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El drama de los refugiados que huyen de la guerra

De Bagdad a Alemania, la desgarradora odisea de un matrimonio iraquí y de su bebé que escapó de la guerra en Medio Oriente hasta llegar a Europa occidental, es uno de los tantos dramas que viven los refugiados  que buscan la paz.

Solos. Alia y Ahmad con su bebé en medio de la vía entre Serbia y Hungría. AFP

Solos. Alia y Ahmad con su bebé en medio de la vía entre Serbia y Hungría. AFP

La Razón (Edición Impresa) / AFP / Múnich (alemania)

00:00 / 13 de septiembre de 2015

De Bagdad a Alemania, la desgarradora odisea de un matrimonio iraquí y de su bebé que escapó de la guerra en Medio Oriente hasta llegar a Europa occidental, es uno de los tantos dramas que viven los refugiados  que buscan la paz.

¡Por fin! Ahmad y Alia consiguieron llegar a Alemania con su bebé de cuatro meses. Atrás quedan las calamidades vividas por este joven matrimonio iraquí que lo vendió todo para huir de las bombas. Un equipo de la AFP los siguió desde la frontera greco-macedonia. Esta es su historia.

Apenas llegados a Baviera (sur), ambos celebran el amanecer de una nueva vida. En el cómodo tren que los refugiados comparten con ejecutivos y turistas de Viena a Múnich, Ahmad y Alia reían después de la terrible odisea de una semana desde Turquía hasta Alemania, pasando por Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría y Austria.

Ambos esperaban haber dejado atrás las dificultades cuando esa noche vieron en el mapa electrónico del tren que estaban en Alemania, fuera de peligro.

“¡Lo logramos!”, dijo Ahmad, de 27 años, con una sonrisa que hacía brillar sus grandes ojos marrones. Tuvo que vender su casa y su tienda de ropa en Bagdad para poder traer a Alia, de 26, y al pequeño Adam a Europa.

En la semana transcurrida, la pareja originaria de Bagdad escapó a una detención de las patrullas fronterizas, durmió a la intemperie, eludió a los ladrones, regateó con traficantes sin escrúpulos, soportó un sol de justicia durante el día con Adam en una mochila portabebés, tiritó de noche, e hizo cola durante horas para registrarse con las autoridades, sin recibir ninguna asistencia.

 El equipo de la AFP siguió a estos jóvenes iraquíes a través de los Balcanes y más allá. En tren, en autobús o a pie. Un viaje peligroso de 2.500 kilómetros en el que fueron testigos de lo peor del género humano.

 Al entrar en Hungría, contuvieron el aliento mientras seguían a los traficantes por campos a la luz de la luna para evitar que el registro de sus huellas dactilares comprometiera sus posibilidades de alcanzar Europa.

En total, pagaron más de 9.000 euros ($us 10.000) para llegar a Alemania, que decenas de miles de migrantes y refugiados ven como la tierra prometida.

“Solo quiero una buena vida para mí, para mi esposa. Quiero vivir como otra gente, sin tensiones, sin estrés, sin miedo”, dijo Ahmad, agotado pero aliviado.

La pareja tomó la decisión de huir de Irak en febrero de 2014. Diez días después de comprometerse con ella, Ahmad la llevó a cenar a un restaurante. Pero “hubo una explosión y los vasos nos estallaron en la cara”, recordó Ahmad. “El día en el que Ahmad vio el destartalado pesquero que les llevaría a Grecia desde Turquía también quiso que su mujer diera media vuelta. Temía por su vida y por la de su hijo. “O vivimos juntos o morimos juntos”, le respondió.

A lo largo de su extenuante viaje, este matrimonio, que como miles de otros refugiados huyó de la violencia, tuvo la sensación de ser explotado constantemente.

No solo se aprovechaban de ellos los traficantes, que les exigían sumas indecentes, sino también los que les vendían agua o bocadillos a precios prohibitivos.

Pese a llegar a Alemania, deben transcurrir meses antes de que la familia tenga un lugar que pueda considerar su casa.

“Creía que podríamos descansar, pero parece que todavía tenemos un largo camino por delante”, dijo Ahmad. “Gracias a Dios, lo hemos logrado”, estimándose, a pesar de todo, afortunado.

Taxi hacia la tranquilidad El objetivo  es alejarse  de la frontera

EFE-NICKELSDORF (AUSTRIA)

Tras semanas de viaje, de cruzar países y de arriesgar la vida para llegar a Europa, la mayor preocupación de muchos de los refugiados que entran en Austria desde Hungría es encontrar un taxi que les aleje de la frontera y les acerque al sueño de una vida sin guerra.

“¿Nos llevas a Viena? Te damos dinero”, interpela una joven en la carretera al periodista que se acerca en coche al paso fronterizo de Nickelsdorf, por el que desde la pasada madrugada entraron unas 3.000 personas.

Las inmediaciones del control están ocupadas por cientos de personas, procedentes de países donde la guerra hace imposible la vida, como Siria, Irak o Afganistán.

Van entrando a pie, por un carril bici que une los dos países, después de que el tren que tomaron en Budapest les haya dejado en la localidad húngara de Hegyeshalom, a diez kilómetros de la frontera.

