Columnistas

La APLP no tiene quien le escriba

¿Es posible recuperar y fortalecer el prestigio de la APLP, hoy en suspenso tras 83 años de existencia?

La Razón / José Luis Exeni

00:46 / 06 de octubre de 2013

El secretario de prensa y cultura de la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) ha escrito una simpática carta en respuesta a mi anterior columna en la que discuto la doble moral del actual directorio de la APLP: en las calles grita “con secreto no hay democracia”, mientras en casa manipula una asamblea vetando el conocimiento de una propuesta de resolución que pone en entredicho la legitimidad de dicho directorio. El secretario supone que ocultando el termómetro bajará la fiebre.

Lo primero que llama la atención en la carta —además de tantos errores de puntuación y sintaxis— es su fallido propósito de autodefensa. ¿De verdad creen que enumerando actividades de gestión se esfumarán los vicios en la elección del directorio? Ahí está la denuncia: votantes habilitados irregularmente, candidatos sin antigüedad suficiente y falta de ética en miembros de una fórmula que actuaron como jueces y parte. Ningún “me gusta” en Facebook, secretario, borra la violación del estatuto.

Pero dicha elección es un hecho consumado y mal haríamos en estancarnos en ella. Lo importante es cuidar la institución y dejar constancia de lo (mal) obrado con llamadas de atención y, si acaso, amonestaciones. Eso es lo que planteaba la resolución vetada. Y tal el espíritu de casi medio centenar de socios —incluyendo renombrados premios de periodismo— que en mayo de 2012 acudieron preocupados al Tribunal de Honor, cuya respuesta, deplorable, fue avalar las irregularidades. Hasta hoy…

Creer o no creer. “¿Usted cree en todo lo que le han contado?”, me pregunta el secretario, tras reafirmar lo que en principio niega: en la asamblea algunos socios impidieron la lectura de la propuesta de resolución elaborada por la comisión designada para el efecto. Lo único que se debatió y votó, vaya paradoja, es la decisión de no debatir ni votar dicha resolución, manteniéndola en secreto. No estuve presente, pero asumo lo que el secretario cuenta. Y creo en especial, claro, a quienes allí resistieron la maniobra.

Ahora bien, más allá de las “licencias” en la elección del actual directorio y los infructuosos intentos por impugnarlas con transparencia (la opacidad finalmente se impuso), la preocupación mayor tiene que ver con la débil legitimidad de origen de la Asociación. ¿Con qué autoridad podrá “defender la democracia”, pregunto, una dirigencia gremial electa por el 6% de sus miembros? Y ello se repite, según datos del secretario —como “pasanaku”, con incestos—, en los últimos cuatro directorios. Algo está mal, colegas.

¿Es posible recuperar y fortalecer el prestigio de la APLP, hoy en suspenso tras 83 años de existencia? ¿Cómo hacerlo? ¿Se puede mejorar siquiera su legitimidad de desempeño? Habrá que ver. Lo seguro es que no basta proclamar en el espejo-espejito nuestro “amor a la profesión e institución”.

Tampoco son suficientes algunas mesas redondas de pensamiento único. Y menos por supuesto pronunciamientos políticos en clave de partido.

“Trabajar por la institución”. Esa es la invitación que, finalizando su carta, me hace el secretario. Tan generoso es su ofrecimiento que incluso plantea que tome su cartera, “si de tomar se trata” (sic). Aprecio semejante oferta y hasta pensé en aceptarla con el único propósito de que la APLP tenga un secretario de prensa y cultura, por favor, menos reñido con la escritura. Pero debo decir que no. Quizás luego, cuando se ocupen más de los derechos ciudadanos a la comunicación e información que del ombligo de los medios/periodistas.

¿Algo más? Sí, claro. Confieso que estoy rezagado con mis cuotas en la Asociación, como ocurre con la gran mayoría de socias y socios (por algo será). Prometo que más temprano que tarde, aunque hoy la APLP esté desportillada, me pondré al día. No vaya a ser que ocho días antes de la próxima elección de directorio, violando los estatutos, me beneficie con un “perdonazo” que afecte el patrimonio común para provecho de alguna fórmula electoral. Prensa y libertad, sin chatarras ni secretos, es la consigna.

Es comunicador.

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