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Los cárteles de Michoacán nacieron en los 90

Dos grupos prometieron cuidar al Estado, pero terminaron al otro lado de la ley

Recompensas. Una gigantografía con los rostros de los exlíderes de grupos civiles, ahora narcos.

Recompensas. Una gigantografía con los rostros de los exlíderes de grupos civiles, ahora narcos. Foto: PORTALPOLÍTICO.TV

La Razón (Edición Impresa) / Justo Javier Bustillos / México

00:00 / 16 de febrero de 2014

El estado mexicano de Michoacán es considerado uno de los más peligrosos del país, a causa de la presencia de narcotraficantes poderosos. En el pasado, fueron dos grupos de civiles armados que se levantaron en contra de los abusos, pero con el tiempo éstos se convirtieron en cárteles.

Ocurrió el 16 de enero en la plaza central de Tancítaro, Michoacán. Frente a la muchedumbre que coreaba a las autodefensas, que días antes habían tomado el pueblo, Alfonso Cevallos contó: “A mí esos criminales (narcotraficantes) me destrozaron la vida, no les bastó robarnos nuestras tierras, no fue suficiente para ellos; siempre pedían más, como si a nosotros nos sobrara dinero y por quejarnos me fueron matando uno a uno a mis hermanos”.

Alfonso es el único sobreviviente de la familia Cevallos (ya solo le queda su madre), quien desde hace más de 30 años se dedicaba junto a sus tres hermanos, su padre y sus dos tíos a la producción de palta. Un día de enero de 2012 llegó a su casa uno de los jefes del cártel de narcotraficantes Los Caballeros Templarios.

“Me gustan tus huertas, ¿cómo le hacemos?”, relató que le dijo a su padre, quien desde hacía más de dos años pagaba extorsiones al grupo de narcos. “Pues tómala”, le respondió. Los narcotraficantes no solamente le robaron esa huerta, sino otras ubicadas en seis pueblos distintos.

Extorsión. El cártel les exigió aumentar al doble la cuota de sus demás tierras, a lo que la familia se negó; pidieron ayuda a las autoridades municipales y estatales; su padre hizo la denuncia y empezó la masacre: el 27 de octubre de 2012, sus hermanos, Adrián y Édgar, fueron encontrados muertos.

Un mes después fue su progenitor, Alonso, y el 7 de diciembre de ese año, otro de sus hermanos y sus dos tíos; los cadáveres mostraban la saña de sus asesinos porque a todos les habían cortado la lengua.

Alfonso y su madre ya no viven en Tancítaro, pese a que su casa es una de las más grandes y bonitas del pueblo. No quieren saber ya nada, ya no confían en nadie, solo hablan de irse: “lo más lejos que se pueda, aquí ya no hay nada qué hacer, no hay ley, no hay justicia”, dijo entre sollozos esta señora de 50 años de edad.

A ambos no les causa alegría haber recuperado sus tierras. Los grupos de autodefensas estaban allí para anunciar que habían devuelto a sus legítimos propietarios 265 hectáreas sembradas de palta, arrebatadas por los narcotraficantes.

Tancítaro es uno de los 113 municipios que componen el estado de Michoacán. De 7.000 habitantes, 3.000 se dedican a la producción de palta. Al año se obtienen 500.000 toneladas: 200.000 para el mercado interno y el resto para exportación.

De acuerdo con la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), México es el principal productor de palta en el mundo, y Michoacán también es uno de los estados más productivos de limón, guayaba, maíz y otros insumos que lo convirtieron en un importante polo de desarrollo agropecuario, pesquero y forestal.

Por todo esto, desde hace más de 60 años se ha convertido en uno de los principales centros de producción y trasiego de drogas; la joya de la corona para varios grupos de narcotraficantes, que en su afán de adueñarse de este sitio, esclavizaron a la mayoría de sus siete millones de habitantes.

Según registros hemerográficos, los narcotraficantes llegaron a la región en los años 40, sin hacerse notar, pues se iban a vivir a los cerros; en los 60 aparecían esporádicamente notas periodísticas que hablaban de sembradíos de marihuana ocultos en esos cerros, dichos de vecinos que no trascendían a más.

A principios de los 80 fueron convirtiéndose en noticia de primeras planas: en el transcurso de esos años habían logrado que la sierra michoacana ocupara el segundo lugar nacional en la producción de amapola y marihuana. Fueron halladas lanchas rápidas, con los motores fuera de borda, que eran capaces de transportar cargamentos de cocaína, procedente de Colombia y con rumbo a Estados Unidos.

