Marcas

El precio de un hincha

El dinero lo compra todo, hasta la muerte, aunque en la lógica ésta no tenga precio

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:56 / 12 de abril de 2013

Nadie le devolverá la vida a Kevin Beltrán, el joven hincha de San José pulverizado por una bengala, pero a partir de su trágico deceso se desataron acciones relacionadas con la liberación de los hinchas brasileños encarcelados en Oruro. En los estadios como en la política, la vida humana parece tener un deprimente valor mercantil.

Cuando la muerte figura en los diagramas de la producción política, queda relativizada por su valor mercantil. Así de escalofriante es el deceso de una persona que por sus ideales y sus convicciones se pone a caminar por la cornisa hasta que una bala asesina o una bala perdida informa sobre el hasta aquí llegaste. A partir de ese momento, los victimadores ponen a funcionar sus aparatos de negociación, lanzan a sus abogados a los estrados judiciales para relativizar la violación de los derechos humanos y como los hechos incontrastables no admiten dudas, queda siempre el recurso de ofrecer compensaciones económicas a los deudos, esto es, el cadáver de tu padre, tu tío, tu hijo o tu sobrino tiene un precio, puesto que fue abatido debido a su indefensión y como la muerte no tiene reparación, puede encontrar compensación dependiendo del tamaño de la chequera de los culpables. El dinero lo compra todo, hasta la muerte, aunque en la lógica de la oferta y  la demanda ésta no tenga precio, puesto que lo que ya no existe debería dejar de tener valor de uso y valor de cambio.

Este es el razonamiento que explica en gran medida lo sucedido con Kevin Beltrán, el adolescente hincha de San José que partió de Cochabamba en bus para llegar al partido con el que su equipo debutaba en Copa Libertadores en el Jesús Bermúdez de Oruro y en el que la apertura del marcador a cargo del visitante, Corinthians, desató la absurda euforia con activación de unas bengalas de alto poder explosivo que se convirtieron en proyectiles homicidas para cegar la vida de este chiquillo, de una manera brutal e inexplicable para la racionalidad humana.

Catorce años tenía este jovencito, y nada hará que sus padres y sus familiares encuentren consuelo, aunque las maquinarias del negocio futbolístico y el negocio mediático hayan metamorfoseado los hechos: No importa que los responsables de la seguridad del estadio orureño no hayan hecho su trabajo de requisa de mochilas y no hayan sabido detectar otras maneras de internación clandestina de artefactos prohibidos en un escenario deportivo. No importa que los propios hinchas del equipo santo también hayan manifestado actitudes agresivas cercanas a la violencia en el desarrollo de ese partido. Tampoco es relevante que en Sao Paulo haya aparecido otro menor de edad como supuesto culpable de la activación del proyectil que mató a Kevin, con el evidente propósito de tejer una estrategia de defensa para los 12 corinthianos recluidos en la cárcel, de los cuales dos han sido sindicados de portar los bolsos en los que se transportaron las bengalas.

Todo ese panorama es irrelevante si tenemos en cuenta que hay treinta millones de hinchas del equipo paulista, de los que su figura más emblemática es nada menos que el expresidente Ignacio “Lula” Da Silva y que en organizaciones futbolísticas tan descomunales y poderosas, a la manera en que se organizan los partidos políticos, existen facciones y tendencias, líderes oficialistas y cabecillas opositores y en ese contexto puede aplicarse a cabalidad eso de que el fútbol es un microcosmos social, es decir una reproducción encajonada en un estadio de fútbol de lo que acontece afuera, en la vida dura y madura de las metrópolis saturadas de estrés y crímenes.

Se sabe que las grandes hinchadas —barras bravas se les llama en Argentina— tienen jerarquías y responsables, y entre los detenidos en Oruro figuran algunos muy importantes de los que siguen al Corinthians por todas las ciudades a las que viaja a jugar, y por ello se explica que en la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) se haya tenido que aceptar silenciosamente primero la sanción de cierre del estadio por un partido (debió ser por 60 días) y una multa impuesta por la Conmebol de doscientos mil dólares, debido al irresponsable comportamiento de los “torcedores” que vinieron a Bolivia, pero como las cosas se van poniendo color de hormiga conforme las investigaciones avanzan, pensaron que con un par de movimientos mediáticos encontrarían salida, primero precipitándose de manera equivocada al afirmar que la recaudación del Bolivia vs. Brasil jugado el 6 de abril sería destinada a la familia de Kevin y segundo, intentando contactar para cerrar acuerdo vía transacción con el padre doliente.

Dinero de la recaudación de un partido, dinero directamente ofrecido a la familia del joven víctima, montaje mediático haciendo aparecer un supuesto autor material en Brasil, son elementos que confunden y no podrán jamás contribuir a desconocer que el autor de esta salvajada es colectivo, independientemente de quién liberó el dispositivo de seguridad de la bengala, puesto que la intención era la del ejercicio de una espantosa demostración de fuerza y supremacía sin considerar mínimamente cualquier tipo de consecuencias.

Kevin ha muerto pero le han puesto precio: Porcentaje de ingresos por un partido, transacción con el club del que son fanáticos sus victimadores y liberación de los imputados, son las variables que se manejan y son frívolamente amplificadas en algunos escenarios interesados en desatar tendencias de opinión perversas e incriminatorias contra quienes nada tienen que ver con estas prácticas descabelladas. Solamente podrán ser la madre y el padre  del jovencito ilusionado con el equipo de la V azulada, los únicos capaces de restituir la dignidad de su familia y la de su inocente hijo, revalorizando el principio de que la vida humana no debe medirse desde el escalofriante mercantilismo que por hoy tiene devastado al primer mundo.

(*) Julio Peñaloza Bretel fue jefe de prensa de la selección boliviana de fútbol en la Copa del Mundo 1994, y ha retornado a trabajar a la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) después de 19 años para realizar tareas de investigación social y fortalecimiento institucional.

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