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El atentado en Bruselas muestra el rostro del hastío de la juventud

Violencia. El islamismo radical sigue creciendo en los barrios marginales de Europa.

Emblema. La primera imagen tras los atentados de Bruselas fue la icónica bandera belga ondeando en los más importantes monumentos de la ciudad. Foto. EFE

Emblema. La primera imagen tras los atentados de Bruselas fue la icónica bandera belga ondeando en los más importantes monumentos de la ciudad. Foto. EFE

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas / Ámsterdam

00:00 / 27 de marzo de 2016

El último atentado en Bruselas dejó un reguero de víctimas, la sensación de inseguridad acorraló nuevamente a Europa y desnudó su rostro vulnerable. Pero, además, existe una legión de jóvenes que continúa creyendo en el camino de la violencia.

Los grandes acontecimientos históricos crean sus propias expresiones culturales que los validan. ¿Qué hubiera sido de Vietnam sin los hippies y el rock? Después del derribo de las torres gemelas advino un periodo subterráneo de reflexión en los jóvenes europeos, especialmente en los de origen árabe o islámico que decidieron ir en busca de su pasado cultural, religioso y social. Su búsqueda encontró en la vertiente del fundamentalismo, antes visto como costumbres de sus abuelos o gente llegada del campo. La estética de Bin Laden hablando desde Tora Bora con su arma en mano, atuendo militar y un fondo de un paisaje paradisíaco enamoró a esos jóvenes hastiados de discriminación y escasez de perspectivas para luchar por ese paraíso mostrado por su héroe.

Bin Laden sabía que el mayor enemigo de occidente no eran sus tropas sino el miedo. La violencia bárbara contra lo políticamente correcto que se cultivaba en las democracias occidentales. Bin Laden era de otro tiempo y no podía saber qué tantos fans tenía en los nativos de la internet quienes al difundir sus mensajes difundían su estética. Chiquillos posando con atuendos militares, barbas, símbolos de Al Qaeda.

Chicas con velos sexys y algunas yendo lejos con un burkini. Los que antes no se hacían problemas en compartir una parrillada ahora exigían carne no pecaminosa. Las chicas no aceptaban cualquier maquillaje, pedían halal make up, sin residuos de cerdo. La pop jihad nació en los regazos del multiculturalismo que la socialdemocracia durante décadas promovió en Europa.

No en otro lugar pudo tener mejor expresión que en Maalbeek, el barrio más musulmán y con mayor desocupación en Bélgica. De allí partieron el mayor número de jóvenes hacia Siria y allí se encuentran el mayor número de los “regresados”.

Encuentros. En ese pequeño califato es donde Sharia 4 Belgium pudo hacer demostraciones públicas de apoyo al Estado Islámico (EI) y allí se alojaron la mayoría de los autores de atentados en Francia, España, Holanda, etc. La pop yihad es el black metal de los jóvenes islámicos. “Tú vas a morir alguna vez y será maravilloso que lo hagas por un noble objetivo, sabemos de los sobrevivientes que los pecados son perdonados cuando dejas caer una gota de sangre en el campo de batalla, entonces mírate a ti mismo en esa gota”, dijo el muhaidín Abu Jandal antes de acabar como mártir en Siria.

La violencia de EI es solo explicable por los ejércitos derrotados que lo conforman, como el partido Baath de Sadam Hussein, los musulmanes chechenos, las fuerzas de Al Qaeda desalojadas de Afganistán. La crueldad de sus métodos es surgida de la amargura de la pérdida. La crueldad no viene del Islam. En los bolsillos de los yihadistas arrestados o muertos no se encuentra el Corán o textos religiosos sino con manuales de explosivos. Los autores de los atentados no son jóvenes idealistas, sino chicos con pasado delincuencial.

Hoy Bélgica llora sus muertos. Era un atentado ya anunciado desde la detención de Salah Abdeslam en Maalbeek. Es posible que estas acciones se hubieran apresurado por temor a que Abdeslam diera pistas. Es la acción del prófugo desesperado. El acto mediático del nuevo popstar.

¿Qué sería de un atentado sin la cobertura mediática? Nada. Todos saben que más fácil envenenar el agua, hacer estallar los tubos de gas domiciliario, pero nadie lo hace porque para la pop jihad es necesario la palestra. La anonimidad no tiene ningún sentido. Para el ciudadano normal, el daño causado por el terrorismo no está en la infraestructura destruida ni en los muertos, sino en la reacción del estado que para combatir el terrorismo se ponen fuera de la ley y la civilización que tanto dicen defender contra la barbarie y convierten la sociedad en terreno libre para nuevas formas de autoritarismo.

La vida de Bruselas ha sido sacudida

El País / Madrid

Las bombas han quebrado la vida de una Europa que hace tiempo que no se siente segura, pero que este martes fue atacada en su línea de flotación. El aeropuerto de Zaventem y la parada de metro de Maalbeek en el barrio europeo son lugares, pero también son símbolos. Forman parte del ADN de la vida comunitaria bruselense que construyen a diario los europeos, rasgada ahora irremediablemente.

En Zaventem aterrizan y despegan los eurodiputados cada semana y de allí salen los comisarios y eurócratas a reunirse con gobernantes de toda Europa. Al aeropuerto bruselense también llegan lobbistas, estudiantes Erasmus (una beca europea), oenegeros que vienen a convencer y agricultores que pelean por un pedazo de la política agraria común.

Ellos y muchos otros europeos debieron pensar el martes que podían haber sido ellos. Que ya no se sienten seguros en su tierra. Que cuántas veces han pasado frío en el quicio de las puertas de ese aeropuerto mientras se fumaban el último cigarro antes de acercarse a los mostradores ahora dinamitados. Que en cuántas ocasiones la lluvia les ha sorprendido al subir las escaleras en la parada de Maalbeek y han vuelto a pensar que Bruselas es maravillosa, pero que no les importaría que lloviera un poco menos.

Para muchos europeos que desfilan por la capital belga, Bruselas era hasta el martes por la mañana un lugar de trabajo y escenario de batallas políticas y económicas. Pero era también una ciudad balsámica, una especie de pueblo grande en el que no se esperaban grandes sobresaltos y al que casi siempre apetecía escaparse para dejar atrás las peleas nacionales y beberse una tibia cerveza belga. Eso también ha cambiado, al menos por un tiempo que se presume largo.

La familiaridad del pueblo grande ha dado paso a una inquietante sensación de vulnerabilidad. A mirarse de reojo y con desconfianza en los vagones de metro, a respirar hondo camino del aeropuerto y a convivir con los soldados y los blindados en las calles. Aquí, es fácil dejarse atrapar por el presentimiento de que la Bruselas y la Europa que conocimos, la de la paz que siguió a las guerras, puede haberse esfumado, tal vez para siempre.

Compromiso del premier belgan

  • El primer ministro belga, Charles Michel, aseguró la semana pasada que el Gobierno belga “hará todo lo posible para esclarecer” los atentados terroristas del martes en Bruselas y dar con los responsables para así dar respuestas a las familias, informó la agencia española EFE.

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