Muchos están agotados y duermen en el suelo, en tiendas de campaña o recostados en paredes y vallas. Algunos hacen cola para recoger la sopa caliente y el pan que reparte la Cruz Roja.

Pero la mayoría pregunta y busca la manera de seguir hacia Viena y, desde allí, a Alemania, el destino preferido.

Issa Georges, un sirio de Wadi al Nasara, en la frontera con Líbano, pregunta incluso dónde se puede alquilar un coche o, al menos, encontrar un hotel para descansar.

Una larga fila de taxis espera a unos 300 metros de donde están los refugiados. De repente, se oyen gritos y un gran grupo de refugiados corre para hacerse con uno.

Viaje en clase ‘refugiado’: Cómo es ir en vagón hasta la Europa ‘rica’

EFE-BUDAPEST (HUNGRÍA) “Solo emigrantes, solo emigrantes”, repite el empleado de los ferrocarriles húngaros mientras impide el paso al vagón del tren a todo los pasajeros que, según su criterio, no tienen pinta de refugiado.

Efectivamente, cuando el periodista logra, tras insistir mucho, meterse en el compartimento 411 del tren entre Budapest y Viena, solo encuentra refugiados que vienen huyendo de las guerras en sus países y quieren terminar cuanto antes su escala en Hungría y seguir, casi todos, hacia una idealizada Alemania.

Preguntado por los motivos de la separación, un  ferroviario explica que muchos pasajeros “tienen miedo de las bacterias” y que por eso los refugiados van en su propio vagón.

Cuando el tren se pone en marcha, ya es imposible cambiar de vagón. La puerta que comunica con el siguiente está cerrada, aislando el compartimento del resto del convoy.

Ninguno de los revisores húngaros responde a las preguntas sobre esa medida, aunque permiten que el periodista, pero no los refugiados, entre y salga del vagón y pueda observar.

Solo tras cruzar la frontera con Austria, otro empleado, ya de los ferrocarriles austríacos, explica que cerrar la puerta entre vagones no contraviene ninguna medida de seguridad.

A Ahmad Dhna, un ingeniero mecánico de Damasco que viaja en el tren con tres amigos, no le hace mucha gracia la idea de no poder salir del compartimento. “Quizás tienen miedo porque en Siria hay armas químicas”, ironiza.

Ahmad ha tenido suerte. Llegó por la mañana a la frontera húngara, encontró a alguien que les acercó clandestinamente a Budapest por $us 900 y ya está en un tren camino de Austria.

La pobreza es un impedimento: ‘Al pobre que Dios lo ayude’, dicen los que no pueden irse

EFE-JORDANIA

“Los que tienen dinero van a Europa. Al pobre que Dios lo ayude”, rezonga Fawzia Soltan, una refugiada siria que acaba de desembarcar en Jordania, en una desértica tierra de nadie, con la cara cubierta de polvo.

 Fawzia, de 50 años, dice que no tiene medios para ir a Europa, como hacen desde hace semanas miles de sirios que huyen de la guerra en su país.

 Forma parte de un grupo de unos 40 sirios, en su mayoría mujeres y niños, que fueron autorizados a entrar en Jordania desde Al Roqban, un paso situado en medio de un paisaje lunar, en el triángulo donde confluyen las fronteras de Jordania, Siria e Irak.

 Este paso es uno de los pocos todavía abiertos para los refugiados en Jordania, donde las autoridades han cerrado otros por motivos de seguridad, explicaron fuentes militares jordanas.

 El lugar se encuentra a más de 500 km al nordeste de la capital, Amman. Los periodistas recorrieron en vehículos militares los más de 120 km en medio de una nube de polvo para llegar al “centro de acogida”, controlado por el Ejército y donde se verifican las identidades de los recién llegados.   

Luego, los refugiados van a uno de los campamentos instalados en el país desde el estallido en 2011 de la guerra en Siria, que ha provocado la muerte de más de 240.000 personas y forzado al exilio a más de cuatro millones, de las cuales Jordania acogió a 600.000, según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Fawzia procede de Homs, en el centro de Siria, donde “la situación es mala”, lamenta con lágrimas en los ojos. Su hijo fue encarcelado hace dos años por las fuerzas del régimen sirio de Bashar al Asad pese a que, según ella, no es miembro de la rebelión.

“Ahora, no sé nada de él. Lo busqué en vano”, lamenta esta mujer que afirma haber escuchado maravillas de la acogida dispensada a los sirios en Europa.

“Se hacen cargo de ellos rápidamente. Les dan salario, alojamiento, comida, ropa”, dice, ajena a las divisiones entre los países europeos sobre la crisis. Varios países se oponen a la política defendida por Berlín para acoger con “generosidad” una ola de refugiados que no para de crecer.

 La llegada de decenas de miles de hombres, mujeres y niños, procedentes también de otros países como Irak o Eritrea, ha generado la peor crisis migratoria de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Ahmed Yacine, de 35 años, huyó con su mujer y su hija de la ciudad de Raqa, bastión del grupo yihadista Estado Islámico.

Confía en poder irse a Europa, “a Alemania o a cualquier otro sitio”, pero por ahora no tiene medios económicos. “Si tengo medios intentaré el viaje (hacia Europa). Ahora voy a ver cómo puedo hacer aquí”, dijo esperanzado.

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