldo durante los días que pasó en Rusia apoyando a la selección de su país. El pueblo Croata no costeó su viaje, ni sus viáticos. El apodo de ella es Fiume, que en italiano significa humo, pero evidentemente no le vende humo a su pueblo. Mientras Kolinda se dedicaba a su carrera política, desde el año 92, su marido se quedó en casa cuidando a los hijos. Oro puro. La resalto porque fue hermoso ver el abrazo fraterno que se dieron Emmanuel y Kolinda tras finalizar el partido, y mejor aún la calidez de ella abrazando a cada uno de los jugadores de su selección con palabras de cariño y aliento, y luego a los jugadores del bando opuesto. Uno por uno se acercaban los jugadores y el DT de Francia esperando un apretón de manos y recibían un cálido abrazo. Y es que esta final no tuvo el sabor amargo de la lógica binaria del ganador vs. el perdedor. Ganó Francia con un partido bien jugado, pero Croacia no perdió. Es así de sencillo y así de complejo: una victoria que se transmuta y expande, que se fragmenta en muchas victorias distintas para cada uno de los involucrados. Ganó el feminismo, ganó la tenacidad, ganó el buen fútbol, ganaron la pasión y la destreza, ganamos un poquito todos.

Por último, la final del Mundial fue transmutado en una plataforma de protesta política por arte de las activistas rusas de rock punk feminista Pussy Riot. En el minuto 52 entraron cuatro del colectivo a la cancha y, tras ser arrastradas afuera por las fuerzas policiales, publicaron en su cuenta de Twitter un mensaje de protesta, pidiendo para Rusia que el Gobierno dejara de inventarle crímenes a los líderes de oposición, que se liberaran a los presos políticos y se estableciera una verdadera democracia en el país. La farándula y el espectáculo, así, se transformaron en el oro de la protesta y la lucha por la libertad.

He amado este Mundial.

  • Invitada por Marcas de La Razón durante el Mundial de Rusia 2018.

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