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Médicos Sin Fronteras testimonia el éxodo sirio a causa del conflicto

Más de 1.8 millones de refugiados han huido de Siria. Si bien la mayoría de ellos se encuentra en países vecinos, los sirios también se han convertido en el mayor grupo de migrantes que arriba a Grecia. Cuatro artículos y videos testimonian lo que ocurre

La Razón Digital / Siria

09:43 / 13 de septiembre de 2013

La organización Médicos Sin Fronteras refleja en cuatro artículos y videos los testimonios del éxodo que se vive en Siria debido a la situación de violencia. Uno de los testimonios muestra el accionar de “contrabandista” que están trasladando personas de forma ilegal a Europa con el riesgo que ello implica.

La Razón Digital reproduce de forma textual el material enviado por la organización a continuación:

Conversación con el miedo (Video)

Los bombardeos y los combates monopolizan la vida cotidiana de la población siria

Alia Mosa está postrada en la cama de un hospital del norte de Siria. Descubre sus pies, que están desfigurados. Hace un gesto para invitar a la conversación. “Fue a las cinco de la mañana. Lanzaron misiles y la casa quedó totalmente destruida. Mataron a cuatro de mis hijos. Yo resulté herida y una de mis hijas y mi marido sobrevivieron”, cuenta la joven. Indignada, Alia promete que jamás volverá a Alepo, la principal ciudad del norte de Siria en la que vivía hasta ahora. Insiste en denunciar el ataque pero pide no ser fotografiada. En su cara se mezclan la necesidad de comunicar el dolor y el miedo a ser identificada: sentimientos contradictorios que debieron de causarle una extraña sensación de impotencia.

Historias como esta se repiten en un hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en una zona controlada por la oposición armada de la provincia de Alepo. Espejo de la guerra, en el centro médico se recuperan tanto civiles como combatientes que han sufrido episodios de violencia. “Estaba en Alepo. Había combates, yo estaba en la calle y me dispararon”, relata Nora Aljassem, una señora de avanzada edad que pasó por el quirófano tras recibir dos impactos de bala en el vientre.

En el norte del país la atención médica es precaria a causa del derrumbamiento del sistema sanitario. Las embarazadas sufren partos prematuros a causa del estrés generado por la violencia y las personas con enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión se han quedado prácticamente sin atención médica. Son algunas de las víctimas silenciosas del conflicto.

Por un par de palabras

En boca de casi todos hay una palabra que les obsesiona: tayyara (avión en árabe). Los combates y los bombardeos dominan sus vidas: 4,25 millones de sirios se han visto desplazados desde que empezó la guerra hace más de dos años. En la provincia de Alepo, unas antiguas aduanas alojan un campo en el que se aglomeran 10.000 desplazados a la espera de cruzar la frontera y refugiarse en el país vecino. Varios de ellos se reúnen en una tienda de campaña para compartir sus proyectos de futuro.

— Quizá nos vayamos a Turquía y así podremos descansar —pronostica Mustafá—. Seguro que estaremos mejor que aquí. Aquí la situación es mala. ¿Qué le parece, señora?

— Que se haga la voluntad de Dios.

— ¿Pero en Turquía no será mejor que aquí?

— Por supuesto, será mejor.

Mohamed fuma un pitillo mientras Mustafá y su acompañante apuran el menú del día: huevos revueltos, pimientos verdes con sal y sopa de lentejas. Mohamed llegó al campo en busca de seguridad, después de huir de la ciudad de Alepo, donde un bombardeo destruyó una escuela y la casa de sus vecinos. “Cuando salí de casa había mucho polvo y no veía nada. Fui a buscar a mis hijos y cuando se disipó la nube, los sacamos de allí”, cuenta Mohamed. “Están atacando a los civiles. Están atacando las escuelas, las panaderías y las mezquitas. Se están centrando en estos tres lugares”, denuncia.

Mohamed es un nombre ficticio. No se opone a ser fotografiado, pero prefiere que su nombre real no sea revelado. El motivo es que sus problemas no empezaron con la guerra civil, sino que se remontan a 1993. El miedo no le ha abandonado desde entonces. “Estaba hablando con unos amigos. Era una discusión política. Mis comentarios se filtraron y fui encarcelado durante once años. ¡Once años!”, resopla Mohamed, que fue liberado en 2004. “Once años”, repite una y otra vez: “Once años sin ver a mi familia porque el régimen no me lo permitía. Once años por un par de palabras”.

