Rusia 2018

Porque Kane y la persistencia lo hicieron posible

Inglaterra, pese a sus dilemas, no dejó de creer en la certidumbre del éxito y lo logró.

La Razón (Edición Impresa) / Óscar Dorado Vega

06:59 / 19 de junio de 2018

Inglaterra estuvo al borde de la complicación. Del dolor de cabeza agudo. Lo paradójico —y constituye una de las situaciones a las que el fútbol suele conceder protagonismo— es que Túnez representó una expresión de ostensible liviandad como adversario, pero así y todo arropó el empate hasta el minuto 91.

Al ganador no se le podrá reprochar el constante afán de ir por el triunfo. De ratificar en el campo el favoritismo previo. Sí, en cambio, es posible criticar su carencia de imaginación para destrabar la dificultad traducida en el posicionamiento ultradefensivo de los africanos.

Es verdad, también, que vimos a una sombra de lo que es capaz de jugar Raheem Sterling, errático, como con la mente puesta en otra cosa. Un soldado menos.

Sin embargo, el equipo rojo contó —en toda su magnitud— con la eficacia de Harry Kane, que apareció donde deben estar los goleadores, además en el instante preciso.

El del Totthenham Hotspur firmó por doble partida y sacó las castañas del fuego.

Mucho mejor el primer periodo de los dirigidos por Southgate. Trato prolijo de balón. Desmarque y transiciones. Disposición a lo ancho del campo y superioridad absoluta en factores como el juego aéreo.

Túnez debió sustituir muy pronto, debido a lesión, al arquero Hassen y reveló una serie de desaciertos a la hora de tomar las marcas, por lo que pareció que Inglaterra disponía de un cotejo destinado a la goleada. Entonces, sucedió lo imprevisto: Walker cometió infracción penal a Ben Youssef y Sassi empardó las cifras.

Uno de los verticales impidió que Lingard volviera a desequilibrar y solo uno de esos caprichos futbolísticos —complejos de explicar— era el génesis del resumen de la fracción inicial.

Quien presumiera que era cuestión de tiempo para que el elenco europeo recobrara las riendas del encuentro apostó en falso. El trámite representaba lo más parecido a un monólogo, pero sin resolución. Explicado de otra manera: dominio estéril, tenencia de pelota totalmente disímil, pero el empate no se modificaba y el reloj, como cantan los narradores, avanzaba impiadoso del que mayor esfuerzo ( sin demasiadas ideas, es verdad) desplegaba en pro de acceder a los puntos.

En la otra vereda la representación alba asumió sus insuficiencias. No por nada nunca exigió al portero Pickford y limitó su accionar a agruparse en terreno propio, aguardando el transcurrir de los minutos y confiando en la continuidad de la mínima creatividad que exponía el rival.

Hasta que en tiempo agregado Harry Maguire asistió al hombre más importante del juego en Volvogrado y reinstaló —no sin angustia— la normalidad, cuando el precipicio asomaba amenazante.

La discusión en torno a la justicia de un determinado resultado en este deporte es y será de nunca acabar. Empero, Inglaterra (al margen de todos sus dilemas para plasmar supremacía ) no dejó nunca de creer en la certidumbre del éxito. Túnez, por contrapartida, se aferró al empate sin argumentos, ocultó virtudes, planteó de chico a grande y la estantería se le vino abajo cuando estaba a punto de traspasar, eufórico, la frontera de lo insospechado consumado en realidad.

Óscar Dorado Vega 

es periodista.

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