Seguridad nacional

Oruro, rito y conjuro

Oruro se disfraza de diablo en carnavales y celebra su alcurnia de tradición minera.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

02:37 / 11 de febrero de 2015

Cuando todo era niebla y la luz ensayaba su claridad chipaya en la pampa indecisa, Huari, el dios del terror mineral bajo tierra, adormeció a los urus en las idolatrías del sapo y del lagarto, la víbora y la hormiga, y les cambió el carácter a huraño oscurecido.

Un día de febrero se abrió el cielo cortado por un largo arco iris y del azul celeste surgió una Ñusta de ojos de mirar el futuro, armada su belleza de espadas y coraje para salvar al uru en nombre de Intiwara y reponerle el alma de pueblo de avanzada.

Acabaron en piedras, cerros, agua, arenales las iras del dios Huari. Y cuando se creía ya todo conjurado, surgieron de la entraña mineral y temida unos seres de fuego, los diablos, criaturas de soberbia y orgullo, hijos del Huaricato, con templanza de plata, estaño y brillos de oro... Densa mitología, inocente y sencilla, que cuentan en Oruro con las primeras letras de la escuela y la vida.

Oruro se disfraza de diablo en carnavales y celebra su alcurnia de tradición minera. De antiguo, desde siempre, los orureños visten al diablo de colores, no de pena ni miedo, Luzbel que a nadie asusta. Y bailan en su nombre con gracia enmascarada y saltan ¡Ajajá!, como retando al cielo. Huari reactualizado en el jolgorio colla.

La diablada de Oruro se hace seguir de tincus, tobas y caporales, macheteros y aukis, kullawadas, potolos, morenadas, negritos, wacawacas y ch'utas, ruedas, tarabuqueños, suris y llameradas, chovenas, chacoreras (dígase chacoreras porque del Chaco vienen), pepinos, doctorcitos... patrimonio intangible, obra maestra del hombre sostenida en las calles por zampoñas y quenas, charangos y tokoros y cien bandas de bronce templadas en el arte del viento y de la puna.

La Virgen y el Arcángel miran este febrero con ojos de indulgencia. Se vencerán los diablos en su propio convite y acabarán pidiendo perdón por los pecados que nunca cometieron.

Ni tiniebla ni caos. El orureño vuelve después de carnavales a conjurar el rito maléfico del sapo, la víbora, el lagarto y las hormigas rojas, que son las viejas formas del hambre y sus extremos de enfermedad y crisis... Y lo hace con la ayuda maternal de la Ñusta, virgen del Socavón que llaman Candelaria o “mamita Cantila”, señora vencedora, que vino hasta los urus cuando todo era niebla y la luz maceraba su claridad chipaya.

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