Con la guerra a las espaldas (Video)

Los sirios que se refugian en el sur de Turquía arrastran las heridas físicas y emocionales del conflicto

Ahmed Beidun muestra un parte médico. Es el documento que acredita la gravedad de sus heridas y que le sirvió para abandonar Siria y ser admitido en Turquía. Al conocer su situación, un vecino se compadeció y le ofreció un garaje para alojarse de forma provisional. “Los turcos se han portado muy bien con nosotros”, agradece Ahmed, enfundado en una chaqueta deportiva. “El problema es que no tengo pie. No puedo trabajar”, lamenta mientras su hijo le hace carantoñas.

Un ataque aéreo en la ciudad de Alepo, la principal del norte de Siria, cambió la vida de Ahmed. “Cayeron tres misiles –recuerda–. Mis primos me llevaron al principal hospital de Alepo, pero estaba saturado. Tenía miedo a represalias si iba a un hospital público, porque soy de un pueblo que estaba controlado por los rebeldes. Al final, fui a un hospital privado y allí me amputaron un pie”. Tras la operación, Ahmed convenció a su familia para huir del país y refugiarse en Kilis, en el sur de Turquía.

Esterillas, mantas y platos se amontonan en el garaje. Una cuerda con ropa tendida separa el área común de la cocina improvisada, donde yacen recipientes de plástico y un hornillo. A la espera de entrar en un campo de refugiados, esta es la lúgubre vivienda que ha encontrado Ahmed en Kilis, el primer lugar de paso para muchos de los sirios que huyen de la guerra hacia el norte. Ahmed vive con su familia y la de dos de sus primos: en total, dieciséis personas se hacinan en una cochera de apenas cincuenta metros cuadrados.

Ya son más de 380.000 los sirios que se han refugiado en Turquía. La mayor parte de ellos (más de 350.000) están registrados y tienen derecho a vivir en campos de refugiados habilitados por la Media Luna Roja de Turquía. Los demás esperan ser admitidos pronto o han decidido no registrarse porque prefieren tener libertad para trasladarse a otros lugares de Turquía. “Mucha gente cruza la frontera de forma ilegal. Vienen con muy poco dinero. Para ellos es difícil encontrar un lugar donde vivir si no están en los campos. La atención médica es una necesidad apremiante”, resume Alison Criado-Pérez, enfermera de una clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kilis visitada por muchos refugiados que sobreviven fuera de los campos.

En esta clínica abundan las historias de pacientes que han llegado a Turquía sin documentación porque su pasaporte ha caducado o se ha extraviado. “Es muy peligroso. Corres el riesgo de que te disparen”, explica una joven siria que ha cruzado en varias ocasiones los olivares que pueblan la frontera. Sea cual sea su situación económica, los refugiados asisten al derrumbamiento de sus vidas pretéritas y afrontan con incertidumbre el futuro. “El negocio iba muy bien”, evoca un sirio que regentaba una tienda de muebles en Alepo aplastada por un tanque.  “Echo de menos la vida antes de la guerra”, abunda mientras espera a que su esposa salga de una consulta ginecológica de MSF. La vida cotidiana de este refugiado ha dado un giro radical: antes del inicio del conflicto, viajaba a Estambul o Atenas en busca de inspiración para el diseño de minibares y decoración de dormitorios; ahora, no tiene trabajo. La guerra siria también ha golpeado a las familias con más recursos.

Cruzar la frontera no es el fin del dolor para estos sirios, sino el inicio de un duro proceso de recuperación emocional, sobre todo para los que han sufrido heridas severas o han dejado familiares atrás. Entre los refugiados hay una mayoría de mujeres y niños, un detalle que habla de la cantidad de familias divididas que anhelan el fin de la violencia para recomenzar sus vidas. Necesitan tanto atención médica como psicológica. Sonya Mounir, que supervisa a un equipo de psicólogos de MSF en Kilis centrado en los refugiados sirios, cree que el futuro constituye el principal estímulo para todos. “Nuestro objetivo es que aprendan a lidiar con su nueva situación, que tengan algo de esperanza, que tengan ideas y sueños”, resume.

Ahmed tiene esta tarea por delante: debe amoldarse a una vida lejos de su tierra y después de haber sufrido un bombardeo. Pronto cambiará el garaje por un campo de refugiados en condiciones dignas, pero sus muletas, apoyadas en la pared, invocan el episodio traumático que aún no ha superado. “Quiero un pie ortopédico”, dice una y otra vez. Cabizbajo, Ahmed no sabe cómo contestar a la pregunta de qué le gustaría hacer en el futuro: “Antes jugaba con mi hijo, ahora no puedo”.

Sirios entre Oriente y Occidente (Video)

Estambul acoge a una comunidad siria que duda entre volver a su país o dar el salto a la Unión Europea

A un lado, Yamán. Tiene doce años, es muy discreto y aficionado del Real Madrid. Tuvo que huir de Siria y ahora vive con su familia en un sótano en Estambul. Echa de menos su pueblo, Al-Kisswah, en las afueras de Damasco, y tiene claro que en cuanto acabe la guerra quiere volver a su país. De mayor, le gustaría ser matemático.

