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Culto a la imagen presidencial acaba en Costa Rica

Medida. El Presidente prohíbe que su nombre salga en obras públicas

Abrazo. El técnico del seleccionado de Costa Rica es recibido por el presidente Solís, el 8 de julio. Foto: EFE

Abrazo. El técnico del seleccionado de Costa Rica es recibido por el presidente Solís, el 8 de julio. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / El País / San José

00:00 / 13 de julio de 2014

Desde el lunes, los turistas no verán el retrato del Presidente al llegar al aeropuerto Juan Santamaría ni los ciudadanos lo verán posando la banda tricolor, junto al pabellón nacional, en las comisarías policiales.

Las embajadas por el mundo tampoco exhibirán el rostro del Mandatario costarricense. Además, la nueva infraestructura estatal se inaugurará sin que una placa diga “Luis Guillermo Solís Rivera”. Bastará mostrar la fecha en que se inauguró, porque “la obra pública es pública, no de un Gobierno”.

Así lo ha decretado el novel presidente, Luis Guillermo Solís (centro izquierda) en una de sus últimas muestras de aprecio a lo simbólico ante una población que espera, tanto los cambios en las formas como en los resultados concretos en obras. La lógica que ofreció Solís para justificar su medida es impecable:

“Las obras son del país, no de un gobierno o funcionario en particular. El culto a la imagen del presidente se acabó, por lo menos en mi gobierno”.

El ministro de la Presidencia de Costa Rica hizo eco de esta explicación. Según él, se busca que los ciudadanos recuerden que quien hace posible las obras públicas no es el Gobierno sino los impuestos que pagan todos los contribuyentes.

El decreto de Solís no es una novedad total. Algo similar aplicó entre 1978 y 1982 el presidente Rodrigo Carazo Odio, recordado por un sector como un mandatario encantador en las formas, pero errático en el manejo de la política y la economía.

Debates públicos

En Costa Rica, el mandatario   está impedido por ley de participar en el debate de asuntos públicos, para que no pueda imponer su opinión sobre la del resto de costarricenses.

Un mandatario poco común

Luis Guillermo Solís Rivera, quien cumple dos meses de haber roto en Costa Rica la hegemonía de los dos partidos tradicionales del siglo XX con un aplastante 78% de los votos en una segunda ronda electoral, está rompiendo con los estereotipos establecidos por los jefes de Estado de América Latina.

En sus primeros días como Presidente saludó casa por casa a los vecinos del Palacio de Gobierno (en Costa Rica no existe residencia presidencial) e hizo izar la bandera de la diversidad sexual junto al Pabellón Nacional. Va a diario a su oficina en su auto familiar, modelo 98, y pide en los actos no ponerse de pie cuando entra o sale.

Solís es un político que se parece a la gente de la calle y que representa un sector de la población, aún no medido por encuestas, que deplora los gestos políticos y exige en cambio decisiones que respondan a la demanda popular de frenar el costo de la vida, aumentar el empleo y mejor la infraestructura pública.

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