Rusia 2018

David y Goliat

La Razón (Edición Impresa) / Camila Urioste*

10:58 / 21 de junio de 2018

En su libro Novecento, la leyenda del pianista en el océano, el italiano Alessandro Baricco escribe que la gente es cruel con los perdedores.

Underdog es una palabra inglesa que es, a la vez, una imagen: under (abajo), dog (perro). No hay mucho qué explicar. El castellano no tiene una palabra equivalente. Underdog se puede traducir al castellano, inadecuadamente, como perdedor, desvalido, desfavorecido, desamparado, menospreciado, sojuzgado, desventajado, subestimado y no-favorito. Por ejemplo, el underdog en el partido México vs. Alemania era México. El underdog en el cotejo entre Colombia y Japón era el equipo nipón.

Cuando tenía cinco años me enamoré por primera vez. Estábamos en kínder. No recuerdo mucho de esa primera camotera, pero me queda una foto: estamos disfrazados de robots, vistiendo cajas de cartón que hemos decorado nosotros. Yo tengo en la cabeza una corona colorida de flores de papel. Vamos desfilando por la calle de a dos, por eso estamos tomados de la mano. Miramos a la cámara sin sonreír, el sol brilla en nuestros cabellos claros. “De la mano” es un decir, pues mi mano izquierda sostiene un gancho de metal que está sujetado, por algún misterioso mecanismo, a su codo derecho. “Cuando él iba a nacer”, nos decían siempre las profes, “había en el cielo un angelito sin brazo y él le regaló la mitad de su brazo al angelito sin dudarlo. Por eso nació así”. Lo decían para evitar en nosotros aquella crueldad de la que escribe Baricco, ese ensañamiento con los que son percibidos como débiles.

Mi primer amor jamás me dio mucha bola. A él le gustaba otra niña que, a su vez, estaba enamorada del más canchero del curso: un rubio con pecas y dos manos de carne y hueso. Sin embargo, ese enamoramiento es el primer recuerdo que tengo de una tendencia que ha marcado mi vida: la preferencia por el underdog. Esta preferencia se me da, sobre todo, a nivel político-humanitario y futbolístico, y no está basada en el apego por un individuo o colectivo de manera fija. No. Es una afinidad fluida; depende de la situación. Por ejemplo, en el conflicto entre judíos y alemanes-nazi, estoy con los judíos. En el conflicto entre judíos y palestinos, estoy con Palestina. En el conflicto Japón-Colombia, durante el compromiso disputado el martes 19 por el Grupo H, mi afinidad fluyó de neutral a pro Colombia en los primeros 3 minutos.

El fútbol es apasionante por muchos motivos, pero lo es en gran parte por las historias de lucha del desfavorecido, los cuentos de hadas de selecciones que logran milagros, que resisten y quiebran todas las apuestas en su contra, a veces no por una victoria, a veces solo por un empate, a veces solo por un partido digno. Es apasionante porque no siempre gana el mejor.  Como la historia de David y Goliat, está impresa en nuestro ADN la alegría de cuando el más débil se enfrenta (y a veces derrota) al más fuerte por arte de su coraje, de su astucia y de una piedra lanzada desde una honda que se convierte en pelota y se entierra en la red.

Goliat era Alemania. Adoro a Alemania. Quisiera vivir en Alemania y criar a mis hijos ahí algún día. Pero en el  cotejo entre México y Alemania, el corazón latía por los desvalidos, por los desfavorecidos, por los no-favoritos: el equipo mexicano que jamás ha ganado un Mundial, que jamás ha llegado más allá de cuartos de final, el mismo que, unas semanas antes, era masticado y escupido por la prensa,  las redes sociales por haber festejado hasta las cuatro de la tarde del día siguiente la victoria en un amistoso contra Escocia. Alemania, bicampeona, disciplinada, precisa, sobria, campeón actual del mundo, era Goliat, mientras que México hacía el papel de un David insolente y con resaca.

La última vez que se habían enfrentado México contra Alemania había sido en un partido por la Copa de Confederaciones, cuando Goliat derrotó a David por cuatro tantos contra uno. Por eso, el gol que Irving Lozano marcó, asistido por Javier Chicharito Hernández en el primer tiempo del partido del domingo 17 sobre el arco de Manuel Neuer fue la piedra de David ganando la batalla. Y fue tanta la alegría, que los sensores de la Red de Monitoreo Sísmico, Análisis e Investigación Geológica registraron un sismo artificial en México causado por los saltos de la gente un minuto tras el gol. Por supuesto, luego salió un entendido en el tema, un profesor de la UNAM, para aclarar que eso no fue un sismo, que los sensores son muy sensibles y ningún número de personas saltando pueden generar un terremoto, pero nosotros sabemos que no es eso lo importante. Ese gol, y ese equipo resistiendo la embestida de Goliat durante el resto del partido causaron, sí, un terremoto. Uno que los sensores sísmicos del experto de la UNAM son incapaces de percibir.

Porque el fútbol tiene que ver con la vida, pero también con los desastres naturales: terremotos, huracanes, tornados, inundaciones, tormentas tropicales y mares turbulentos.

El encuentro que se jugó el martes entre Colombia y Japón tuvo algo de tsunami. Japón era el underdog al principio, considerado el más débil de los equipos del Grupo H, que incluye a Senegal y Polonia. Al momento de la patada inicial, admito que sentía una tibieza gris. De alguna forma, Japón no me despertaba simpatía, ni siquiera por ser el underdog inicial, y Colombia tampoco. No me conmovió que empezaran jugando sin James, que estaba lesionado, ni el hecho de que Radamel Falcao estuviera jugando su primer compromiso en un Mundial (en 2010 no fue convocado y en 2014 quedó afuera por lesión). La balanza estaba en equilibrio. El partido me daba igual.

Hasta el minuto tres, cuando Carlos Sánchez tapa un pelotazo en el área con la mano, es expulsado, Japón mete el penal y Colombia tiene que jugar el resto del partido con solo 10 hombres. Entonces sí. Con un underdog definido, un David caribeño con un hombre de menos frente a uno de los países más eficientes del mundo, la pasión encendida. ¡Vamos Colombiaaaa!

Y no importó que perdieran dos a uno; fue partidazo. Queremos ganar. Queremos que gane nuestro equipo. Todos los que juegan fútbol lo hacen para ganar. Y, sin embargo, como Danny Boodman, el marinero que ama las carreras de caballos en Novecento, pero que las ama no por saber quién vence ni por apostar al ganador, en el fútbol es todo lo demás lo que nos maravilla. Todo lo demás.

*es escritora. Invitada por Marcas de La Razón durante el Mundial Rusia 2018.

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