Al otro lado, su hermano Yanal, con un año menos. Le gusta llamar la atención y sus ídolos son los delanteros del Barça. Comparte litera con Yamán en la vivienda que consiguieron alquilar sus padres. Su sueño es salir de Estambul, dejar atrás Siria y residir en una capital europea. ¿Vocación? Periodista.

En una misma familia siria convive la lógica tensión entre el apego a la tierra y el deseo de un futuro mejor. “Si nos vamos, será legalmente”, tercia el padre de los chavales, Hassan Nasser. “Muchos sirios entran de forma ilegal en Europa a través de contrabandistas, pero es muy peligroso. Mi familia no puede hacer eso. Si me saliera algo, iría a Europa con los papeles en regla”, anota Hassan, que se retuerce de dolor en el sillón entre frase y frase.

Hassan participó en las primeras manifestaciones de opositores en marzo de 2011. Las fuerzas de seguridad sirias fueron a buscarlo a casa. Saltó desde el tercer piso y se lesionó la espalda. Un año después, se refugió en Turquía y aún no está claro si se deberá someter a una operación quirúrgica. “Si tuviera la posibilidad de ir a Europa para ser tratado, lo haría. Ojalá pudiera”, suspira. Pese a todo, Hassan aclara que su deseo más intenso es volver a su país una vez que se detenga el derramamiento de sangre.

Estambul acoge a miles de migrantes y refugiados de todos los orígenes. Una gran proporción de ellos ha escapado de rincones del mundo azotados por la guerra como Afganistán, Irak o la República Democrática del Congo. El último país en sumarse a esta lista es Siria. Los que han escapado de las bombas viven sobre todo en campos de refugiados situados a lo largo de la frontera turca con Siria, pero una minoría cada vez más amplia está llegando a Estambul y responde a un perfil bastante definido. “La mayoría de los sirios que hemos visto en Estambul están esperando aquí porque tienen suficientes recursos económicos para ello”, apunta Ghassan Abou Chaar, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Estambul, quien añade: “Han sufrido episodios traumáticos debido a la guerra. Hemos comprobado que todavía tienen miedo a hablar con organizaciones internacionales o con la población turca. Están cerrados en sí mismos por miedo a que les identifiquen o a ser deportados de Estambul”.

Hassan no puede trabajar debido a su lesión. Los doctores discuten desde hace meses sobre la pertinencia de una complicada operación que afectaría a una de sus vértebras. Mientras, su colchón financiero se desinfla a en Estambul. Antes de la guerra, Hassan regentaba una tienda de ropa en su pueblo y disfrutaba de una posición económica desahogada. “Lo perdimos todo, no había clientes, no había nada. En mi región, incluso la gente que estaba en peores condiciones económicas que la media podía vivir dignamente al principio de la revolución, pero después muchos se quedaron sin recursos y las asociaciones caritativas los ayudaron”, reflexiona.

Historias como las de Hassan hablan de una clase acomodada que se está desmoronando. Otro ejemplo de ello es Kemal Zori. Regentaba un restaurante en Damasco. No sufrió de forma directa las consecuencias de la violencia, pero sus dos hijos fueron llamados a alistarse al ejército de Bashar al Assad. Toda la familia decidió escapar. “¿A quién iban a combatir?”, se pregunta Kemal, que admite echar de menos la vida antes de la guerra.

La mayor preocupación de Kemal en Damasco era la discriminación que sufría por pertenecer a la comunidad kurda. “Sentíamos que estábamos en el décimo escalón de la sociedad”, lamenta con gesto adusto. Uno de sus hermanos toca el laúd para intentar animar el ambiente. Están esperando la hora de cenar en un piso amplio del barrio de Kanarya, en las afueras de Estambul. La familia no está en una situación desesperada, pero es el símbolo de un grupo social desconcertado por el futuro. “Nos quedaremos aquí, estamos obligados –se resigna Kemal–.  La idea de Europa no está en mi cabeza”.

 

El éxodo sirio llega a Atenas (Video)

Los sirios se han convertido en la primera comunidad de llegada a Grecia

La huida empieza así.

“Eran las cinco de la mañana. Mi hermana preparó un desayuno delicioso. Nos subimos al coche y nos fuimos a la frontera de Siria con Turquía”.

Lawand Deek, un joven sirio de 21 años, relata su éxodo en un diario que cada vez tiene más páginas. Ya de pequeño quería ir a Canadá para estudiar, pero no le concedieron el visado y se tuvo que conformar con estudiar un tiempo en Damasco. Aprendió inglés. Después de que se desatara la guerra civil, tuvo que huir de su tierra, la provincia de Ar-Raqa, a causa de los combates. Tardó poco en salir del país, pero tenía claro que no quería quedarse en un campo de refugiados.

