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Actividad paranormal

Para qué rondar por casas embrujadas si tenemos normas y legislaciones como ectoplasmas

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:33 / 22 de diciembre de 2015

Un grupo del interior presentó en el Coliseo Cerrado de esta ciudad un show llamado “Gira de terror: Los objetos más poseídos de Bolivia”. El evento prometía las pruebas más concluyentes de objetos diabólicos, leyendas urbanas, posesiones, fotografías de casas embrujadas y otras entidades del más allá.

A pesar del elevado costo de las entradas, tanto de general como de la zona VIP, el coliseo estaba abarrotado. No cabía un alfiler. El show comenzó en penumbras y, de a poco, el público empezó a enardecerse y mostrar su disgusto. Los organizadores no dieron la talla. Ni la leyenda de la chola sin cabeza, ni el espejo asesino de Totora, ni la mesa con velas, ni la exposición de la muñeca de porcelana (el ya-no-ya de la noche) con cabellos de niña satanizada calmaron los ánimos de esa multitud que fue a la cita por más y salió defraudada. Un show paupérrimo.

Pero, más allá del tema satánico, me interesaba la experiencia para confrontar el estado de la cultura de élite con el de la cultura de masas. Casi coincidentes con esa tétrica cita se presentaban dos exposiciones de arte: una en la zona Sur y otra en Sopocachi. Ambas apenas lograban convocar a 50 entusiastas. Sin ser peyorativo, me interesaba experimentar el consumo masivo de la cultura en la ciudad. Al salir del coliseo me preguntaba: ¿Cómo un espectáculo de esas características colma su aforo y por qué otras manifestaciones del espíritu (el de verdad) apenas se sostienen? ¿Debemos rendirnos a esas manifestaciones como parte de nuestras creencias? ¿Son muestras de pluriculturalidad o simplemente emergen de mentes colonizadas? ¿Forman parte de la revolución democrática y cultural?

Como eran preguntas capciosas y desubicadas para estos días de amor y bienaventuranza, cambié el rumbo de mis pensamientos con mucha ironía. Pensé que La Paz, por su actividad desenfrenada y trastornada, era paranormal y asistir a un show de objetos del más allá era un sinsentido. Día a día en nuestra ciudad se levantan edificios tan feos como zombis; vemos absortos cómo algunas autoridades poseídas por demonios “hablan en lenguas” o se “visten de largo” debajo de un reloj que gira al revés; y para qué rondar por casas embrujadas si tenemos normas y legislaciones como ectoplasmas que aparecen y desaparecen según quién las convoque.

Reflexioné sobre lo exagerados que somos y, más que técnicos urbanistas o políticos iluminados, necesitamos curacas, psíquicas macumberas o chamanes que puedan “hacer retornar nuestro ajayu amado”, “abrir caminos de entendimiento” y “destrabar maleficios”. Terminé mis cavilaciones pensando que esta ciudad paranormal precisa exorcismos con “rituales de alto poder energético”.

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