Marcas

El patrón del Barça

La Razón (Edición Impresa) / Julio Peñaloza

00:25 / 12 de enero de 2015

Lo impensado en el fútbol también se produce fuera del campo. Hasta hace un par de años era inimaginable que Messi y Cristiano Ronaldo fueran a transfigurar sus estilos mediáticos de manera tan sorprendente como está sucediendo en este año 15 del nuevo siglo. Mientras a Lio le sentaba muy bien el papel de Peter Pan, de niño que nunca envejece, que hablaba para los medios lo estrictamente necesario y prefería pasar inadvertido en el cotidiano vivir, a CR7 le quedó colgado el estereotipo de metrosexual, caracterizado por el glamoroso mundo de diseño, autos deportivos y novias con apariencia de propensión anoréxica. El uno era el chico salido de la gran cantera, de una escuela en la que en primer lugar se inculcan valores sempiternos, al que un severo tratamiento le había permitido ganar centímetros de estatura, y el otro, el tipo fashion que cotiza inmejorablemente en la bolsa publicitaria y que hizo de su nombre con tableta abdominal impecable una exitosa marca en el mundo del consumo fatuo.

Jugadores de fútbol como éstos explican sus orígenes en dos estrategias disímiles de encarar el negocio futbolero, pues mientras Messi, el más talentoso de todos en el último tiempo, digan lo que digan sus detractores, es el resultado del trabajo en equipo, del respeto a los maestros que contribuyeron a cincelar su arte (Vilanova, Guardiola, Reikjaard) y a la estricta vigilancia paterna que vela por los intereses de los negocios familiares, el otro, nacido en Madeira, Portugal, es hijo del drama familiar que significa tener un padre alcohólico y un hermano narcodependiente, y por supuesto que hijo del esfuerzo y la disciplina individualista de gimnasio hasta que Alex Ferguson supo situarlo en el centro de gravitación del Manchester United para luego convertirse en el álter ego de su compatriota, José Mourinho, con quien finalmente acabarían a los tortazos, cuando el egocéntrico entrenador terminó por perder el control del vestuario madridista.

Hasta aquí, la historia maniquea funcionaba sin fisuras:  Messi era el bueno, agradecido a su abuela cada vez que celebra un gol apuntando con los índices al cielo, y Ronaldo que debe su nombre a un homenaje al presidente estadounidense Ronald Reagan, era el odioso del casting, el tipo al que todos envidian por sus atributos, pero al que desprecian y no invitan cuando se trata de organizar una fiesta. Messi era un niño irreprochable y Cristiano, un eficaz goleador que no tendría la más pálida idea de lo que significa la palabra humildad. El uno procede de una familia clase media de Rosario, Argentina, y el otro es de cuna pueblerina, con unos coterráneos que ahora se solazan con una escultura de cuerpo entero con la que se decidió inmortalizar a quien debe estar ansioso por llevarse en las próximas horas un segundo Balón de Oro consecutivo.

La muerte de Tito Vilanova y la llegada de Carlo Ancelotti al Santiago Bernabéu marcaron rupturas fundamentales para que en este momento los perfiles de Messi y CR7 hayan dado giros indisimulables para el uno y renacentistas para el otro, ya que las filtraciones desde el vestuario blaugrana pusieron en evidencia que Lio, una vez fallecido uno de sus maestros, estaba en condiciones de hacer honor a un sobrenombre que pocos usan (la mayoría lo simplifica equivocadamente como Leo) cuando el orden natural sujeto a su influencia se rompe, cosa que ya pasó levemente con Guardiola, quedó en paréntesis con la llegada de su paisano Gerardo Martino al que el antipático nacionalismo catalán no le dio margen a equivocarse y que ahora con Luis Enrique ha estallado hasta extremos de crisis materializados con las renuncias de Andoni Zubizarreta y Carles Puyol de sus responsabilidades en la coordinación del primer equipo.

¡Messi había sido todo un patrón! Y si no se hace como él dice, bien respaldado por el suficiente número de compañeros comenzando por Neymar, hasta el propio presidente del club, Josep María Bartomeu, sufre de tembladera de piernas y llama a elecciones adelantadas. Mientras tanto, en la ciudad de enfrente, las cosas empezaban a cambiar en el momento en que Ancelotti decidió prescindir del pelotazo y el contraataque con Di María afuera de la plantilla, y comenzó a articular una propuesta con mucho cerebro para la elaboración (Toni Kroos), con gran criterio para la repartija de balones hacia el campo adversario (James Rodríguez), pero fundamentalmente con un Cristiano Ronaldo que a su precisión en velocidad difícilmente comparable le ha agregado generosidad para el juego asociado en corto y desprendimiento para ceder balones a tiro de gol para sus compañeros mejor situados, tal como sucedió el sábado con ese perfecto pase retrasado para el “10” colombiano que abrió el marcador frente al Espanyol.

El quilombo en el vestuario era marca del Madrid encabezado por el propio CR7, Sergio Ramos e Iker Casillas, mientras que el de la Ciudad Condal era una taza de leche con galletas de agua porque Messi, Iniesta y Xavi conformaban el trío perfecto, el equipo titular era prácticamente inamovible, nadie discutía quién era quién, y para que quede fuera de toda discusión, el entrenador de fútbol debe ser en primer lugar un esclarecido conductor de grupo humano conformado por los más variados y contrastados estilos personales, y así tenemos que Ancelotti resultó ser un señor inteligentísimo que se metió a Cristiano en el bolsillo, que ha sido capaz hasta de cambiarle el gesto en el campo —aunque el personalista de Bale no le ceda el balón cuando se encuentra para anotar—, mientras que Enrique, al que no debe confundirse con el Luis nicaragüense, cantante de salsa, pretendió jugar a Mister en el sentido más clásico de la palabra cometiendo el sacrilegio de sentar en el banco a Messi y unos cuantos más por haber llegado con un día de retraso al trabajo, luego de las fiestas de fin de año.

Messi es hoy el líder de la camarilla del vestuario del Barcelona y Cristiano la estrella que disfruta con un momento de feliz reinvención en el Real Madrid.

Los roles se intercambiaron. El niño bueno es ahora el chico malcriado y engreído que quiere imponer cómo se hace, que será capaz cada vez que sea necesario de demostrar que quien manda es él, si se osa intentar ejercer autoridad sobre su prestigio, sobre su título de mejor jugador del mundo. El odioso y mediático portugués, obsesionado con que se lo reconozca como al mejor, ha entendido que para canalizar sus objetivos es bueno seguir los consejos de su entrenador, y que en los últimos tres meses le ha diversificado sus virtudes, basadas, por supuesto, en ese obsesivo individualismo con el que ha sabido llegar hasta el pedestal del que no va a querer bajar en muchísimo tiempo.

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