“Crucé la frontera turca y pasé por muchas ciudades, hasta que llegamos a Estambul”, relata. Lawand contactó con un traficante para intentar entrar en la Unión Europea (UE). Se trasladó junto a un grupo de 25 sirios a la ciudad costera turca de Izmir. Desde allí, se subieron a una patera y cruzaron el mar para llegar a la isla griega de Lesbos. “Lo habíamos intentado cuatro veces. Esta es la primera vez que lo conseguimos. Había dos niños con nosotros. Yo tenía un poco de miedo porque era de noche y la embarcación era pequeña. Era muy peligroso”, recuerda Lawand. Los guardacostas griegos divisaron la patera y ayudaron a los migrantes a llegar a la costa. No siempre ha sido así: siete sirios murieron ahogados a mediados de marzo cuando intentaban alcanzar Lesbos.

Los sirios ya constituyen la primera comunidad de llegada a las islas del Egeo, puerta de entrada a Grecia y por lo tanto a la UE. “Desde 2004, la mayoría de migrantes que llegaban aquí eran afganos, pero ahora, por primera vez, hay más sirios que cualquier otra nacionalidad”, expone Ioanna Kotsioni, experta de migración de MSF. En 2012, casi 8.000 sirios llegaron a Grecia de forma ilegal. En los cuatro primeros meses de este año, la cifra asciende a 1.709. Los migrantes y refugiados solían viajar a través de la frontera terrestre de Evros, pero en verano de 2012 las autoridades griegas desplegaron a unos 2.000 agentes, construyeron una valla y tomaron medidas para frenar la migración, así que el flujo se trasladó a las islas. El año pasado, MSF lanzó intervenciones humanitarias en ambos lugares para asistir a estos migrantes, algunos de ellos detenidos durante meses. Entre ellos había 1.500 sirios.

La legislación griega permite mantener en cautiverio a los migrantes indocumentados hasta un máximo de 18 meses, pero desde abril los sirios están exentos de detención a su llegada. Lawand y sus acompañantes se quedaron una noche en el puerto de Lesbos bajo custodia de los guardacostas y otra noche en comisaría. La policía les entregó un documento que les permite quedarse en Grecia durante seis meses: tras este periodo, deben abandonar el país o pueden ser deportados si no renuevan sus papeles. También en esto los sirios son una excepción, porque el resto de migrantes tan solo disponen de un mes para permanecer en suelo heleno.

Lawand ya tiene ese papel y compra su billete de barco a Atenas. Esta vez no espera sorpresas marítimas. “No tengo palabras para explicar esta sensación. Me siento libre y muy contento de estar fuera de Siria”, sonríe el joven. El buque atraca en Atenas bajo la luz matinal. Embelesado, Lawand pisa tierra junto a sus compañeros de odisea. El recibimiento que le ofrece la capital griega son dos agentes que le cogen del brazo. La agencia de la UE que vigila las fronteras de los estados miembros (Frontex) lo retuvo durante varias horas para interrogarle. “Sabían que hablaba inglés. Me preguntaron de dónde era, cómo había llegado, quién me ayudó. Les dije todo lo que sabía y me dejaron en libertad”, cuenta Lawand una vez establecido en Atenas.

Estas no son las únicas dificultades a las que se enfrentan tanto los migrantes sirios como los de otras procedencias. “La mayoría han pagado todo su dinero a los traficantes y aquí no reciben ninguna ayuda del Gobierno”, denuncia Kotsioni, la especialista de migración de MSF. Acogerse al asilo tampoco es una solución: de las 250 solicitudes presentadas por sirios en 2012, tan solo 150 fueron examinadas y dos fueron aceptadas. “Eso quiere decir que gente que en teoría debería de estar protegida no recibe prácticamente ninguna ayuda”, lamenta Kotsioni. Muchos de los refugiados vienen de países en guerra como Afganistán, Irak o Siria y al llegar no solo no se encuentran un cálido recibimiento, sino que en ocasiones pueden ser víctimas de ataques racistas.

Para muchos, la capital helena tan solo es un lugar de paso. “No esperaba que Atenas fuera así. Imaginaba que sería como Europa, como las ciudades británicas, alemanas…”, comenta Lawand, que hasta hace poco no había salido nunca de Siria. Ha pasado un día desde que llegó a Atenas y fue sometido a un interrogatorio y se le nota cansado. Antes hablaba de Canadá, del Reino Unido, de estudiar. Ahora dice que quizá se quede un tiempo trabajando en la capital griega.

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