Pero no se metían con nadie. Campesinos, pescadores, empresarios y autoridades municipales sabían de su existencia por los medios y alguna denuncia directa como la que hicieron vecinos del municipio de Calcoamán en los 90; ellos alertaron que cientos de mangueras, que salían de pozos naturales, se internaban campo adentro hacia unos sembradíos de marihuana y los dejaba sin el vital líquido, pero solo pedían que les dejaran un poco de agua.

Si habían pleitos era entre ellos, bandas rivales, pero no afectaban a los pobladores. La consigna de entonces era: “Ni tú te metes conmigo, ni yo me meto contigo”.

Cártel. Hasta que a la región llegaron los integrantes del cártel identificado como Los Zetas, un grupo de exmilitares capacitados por el Gobierno para combatir el tráfico de drogas y la delincuencia generada. Unos “rambos” que sabían combatir en todos los terrenos, cuerpo a cuerpo y con armas sofisticadas; instruidos además en inteligencia cibernética y manejo de situaciones límite; lo mejor entre lo mejor de la Policía nacional.

Desertaron y se pusieron primero a las órdenes de los capos de la droga y luego se movieron solos. “Zetas” porque les gustaba esa última letra del alfabeto y porque con ella marcaban los cuerpos de sus víctimas.

Fueron los que rompieron con esa singular paz y estabilidad de los michoacanos. Dicen que no respetaban nada, insensibles por completo. A plena luz del día comenzaron a aparecer cuerpos descuartizados y colgados en puentes y árboles, en las principales avenidas, cabezas en plazas, torsos y miembros, todos con la “zeta” ostentosamente marcada.

La tortura era una de sus señales: manos y pies sin uñas, y la mayoría con los genitales masculinos mutilados y puestos en la boca de los cadáveres.

Empezó a desaparecer gente inocente, se descubrieron fosas clandestinas (una tenía más de 70 cadáveres) y los productores de limón y palta empezaron a pagarles cuotas de protección; a los que se negaban, les incendiaban sus negocios, huertas o fábricas. Fueron Los Zetas quienes iniciaron la pesadilla en Michoacán.

A finales de los años 90 los michoacanos se cansaron de tanto abuso: empresarios y dueños de huertas alentaron a la gente del pueblo y formaron sus primeros grupos de seguridad privada para defenderse.

Surgió entonces un grupo que se autonombró La Familia Michoacana, que estaba integrada en su mayoría por jóvenes reclutados por un maestro de escuela primaria de nombre Servando Gómez, a quien apodaban con cariño La Tuta.

La consigna fue defender a las familias michoacanas de Los Zetas; hicieron llamados públicos solicitando apoyo y los habitantes de diferentes localidades los ayudaron, unos con dinero (empresarios y agricultores ricos) y otros denunciando las guaridas de los miembros del cártel.

En poco tiempo lograron sacar de la región a la mayoría de los jefes del cártel; “limpiaron”, según dijeron públicamente, las calles de “zetas”. La Tuta se convirtió en el héroe del momento, lo querían y respetaban.

SECUESTROS. Pero poco duró el sueño: La Tuta había conformado un gran ejército de jóvenes dispuestos a todo por obtener dinero fácil y con ellos se repitió el sistema de extorsión de Los Zetas. A los mismos empresarios y agricultores que lo habían financiado empezó a cobrarles cuotas de protección más altas que el anterior cártel. El nuevo grupo también extorsionaba a los pobres.

Fue este grupo el que potenció los secuestros “exprés” (soltaban a sus víctimas el mismo día, luego del pago de un rescate no muy oneroso) y del otro, en el que tenían a la víctima semanas o meses encerrada hasta que pagaran por ella cuantiosas sumas de dinero.

Producto de la ambición desatada al interior del cártel de La Familia Michoacana empezaron los pleitos internos. La Tuta descubrió que su lugarteniente, Nazario Moreno, alias El Chayo, en complicidad con otro de sus ayudantes, Enrique Kike Plancarte, extorsionaban por su cuenta y preparaban soterradamente un golpe en su contra. Cierto o no, el caso es que el cártel se partió en dos. La Tuta se quedó con la “familia” y los otros dos formaron su propio grupo.

Y se repitió la historia: al calor de la indignación ciudadana surgió un tercer grupo que, igual que el anterior, ofreció acabar con los abusos, las extorsiones y el clima de terror que habían reimplantado los de La Familia: Caballeros Templarios se llamaron.

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