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Addis, capital de los contrastes

El éxodo rural, impulsado por la globalización,  ha llevado a muchas familias a empeorar su calidad de vida

La Razón / Jorge Albuixech

00:40 / 10 de febrero de 2012

Addis Abeba se presenta caótica, sin un crecimiento planificado, sin mapas. Los únicos mapas que se pueden ver en Addis son aquellos que despliegan los turistas intentando orientarse. La inmensa mayoría de los habitantes desconocen los nuevos nombres de las calles principales (originados con motivo de la designación de Addis como capital de la Unión Africana) y olvidaron la antigua denominación. Los habitantes de Addis nunca han necesitado mapas, sencillamente encuentran su camino, saben cuál es el minibús local que les llevará a su destino. Aun hoy, muchas calles secundarias de Addis carecen del nombre. Sus pobladores te acompañarán amablemente hasta la puerta del museo, el templo o la oficina de inmigración, pero no les preguntes el nombre de la avenida principal.

Los contrastes son el paisaje urbano de Addis. Los lujosos edificios de Bole conviven con las chabolas. Los turistas adinerados y los expatriados que vuelven trajeados de EEUU conviven con los condenados, con aquellos que expiran en las calles. La elefantiasis y otras enfermedades de origen parasitario son exhibidas en las puertas de los SPA de lujo, que ofrecen tratamientos de belleza prohibitivos en Europa. Algunas de sus plazas y jardines permanecen cerradas al público, perpetuando así su conservación. Entre los edificios ministeriales y el lujoso Hilton se esconde un parque infantil con numerosos toboganes que nunca han sido usados. Los niños de la calle tienen que conformarse con los recursos lúdicos que ofrecen los contenedores de basura. Los barrotes, el polvo, los años y las plantas silvestres —creciendo entre baldosas— dan un aspecto desolador, casi de invierno posnuclear, a estos parques públicos convertidos en urnas museísticas.

La mendicidad es parte intrínseca de Addis. El desempleo conduce al hurto y después, como sucesión natural, a la mendicidad, cuando no a la cárcel. En Addis son frecuentes los robos, afortunadamente, sin violencia. Los ladronzuelos tienen tantas técnicas de hurto como vías de escape (en caso de que la víctima se percate), siendo las penas por robo a turistas muy severas, incluso para los menores: niños que juegan a esconderse entre la inmundicia en los contenedores de basura; niños cuya sonrisa hace olvidar por un momento su miseria. El éxodo rural, promovido por la globalización,  ha llevado a muchas familias a empeorar sus condiciones de vida, en una ciudad que no se apiada de nadie.

Los contrastes se suceden; una fila de asnos cargados con sacos de carbón vegetal desfila junto al obsceno búnker de la embajada norteamericana. Los asnos bajan de las montañas tapizadas de eucaliptos que rodean la ciudad. Montañas que distan mucho de ser consideradas un parque periurbano, simplemente son una fuente de recursos naturales. Hasta hace no mucho la leña era el principal combustible de la mayoría de la población. La introducción del eucalipto en Etiopía ha supuesto una catástrofe natural que ha evitado una catástrofe humana. A mediados del siglo XX, la supervivencia en la ciudad de Addis peligró, la leña se estaba agotando. Los europeos introdujeron el eucalipto y hoy la colonización silenciosa del árbol australiano sigue avanzando, prácticamente todo el país está tomado. Con todo, la disponibilidad de combustible y material para la construcción está asegurada, al menos por el momento.

Hay contrastes también en las temperaturas. Las noches de Addis son propias del invierno, con temperaturas que rondan los cinco grados centígrados, durante el día vuelve el verano, y bajo el radiante sol de mediodía las temperaturas no bajan de los veinticinco grados. El aire seco y caliente se mezcla con las emanaciones de los viejos motores, el humo procedente de la combustión de leña de eucalipto y el incomparable aroma a café tradicional etíope. La polución empieza a ser un problema, antiguos vehículos soviéticos y aquellos que occidente descartó son los principales culpables. Los corredores, otrora medallistas, y sus discípulos entrenan de madrugada, evitando así el tráfico, que si bien no es excesivo es suficiente para ensuciar la atmósfera urbana. Entre las cinco y las siete de la mañana Addis es la capital del running de élite, las calles en penumbra se llenan de jóvenes que entrenan, dopados por el sueño americano.

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