Columnistas

Adiós, Jaime

No basta con pensar en la muerte, se la debe tener siempre delante. Así la vida  se hace más solemne

La Razón (Edición Impresa) / Julio Ríos Calderón

03:35 / 09 de octubre de 2015

El 19 de septiembre falleció el académico de la lengua Jaime Martínez Salguero. Ya no está más físicamente en este mundo este escritor de cepa y buena talla, consagrado por su talento y por su feraz y poligráfica experiencia en el mundo de las letras. Vaya para su esposa, Patricia Collazos Bascopé (quien no solo fue su eficaz colaboradora, sino que también cultiva con amor el arte literario), y para Marcio Javier, su hermano, mi solidaridad en estos momentos de preguntas sin respuestas.

Martínez nació en Sucre, pero su familia se trasladó a La Paz cuando él cursaba el segundo año de primaria. Fue, pues, paceño por adopción, como son muchos de sus habitantes. En sus años primaverales de estudiante comenzó a desarrollar su innata afición a la lectura y la escritura. Hizo sus primeros versos, sin guía de nadie, en las aulas del bachillerato. Aspiraba entonces a tener formación universitaria en literatura, pero cuando su padre se dio cuenta de ello, no aprobó tal vocación, por considerar a aquella carrera inadecuada para que Jaime aprendiera a ganarse la vida. Y por este motivo lo indujo firmemente a estudiar Bioquímica y Farmacia en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Sereno, disciplinado y laborioso, el joven Martínez no tuvo dificultad para acatar con buen suceso la voluntad paterna, y luego de cinco años obtuvo el título de Bioquímico-Farmacéutico. 

Tuve el privilegio de ser su alumno y su amigo. No hace mucho me obsequió el libro El itinerario del misterio, cuya dedicatoria asoma una línea conmovedora: “Para Patricia, mi esposa, con quien recorremos juntos el itinerario del misterio del amor”. Igualmente en su poema Mi camino, que forma parte del libro Mis paisajes interiores (2005), podemos leer frases conmovedoras: “Vine por el camino de los trigales/ abiertos al verano/ trayendo esta sangre germinada/ con la fuerza de mi vida (...)// Me introduje en la choza/ signada con los pungentes/ cristales de la desesperanza/ allí donde canta y llora,/ donde juega y ríe el niño/ madurando sus minutos/ para el holocausto final de la vida.// También estuve con el varón/ que, poco a poco,/ aprende la enseñanza de la semilla/ y, junto a ella/ penetra en el surco de la vida/ llevando aun las astillas de su niñez”.

Como se puede apreciar, en los fragmentos anteriores, el poeta Martínez Salguero se comunica con los seres humanos, con la naturaleza, con la divinidad y consigo mismo; mientras sondea el misterio que el vivir conlleva; y lo hace a través de un lenguaje llano que es propicio a lo sustantivo y lo profundo, y que facilita la comprensión de sus pensamientos y de sus sentimientos, así como de las imágenes que maneja con tino y pericia. Fue, pues, ajeno al circunloquio y la divagación y no se valió de retórica abstrusa y rimbombante. Por otra parte, las palabras de Jaime manifiestan una musicalidad natural cifrada en su buen sentido del ritmo, y no en el empeño por rimar.

La última de esta historia de Martínez Salguero, de la que no podemos ahuyentar la amargura, nos impone ser fuertes para seguir luchando y aceptar nuestro destino con dignidad y sin temor. La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan; y no basta con pensar en ella, sino que se la debe tener siempre delante. Entonces, la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre. Jaime nos deja el recuerdo de su amistad, nos deja más de 30 libros de su autoría, y la esperanza de que un día, por la bondad de Dios, hemos de volver a reunirnos para siempre.

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