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Adicción depresiva

La Razón (Edición Impresa) / La columna sindical - Luis Sierra

00:00 / 29 de noviembre de 2015

Hoy, las redes sociales como Facebook, Twitter, Linkedin, Google+, YouTube, Instagram, por citar algunas, se han convertido en herramientas útiles en el campo profesional de diferentes áreas. Por ejemplo, en periodismo son empleadas para recabar información, enviar fotografías, confirmar fuentes, realizar entrevistas, localizar sitios, entre otros. De igual manera, en la medicina, la ingeniería, arquitectura, entre otras, son utilizadas en el intercambio de información, descarga de libros electrónicos, planos, etc.

Es destacable que estas ventajas tecnológicas estén acordes a los tiempos que está viviendo la humanidad, pero ¿qué pasa con la adicción a estas redes en la que han caído muchos adolescentes, quienes pasan la mayor parte del día en internet y pegados a la computadora o al celular?

Psicólogos señalan que, como tantas otras clases de adicciones, ésta puede provocar algún grado de depresión, especialmente en aquellos jóvenes con problemas de baja autoestima. Estos internautas, en su vulnerabilidad, podrían llegar  a sentirse inferiores, por ejemplo, si no tienen la misma cantidad de contactos, comentarios, mensajes, tarjetas virtuales, fotografías y visitas en su muro o cuentas en comparación con sus amigos.

Además, el hecho de que permanentemente estén “bombardeados” con imágenes y videos de otras personas en situaciones aparentemente “felices”, y que se contraponen a su situación actual (familiar, estudiantil, sentimental, etc.), los pone bajo una sombra de malestar, envidia, inconformidad e infelicidad, que puede desembocar en un cuadro de depresión. Obviamente, esta sensación o sentimiento no es exclusivo de los adolescentes, pero los adultos, por su experiencia de vida, procesan con mucha más madurez lo que les llega a través de las redes sociales. Mientras que algunos colegiales, por una serie de factores para muchos superficiales, son más propensos a dejarse ganar por la insatisfacción de su existencia.

Para esos casos, padres y maestros son piezas clave en la orientación acerca de que las redes no siempre son el reflejo fiel de lo que viven o dicen vivir las personas, pues, en ocasiones, éstas “disfrazan” situaciones familiares y sentimentales llenas de mucho dolor, y las tornan en vidas aparentemente perfectas.  Ni cómo negarlo: Facebook y las otras redes mejoran la socialización entre niños,  jóvenes y adultos, pero algunos de los que han llegado a niveles de adicción ciertamente corren el riesgo —según su situación personal actual— de caer en un estado depresivo, ya que resulta inevitable que se la pasen comparando su vida (actividades, parejas, amistades, familias, lujos, viajes) con la del resto de sus contactos; una mirada que en el caso de los adolescentes podría llevarlos a creer que tienen una existencia vacía.

Para contrarrestar aquello, a chicos y grandes debe quedarnos algo claro: no se debe creer todo lo que se ve en los muros, pues es solo una vista parcial de la vida ajena, y como tal hay que “digerirla” cada día.

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