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Aylan y su hermano descansan en Kobane

Padre. Abdullah Kurdi rechazó la oferta de Canadá de recibir asilo como refugiado

Tragedia. Abdullah Kurdi entierra a su hijo Aylan, de tres años, que se ahogó el miércoles en el Mediterráneo.

Tragedia. Abdullah Kurdi entierra a su hijo Aylan, de tres años, que se ahogó el miércoles en el Mediterráneo. AFP.

La Razón (Edición Impresa) / El País / Bodrum (Turquía)

00:01 / 06 de septiembre de 2015

El cadáver del niño sirio ahogado frente a la costa de Turquía, Aylan Kurdi (de 3 años), el de su hermano, Galib (5), y el de su madre llegaron el viernes a la ciudad kurdo-siria de Kobane, donde el padre, Abdullah Kurdi, los enterró.

La noche del jueves fueron trasladados en un vuelo fletado a Estambul. Transido de dolor, el hombre fue recibido por las autoridades turcas y, a primera hora de la mañana del viernes, los cuerpos de su familia fueron llevados en avión a la ciudad sudoriental de Urfa, desde donde cruzaron a Kobane, de la que procedían.

Abdullah Kurdi ha rechazado la oferta de Canadá de recibir asilo como refugiado, un asilo que en junio le había sido denegado a la familia por las mismas autoridades de inmigración canadienses, lo que les llevó a iniciar su mortal travesía desde Bodrum.

La noche del viernes, solo las risas entrecortadas de algunas parejas noctámbulas se sobreponían al acompasado ritmo de las olas del mar lamiendo las arenosas playas del pueblo de Akyarlar, en la turística península de Bodrum, punto desde el que partían cada día cientos de refugiados hacia la isla griega de Kos, en lo que ellos llaman “el viaje de la esperanza” hacia Europa, pero que en no pocas ocasiones termina en tragedia.

Dos jóvenes, el tunecino Karim y la turca Zumra, trabajadores del hotel Armonia, el mismo cuyos empleados descubrieron el cuerpo del pequeño Aylan Kurdi, paseaban entre las tumbonas en busca de refugiados sirios a los que ofrecer comida y agua. “Hasta ahora los mirábamos pasar cada noche, sin hacer nada, pero la imagen de este pobre niño muerto nos ha afectado muchísimo”, explica Karim a El País. “En noches anteriores podías ver a cientos en la costa, esperando para cruzar, ahí había 20, ahí otros 20 y ahí y ahí”, indica este empleado del complejo hotelero señalando los árboles a la vera de la playa y al amparo de cuya sombra los refugiados hinchaban sus botes y los preparaban para lanzarse hacia la estrecha franja de mar (apenas 6 kilómetros) que separa esta costa de la isla griega de Kos. “Pero esta noche solo hemos visto a dos sirios”, apunta Zumra.

La razón se halla en el incremento de la vigilancia ordenado por las autoridades turcas tras la tragedia del pasado miércoles, cuando dos pateras se hundieron provocando la muerte de 12 personas, siete de ellas menores de edad, y la desaparición de otras dos. “Después de que apareciese la foto de ese niño, los comandantes de nuestra base nos ordenaron comenzar a tomar medidas de precaución”, afirma un gendarme a cargo de un retén en otra playa cercana. Medidas que, hasta hace dos días, no existían. Anoche, la Gendarmería turca había establecido varios controles de carreteras para impedir que los refugiados y migrantes se acercasen a la costa suroeste de la península de Bodrum, la parte más cercana a Kos.

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