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El Jechu Durán fue parte trascendental de la época y del arte de esa época, la ‘estética de la resistencia’

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

01:37 / 05 de septiembre de 2014

Cuando teníamos 15 años todos querían bailar como John Travolta, ya que en ese lejano 1978 se había estrenado Saturday Night Five. Pero nosotros no. Por el contrario, asumíamos esa música como lejana y alienante. Quizá de ahí venga mi desconocimiento del rock, algo que por lo demás no me siento orgulloso. Es solo una asignatura pendiente, entre tantas otras.

Pero volvamos al 78. Vientos de democracia llegaban a Bolivia, volvían los exiliados; libros, revistas y periódicos subversivos se vendían en las calles, en las ferias, en los rincones.

Sin embargo, era en la Bolivia musical, donde la danza y el canto se llevan la flor, donde se encontraba la mayor y mejor demostración de nuestros sueños, alegría, pesares, utopía y un largo etcétera.

Pero además del ritmo y la cadencia estaba el sentido. Era música que no entendíamos y que mostraba un tipo de vida del que nos sentíamos alejados años luz. No era vivir lo nuestro, sentir lo nuestro. Por un lado, la herencia de nuestros mayores reflejada en el amor por Bolivia, pero por otro, las ganas de transformar este país, de cambiarlo, de revolucionarlo.

Fuimos la generación que reconquistó la democracia, la que luchamos contra la demodura del neoliberalismo, la que escribía en las paredes “Libertad y revolución”. La que redescubrió a Julián Apaza y a Zárate “el temible” Willka.

Y una parte indisoluble fueron los cantantes que, como el Jechu Durán, nos contaban que venían cuatro valientes “bordeados de luna sus ponchos de puna”. No en vano el tema se llama Explicación de mi país, un país que estábamos empezando a descubrir, tan alejado de los manuales, tan cercano a nuestras vivencias.

Buscábamos esa “semilla de quinua encendida” en las asambleas, en las calles, en las plazas; y como dice otra canción, lo hacíamos “desparramando la brasa”. Nada de lo que tenemos hoy hubiera sido posible sin esa lucha, sin esos desvelos, sin esas pasiones; parte de un todo más grande y más compacto que fue la epopeya de todo un pueblo, como el cuarto jinete de la canción del Jechu.

Y el Jechu fue parte trascendental de la época y del arte de esa época: la “estética de la resistencia”. Ha partido a encontrarse con el Felipe Delgado, con su papá, el Jaime Saenz, con la Ninfa y la Trini. Ahí nos esperará mientras nosotros seguimos buscando “oro para su cofre”.

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