Columnistas

Acercarnos mejor

Debemos acercarnos (más y mejor) y tomar en cuenta lo que dicen los habitantes más desfavorecidos

La Razón / A fuego lento - Édgar Arandia

01:31 / 24 de marzo de 2013

La población de Oruro estuvo cercada los últimos días porque a unos asambleístas poco creativos se les ocurrió (llunk’erío vergonzoso de por medio) ponerle el nombre del presidente Morales al nuevo aeropuerto, en vez del que ya tenía. Los responsables esperaron 50 días y sus noches para torcer el brazo y darse cuenta de su estupidez. No es la mejor manera de hacer méritos para ganarse la confianza de un mandatario; de hecho, es la peor, porque devela una profunda mediocridad. Mientras tanto, los niños perdían días irrecuperables en su educación y la gente que se gana el pan cada día sufría las consecuencias.

En estos días debía visitar las poblaciones orureñas de Challapampa, Peqereqe y su laguna, para crear una ruta de la quinua antes que la cosecha termine. El propósito es generar un sentimiento estético sobre este grano y que fotógrafos, escritores y artistas le canten para que la apreciemos a través de otras miradas, y así contribuir al Año Internacional de la Quinua. Andábamos en estos afanes cuando (ya lo sabía) nos topamos con los bloqueos y tuvimos que recorrer algunos trechos a pie, y acompañé a una valerosa mujer que cargaba sus ollas y sus enseres de trabajo para llegar a la ciudad de Oruro, para dar de comer a sus hijos. Le preguntamos qué opinaba sobre el problema. —Si esto me sirviera para educar y dar de comer a mis hijos, sería la primera en apoyar. Ni siquiera sé quién era ese señor aviador ni qué cosa grande ha hecho por la gente, me respondió. —Ya estoy acostumbrada a estas cosas, agregó, y apuramos el paso.

Los conductores, avezados en estos temas, instalaban sus hamacas en sus carros de alto tonelaje que trasladan el mineral de las decenas de minas de los alrededores, para la exportación. Sacaban sus cartas, jugaban y conversaban animadamente. Las heladeras me dijeron haber tenido una excelente venta. “Ojalá dure un diíta más, sería súper para  nosotras”, comentaron. El sol altiplánico estaba en su punto, invitaba a un día de campo y nadie hablaba del cambio de nombres de aeropuertos. Llegamos al cruce de Huanuni y allí estaban los maestros discutiendo por sus refrigerios. No pasaban de 20 personas y decidieron levantar el bloqueo a las 17.00.

El poder simbólico de un nombre se construye a través del poder político. Así, los héroes de la Guerra del Pacífico que estudiamos y veneramos desde la escuela están en la cuerda floja, porque se está desmantelando el imaginario que fue fundido por la clase que debía justificar su fracaso y sus intereses. Lo repitió apasionadamente el Gral. De la Fuente en una entrevista televisiva. Hace diez años, escuchar esa nueva concepción de la historia, enunciada por un general de las FFAA,  hubiese sido una herejía, susceptible de promover un juicio por traición a la patria.

Quizá la idea de que formamos parte de una comunidad homogénea, al convertirnos en habitantes del Estado boliviano, es sólo eso, una idea, un sentimiento de pertenencia débil, porque un gran porcentaje de la población ni siquiera estaba enterada de que formaba parte de esa idea, y sólo eran convocados cuando la clase dominante, y su Estado, entraban en crisis. Bolivia, por su diversidad y sus enclaves étnicos consolidados, es una fuente inagotable para la especulación sobre este tema.

Los bolivianos aún no terminamos de conocernos, porque la mayoría no hemos construido nuestro Estado. Debemos acercarnos —más y mejor— y tomar en cuenta lo que dicen los habitantes más desfavorecidos, aquellas personas (como la comidera del lago Poopó) que trabaja de sol a sol y que al despedirse me dijo: “Quisiera que mis hijos gocen de la vida, no sólo que coman y sean bien educados y preparados”, en tanto levantaba su mano áspera y se alejaba hasta perderse en la pampa orureña.

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