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Romero, el sacerdote que venció sus miedos

Perfil. El salvadoreño, asesinado en la dictadura de los 80, será beatificado por el papa Francisco

El padre Óscar Arnulfo Romero será elevado al rango de beato.

El padre Óscar Arnulfo Romero será elevado al rango de beato. La Prensa Gráfica de El Salvador.

La Razón (Edición Impresa) / Erick Ortega / La Paz

00:06 / 08 de febrero de 2015

Nació bajo el signo de Leo (15 de agosto de 1917), vivió para dar la voz a los sin voz y murió por un balazo que le rompió el corazón, justo después de dar una homilía, un lunes de marzo de 1980. Ahora, 35 años después, el padre Óscar Arnulfo Romero será elevado al rango de beato.

Su existencia roza con el milagro. Fue el segundo hijo de una familia que llegó a tener ocho hermanos y nació en Ciudad Barrios, del departamento de San Miguel, en El Salvador.  “Tuvo una infancia difícil, tenía poliomielitis y de alguna manera tenía una cierta fragilidad física”, explica a La Razón el monseñor Rafael Urrutia, contactado desde La Paz.

Urrutia es canciller del Arzobispado de San Salvador y uno de los impulsores de la beatificación. Al terminar los años 70 y en el inicio de los 80, él era la mano derecha de Romero en el Arzobispado; más aún, eran fieles amigos. “Era un hombre sencillo, humilde e introvertido”, dice Urrutia por teléfono. Añade que Romero no era aficionado a los deportes y que alguna vez iba al cine. “Él prefería estar en casa”.

A pesar de su carácter tímido, su biógrafo y amigo personal, el monseñor Jesús Delgado, manifestó a los medios salvadoreños que el arzobispo era un “pico de oro”, es decir, un hombre con el don de la palabra. Toda esa elocuencia se forjó con el yunque de la fe católica. Ingresó al Seminario Menor al cumplir 14 años y en 1937 fue al Seminario Mayor. Fue ordenado sacerdote en Roma (Italia) el 4 de abril de 1942.

Volvió a su país y continuó trepando en el mundo eclesiástico. Romero fue nombrado arzobispo de la capital salvadoreña el 23 de febrero de 1977. Su llegada coincidió con una época turbulenta en el escenario político de ese país centroamericano.

Entre el 15 de octubre de 1979 y el 2 de mayo de 1982, la administración política estuvo en manos de una Junta Revolucionaria de Gobierno. En ese periodo la democracia quedó escondida bajo la alfombra militar. Casi desde que empezó a reinar el caos en El Salvador, la Iglesia Católica estaba en la mira del poder. El 12 de marzo de 1977 fue asesinado el párroco salvadoreño Rutilio Grande, quien era buen amigo de Romero.

Enemigos. “Aquella muerte lo afectó mucho. Él se dio cuenta de que venía una persecución fuerte. Se alejó de la política y de las ideologías para aproximarse a la gente desde el Evangelio”, explica el Canciller salvadoreño.

Romero estaba en el centro de la tormenta y sus enemigos se encontraban en diferentes flancos. Por ejemplo, el martes 6 de noviembre de 1979, él denunció que una organización clandestina de ultraizquierda amenazó con matarlo. Su queja nunca fue escuchada y tampoco se le dio atención cuando exigió que se investigara la muerte de Rutilio Grande.

El 17 de febrero de 1980 tampoco le tembló el pulso cuando mandó una misiva (escrita en una máquina de escribir) al presidente estadounidense Jimmy Carter. “Me preocupa bastante la noticia de que el Gobierno de Estados Unidos esté estudiando la manera de favorecer la carrera armamentista de El Salvador enviando equipos militares y asesores para entrenar a tres batallones salvadoreños en logística, comunicaciones e inteligencia”, señala parte de la correspondencia.

El secretario de Estado estadounidense, Cyrus Vance, respondió a nombre de Carter. Parte de la misiva indica: “La Junta Revolucionaria de Gobierno ha demostrado ser moderada y reformista”, y el país del norte continuó con su apoyo a ese órgano con el sello militar. El tiempo confirmó los temores de Romero y puso al descubierto a Carter (quien obtuvo el premio Nobel de la Paz en 2002), porque el Gobierno salvadoreño intentó perpetuarse en el poder a punta de balas.

El informe anual de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (1979-1980) dio a conocer su “honda preocupación por la creciente violencia que azota a El Salvador”. Advirtió que hubo “un número demasiado alto de vidas y ha significado un deterioro generalizado de la situación de los derechos humanos”.

La primera semana de febrero de 1980, casi un mes y medio antes de su deceso, Romero habló de su miedo a la muerte. “Nos contó que había recibido una llamada del Nuncio de Costa Rica diciéndole que había amenazas serias contra él”, cuenta Urrutia.

Entonces, tuvo miedo a las intimidaciones, a la muerte, al sufrimiento; pese a ello no se calló. El lunes 24 de marzo, en la Basílica del Sagrado Corazón (estando presente el embajador de Estados Unidos, Robert White), recordó a los soldados el quinto mandamiento: “No matarás”. A la jornada siguiente, una bala le rompió el corazón.

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