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La misma Argentina que entró al Mundial pidiendo permiso...

w Los ‘pecados’  futbolísticos sobraron. El tres a cero es consecuencia de un amplio abanico de aspectos.

La Razón (Edición Impresa) / Oscar Dorado Vega

06:59 / 22 de junio de 2018

El gesto de Messi durante la entonación del himno argentino marcó una pauta anticipada de la debacle. A veces las posturas delatan, automáticamente, estados de ánimo. Cabeza gacha, ojos cerrados, mano derecha cubriendo buena parte del rostro… No era ni por asomo la imagen de un ganador. Apenas unos minutos más tarde Lio, ya en juego, confirmó que, al menos ayer, estaba en modo de indefectible derrotado.

Y la referencia al mejor del mundo (cuestión hoy seguramente controversial) es inevitable. Porque se “borró”. Porque en rendimiento midió debajo de la media, al punto que su contacto con la pelota resultó menor al de Caballero. Sí. El arquero argentino (créase o no) la tocó con el pie más que el lógico y natural abanderado de una ilusión finalmente hecha trizas.

Desde luego que no es el único responsable. Sería injusto achacarle absoluta culpabilidad. De él, como es normal, se espera una cuota extra positivamente favorable. Y en Nizhni Nóvgorod esa aptitud jamás afloró.

En todo caso, los “pecados” futbolísticos sobraron. El tres a cero es consecuencia de un amplio abanico de aspectos:

Lectura errada del director técnico para analizar previamente el perfil del partido. Jorge Sampaoli —sin una idea nítida de la propuesta, probablemente acosado debido a presiones internas y externas— cambió de sistema y de algunos nombres. Ni lo uno ni lo otro superaron la pobreza del debut. Correspondía modificar, pero con sapiencia. La albiceleste quedó expuesta desde el vamos porque su colega Zlatko Dalic sí supo transmitir lo que la circunstancia demandaba. A considerar que apenas transcurridos cuatro minutos de trámite Wilfredo Caballero salvó la apertura luego de una libre incursión de Iván Perisic que resolvió cruzado y rasante.

Hay ocasiones que no pueden despilfarrarse. Menos en un Campeonato Mundial. Enzo Pérez, de frente al pórtico, cerca de la media hora, desvió increíblemente.

Argentina no tiene —más allá de esquemas más o menos agresivos— patrón, identidad, estilo definido. Es la misma que sufrió hasta último momento en la clasificatoria mundialista. Desde entonces no evolucionó, no tomó conciencia ni procesó (otra perlita atribuible al conductor) sus serias deficiencias.

Es, además, un cuadro sin vitalidad mental. Basta un golpe para que se exponga al nocaut. Le pasó el sábado. Le pasó ayer.

Y como para completar el oscuro panorama el chascarro de Wilfredo Caballero. Los viejos manuales señalan que cuando los porteros fallan ya no queda demasiado por hacer. Una desgracia que abrió la válvula al desastre, también a la frustración generalizada e incontenible.

Croacia, lúcida, se agrupó como eje esencial de su disposición en el campo. Rodeó a Messi hasta con tres jugadores y cuando debió encimarlo individualmente Marcelo Brozovic se encargó impecablemente. Después, sus individualidades despuntaron: Luka Modric (autor de un golazo, el segundo), Iván Rakitic (laborioso, lúcido con o sin el balón), Mario Mandzukic (persistentemente peligroso).

A la hora de retomar el antagonismo de Lio es necesario representar su pavorosa inmovilidad, la inexplicable actitud de permanecer en una zona donde estaba condenado a la intrascendencia. Un líder presente y ausente. Un paladín aturdido, ilegible.

La patética realidad indica que hoy Argentina depende dramáticamente de Nigeria e Islandia.

Su existencia en Rusia es tan angustiosa como el volumen futbolístico expuesto. ¿Sorpresa? Podrá serlo por los nombres involucrados, por la historia atesorada, por la conmovedora fidelidad de sus seguidores. No lo es si se revisa el antecedente de corto y mediano plazo. En el Atahualpa de Quito, octubre de 2017 —ante un rival que ya no se jugaba nada— Messi lo socorrió in extremis. El mismo ser humano que en el Mundial —vaya a saber uno por qué razones— aparece desnudo de influencia, desprovisto de la tenida de súper futbolista.

La albiceleste de Sampaoli juega extremadamente mal. Adicionalmente, apena, exaspera, abruma y desconsuela.

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