Mundo

Francia contra el terrorismo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

01:39 / 12 de enero de 2015

Por las 12 calles que convergen en la Plaza de la República afluyeron ayer cerca de 2 millones de parisinos portando flores, velas, banderas y pancartas declarándose todos “yo soy Charlie”. Sin organización, sin orden ni concierto previo fue una masa humana que se movía al son de gritos y eslóganes como: “terroristas estáis fundidos, la Francia está en las calles”.

Fue una oportunidad para que cada partido, grupo político o religioso o individualidades sueltas, aprovechen para publicitar sus ideas, sus temores y sus odios. Trepados al monumento central de la épica plaza, unos cuantos animadores ad hoc arengaban a la multitud congregada, preguntando a viva voz: “quién eres tú?” y la respuesta unánime era “yo soy Charlie”. Otros cantaban La Marsellesa a capela. Cada cual tenía una visión, una idea para protestar por el asesinato de los inocentes caricaturistas. Un enorme lápiz fabricado de cartón llevaba el rótulo de bomba de destrucción masiva. Conforme la masa crecía preparándose para la manifestación, aparecían afiches que citaban a periodistas presos o políticos reprimidos en varias partes del mundo, comparando su calvario con el trágico fin de Charlie Hebdo. Así, se veía el retrato del líder kurdo Abdala Ocalan encarcelado en Turquía, o Mboulou Beka, en Gabón. Unas “magníficas” venezolanas depositaron ramos de flores, con tarjetones que reclamaban la libertad de prensa en su país. Mientras la mayoría de los manifestantes representaban todas las clases sociales, se notaba la escasa presencia de ciudadanos de origen africano o magrebí. Pero indudablemente, la desgracia de Charlie Hebdo logró la cohesión nacional. Pronto, el ambiente se tornó festivo y se convirtió en un carnaval democrático, pleno de humor y de solidaridad. Entretanto, se podía constatar que esa algazara de unidad patriótica, aparte de favorecer la baja popularidad del presidente Hollande, oculta ciertos hechos como que la guerra entre Occidente y el Islam radical se ha desatado con la sangre derramada en París y que las ejecuciones son solo el inicio emblemático donde cada secta mahometana, sea el Estado Islámico o Al Qaeda-Yemen, compite en su récord de barbarie. El mensaje es directo: hasta hoy, las muertes se suceden cotidianamente en Pakistán, Afganistán, Irak, Siria o Gaza. Ahora ellas ocurrirán en París, Londres o Berlín. La guerra es total y los golpes podrían producirse cuando y donde los yihadistas decidan.

Este 11 de enero se lo ha equiparado al 11 de septiembre neoyorquino por el dolor causado a la nación, con la diferencia de que rápidamente la presencia de 44 dignatarios europeos, americanos y hasta africanos mostró una sólida y compacta solidaridad en esta batalla contra el enemigo común. Incluso, estaban también lado a lado el israelí Benjamin Netanyahu y el palestino Mahmoud Abas. Lo que debe quedar claro es que los atentados del 7 de enero no son productos aislados perpetrados por fanáticos desalmados. Son parte de una acción coordinada que ha obtenido lo que buscaba: notoriedad universal y provocar una atmósfera de inseguridad ciudadana. Sin embargo, la respuesta del pueblo francés fue contundente. Por encima de sus diferencias políticas, religiosas o étnicas, está su irrenunciable fervor por el valor republicano más apreciado: la libertad.

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