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Tea Party, anarquistas que le prendieron fuego a Washington

Pirómanos, extremistas, suicidas y anarquistas: los legisladores del Tea Party son acusados cada día de sabotear al sistema político estadounidense, pero su intransigencia es la clave de su éxito, en una geografía electoral cada vez más polarizada.

La Razón (Edición impresa) / AFP / WASHINGTON

00:00 / 13 de octubre de 2013

Pirómanos, extremistas, suicidas y anarquistas: los legisladores del Tea Party son acusados cada día de sabotear al sistema político estadounidense, pero su intransigencia es la clave de su éxito, en una geografía electoral cada vez más polarizada.

La retórica se inflamó en los pasillos del Congreso desde que se desencadenó el 1 de octubre el primer cierre parcial de la administración federal en 17 años. Para el jefe de los demócratas en el Senado, Harry Reid, aliado del presidente Barack Obama, “los anarquistas” del Tea Party “odian al Estado”.

¿Cuántos son ellos, en el seno del grupo republicano de la Cámara de representantes? Entre 30 y 40, sobre 232, son considerados como miembros del “grupo duro” del Tea Party: radicales entre los radicales, anti-Estado, anti-impuestos y ultraconservadores en temas sociales, religiosos y sobre armas.

Polarización. Muchos de ellos son novatos en política, elegidos en las legislativas de noviembre de 2010, año de la adopción de la reforma del sistema de salud prometido por Obama, y percibido como la primera piedra de un socialismo a la europea en EEUU.

Pero pese a una opinión pública que juzga muy duramente a los republicanos por el bloqueo, los legisladores del Tea Party están protegidos de una eventual sanción electoral.

“Los congresistas buscan ante todo la reelección”, explicó la cientista política Sarah Binder. “Es muy posible que la imagen republicana sufra un golpe, pero no es algo que se sentirá en Estados como Idaho o Kansas”, sólidamente allegados a los republicanos.

Más que el desarrollo electoral, el factor principal de la emergencia de candidatos muy radicalizados es, según Binder, la polarización creciente de la geografía electoral: los republicanos en las zonas rurales, los demócratas sobre las costas y en las ciudades.

A esto se añade la influencia de organizaciones nacionales ultraconservadoras que invierten millones en campañas publicitarias contra los republicanos moderados, lo que al final exacerba más la polarización.

En 1995 y 1996, la mayoría republicana y el presidente demócrata Bill Clinton también se enfrentaron por el presupuesto y llegaron al bloqueo, pero según el historiador Steven Gillon, el jefe republicano de entonces, Newt Gingrich, contaba con cierta influencia sobre sus miembros. Una estatura política que hoy le falta a John Boehner, presidente de la Cámara, para conducir a su grupo.

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