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Otro revés, fórmula calcada y más de una interrogante

¿Por qué conservar una fórmula de reciente rédito adverso? ¿Por qué la demora en los cambios? ¿O es que el equipo dispone solo de un libreto? Son interrogantes producto de un desarrollo que si bien es cierto permitió el triunfo parcial, reiteró deficiencias puntuales: escaso control de la pelota, vía libre a los desbordes del rival en ambos callejones defensivos y un intento de presión alta, que ejecutado con simplemente un jugador (Martins) no tiene por dónde cobrar efectividad.

La selección boliviana después del partido contra Perú

La selección boliviana después del partido contra Perú Fotro: APG

La Razón (Edición Impresa) / Óscar Dorado Vega

07:57 / 19 de junio de 2019

Emergió el mismo equipo del debut. Y se lo mantuvo invariable hasta los 25 minutos del segundo periodo. La referencia no es de menor envergadura porque traduce, inequívocamente, que la dirección técnica entendió —por razones destinadas al terreno de lo opinable— que no correspondía modificar, a pesar de la severa caída ante Brasil.

Existía entonces una marcada necesidad de evitar la derrota. Y el propósito no logró hacerse realidad. Ahí está el desenlace: duro, desilusionante.Tampoco se modificó el dibujo. Y eso es doblemente discutible.

¿Por qué conservar una fórmula de reciente rédito adverso? ¿Por qué la demora en los cambios? ¿O es que el equipo dispone solo de un libreto?

Son interrogantes producto de un desarrollo que si bien es cierto permitió el triunfo parcial, reiteró deficiencias puntuales: escaso control de la pelota, vía libre a los desbordes del rival en ambos callejones defensivos y un intento de presión alta, que ejecutado con simplemente un jugador (Martins) no tiene por dónde cobrar efectividad.

Si Bolivia juega con cinco de sus componentes en el centro del campo corresponde presumir el objetivo de dominar —sobre todo a lo ancho— en esa zona para evitar, por una parte, el armado del rival y, de otra, obtener una dosis de generación conducente a alimentar al único delantero neto. Ninguna de esas metas se alcanzó, circunstancia que —al margen de desprolijidades individuales— da lugar a cuestionar la disposición, más aún si la necesidad en el Maracaná era de estricta exigencia de abandonar el cero en la tabla.

Perú se mostró, en varios pasajes de la etapa inicial, como un engranaje incapaz de encontrar a Paolo Guerrero. Cuando lo visualizó desequilibró y era de esperar que así sucediera. No por nada constituye su referencia estelar.

Y la promesa de una fisonomía distinta de juego —para volver a los nuestros— quedó en la alforja de la deuda. Apenas si un poquito más suelto Raúl Castro, desempeñando fugazmente la misión de accionar cercanamente a Marcelo Martins, porque en líneas generales actuó metido entre los demás volantes.

Una inobjetable mano de Carlos Zambrano desembocó en el tiro penal que dio paso a la ilusión. No solo por la ventaja, sino porque a través de un cuarto de hora se manejó la pelota con criterio, las líneas trabajaron más cercanas entre sí (el equipo se hizo corto, como suelen definir algunos entrenadores) y la confianza rondó como aliada de la selección nacional.

Sin embargo, bastó que el balón fuera perdido en mitad de cancha y que Guerrero se llevara por delante a los zagueros centrales (limitados a observar la asistencia de Christian Cueva), antes de esquivar a Lampe, para que el empate lastimara en un instante psicológico, con el descanso a la vista.

El tanto caló hondo y cuanto se haya dicho en el vestuario sirvió de muy poco.

Generalmente, en los mano a mano, en los duelos particulares, costó imponerse. La segunda conquista de los dirigidos por Gareca revistó una fiel muestra de ello: Saavedra no atinó a perturbar a Guerrero en la cesión de un centro y Jefferson Farfán cabeceó —avanzando como una tromba— entre la débil resistencia de la defensa.

Es cierto que la igualdad no estuvo lejana. Castro exigió de veras —el único ataque serio, de verdadero peligro, en todo el cotejo— a Pedro Gallese, forzado a otorgar rebote que Erwin Saavedra desperdició desde excelente posición.

Casi de inmediato Polo, Tapia y Advíncula encarnaron disparos consecutivos en los que Carlos Lampe terminó airoso.

Y a falta de 10 minutos Bolivia tuvo en la cancha a tres delanteros: Martins, Leonardo Vaca y Gilbert Álvarez. Se desparramaron, pero no dispusieron de opciones, en razón a que los mediocampistas ya acusaban el desgaste físico y el conjunto en sí no ocultaba el peso emocional de la derrota.

El tercero, obra de Edison Flores, llegó en tiempo añadido y puso de manifiesto el flagrante desorden que motivó la lógica ansiedad de emparejar.

No cabe la menor duda que concernía variar. De hombres, esquema y actitud. La apuesta recayó en lo inverso y ahí radica, seguramente, el principal de los cuestionamientos porque haciendo abstracción del resultado —coyuntura poco menos que imposible— el funcionamiento no progresó (salvo un fragmento brevísimo) y era complejo que ello aconteciera al emplearse un guión similar al del viernes. Alguna explicación, suficientemente fundamentada, deberá existir al respecto.  

Óscar Dorado Vega,

es periodista.

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