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Abandonados

En el país, ocho de cada diez niños deben confrontarse con su agresor cada día, guardando silencio

La Razón / Lucía Sauma

01:41 / 04 de abril de 2013

Qué lleva a que 20 mil niños en el país vivan abandonados por sus padres? ¿La pobreza? ¿Qué sean niños no deseados? ¿Qué sean producto de violaciones? Más allá de la pobreza, del embarazo no deseado; más allá del fruto de una violación, lastimosamente hay una desvalorización de los niños, de quienes tenemos una pobre imagen, pensando que “no entienden, pobrecitos, son muy ingenuos”, frecuentemente los subvaloramos aludiendo ante lo fácil que “hasta un niño lo puede hacer”.

Los últimos días de marzo, por un informe del Defensor del Pueblo, conocimos que en Bolivia, diariamente ocho de cada diez niños reciben algún tipo de maltrato en su familia. Si todavía necesitamos más datos, podemos añadir que los padres son los principales agresores, 44,7% de papás castigadores, 32,9% de mamás y 2% de padrastros.

Esto quiere decir que en Bolivia ocho de cada diez niños deben confrontarse con su agresor cada día, guardando silencio, temiendo el castigo o el abandono. “Le tengo miedo, sólo mirar su cara me asusta”. “Prefiero la calle a mi casa”. “Quisiera conocer a mi mamá, ella me ha abandonado pero no le odio, igual la quiero aunque no la conozco”. “No quiero volver a mi casa, seguro me pegará otra vez y tengo pena por mi hermanito, que se aguanta todo y nunca se queja de cómo lo trata mi papá”. Son voces de niños que viven en abandono, porque prefieren la calle a su casa, aunque varios de ellos no son pobres.

El que ocho niños permanecieran en el Sedeges de Oruro durante el carnaval sin que sus padres los buscaran desde el jueves hasta el domingo no tuvo como causa la pobreza, sino el estado de inconciencia (producto de la borrachera) en la que estaban sus padres.

No escuchar a los niños cuando preguntan algo, cuando cuentan sus aventuras en el colegio, cuando relatan su día, es otra forma de abandono, y esa pereza para atender tampoco es producto de la pobreza. “¡No molestes!”, suele ser la respuesta a su reclamo de atención. Los adultos no nos preparamos para tanta curiosidad, para tanta energía. Muy pronto olvidamos nuestra vivencia más rica, la más creativa. Somos muy diligentes al momento de convertirnos en aburridos y grises seres adultos, tal como nos enseñaron a serlo, sin imaginación, sin memoria del tiempo de la niñez, que suele ser tan raudo, tan veloz y tan definitivo.

Para cambiar esta situación no se necesita una ley; como adultos necesitamos escuchar un poco más al niño que pregunta una y otra vez: ¿por qué el cielo es azul? ¿Por qué tenemos nariz? ¿Quién pintó las flores? ¿Quién prende el sol? Hace demasiado tiempo hemos dejado de hacernos esas preguntas y hace mucho tiempo que hemos abandonado la búsqueda de las respuestas a esas preguntas.

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