Columnistas

Adiós Loui…

Siempre era muy atento y sobre todo muy educado y cordial. El respeto era algo que le sobraba

La Razón / Esteban Ticona Alejo

01:31 / 02 de febrero de 2013

Hace unos días escuché una supuesta declaración de uno de los implicados en el cruel asesinato de Loui Oporto, sobre un aparente consumo de drogas que habría acarreado el trágico suceso. Al leer esa noticia me dio mucha rabia e impotencia, que es motivo de estas líneas para aproximarnos a quién fue Loui. Es un testimonio de nuestra amistad con Loui, primero en su calidad de estudiante de antropología en la UMSA, y luego como amigos.

Nuestras clases siempre fueron en la mañana y él casi siempre llegaba al filo del tiempo, y en varias ocasiones se transportaba en bicicleta, poco usual entre los estudiantes de nuestro medio. Pasábamos clases en el edificio antiguo de la UMSA, por lo tanto, no subía su bicicleta por esa vetusta escalera, que parecía que estaba a punto de quebrarse. Lo que lo obligaba a dejarla estacionada en los soportes de cemento del edificio en la planta baja. Siempre era muy atento y sobre todo muy educado y cordial. El respeto era algo que le sobraba.

Recuerdo que en alguna ocasión se ausentó de las clases, y yo preguntaba a sus compañeros qué sabían de él. Entonces me decían que había viajado o que estaba realizando algún trabajo de campo para otra materia. Cuando retornaba, siempre me explicaba y me pedía disculpas por no comunicarme a tiempo su ausencia. Siempre estaba con mucho entusiasmo para enfrentar la vida. Cuando dejó de ser mi estudiante, nos veíamos en otros espacios, sobre todo en eventos culturales, por ejemplo en el Musef; pero también en algún puesto de libros usados del mercado Lanza, donde teníamos varios amigos comunes. Recuerdo que en una ocasión me dijo que estaba apoyando  en el archivo minero, que su padre Luis había empezado a organizar.

En los últimos años, en varios momentos nos topamos en alguna de las calles del centro de la  ciudad. Tenía un particular modo de vestir. Recuerdo que usaba un sombrero de ala ancha y le acompañaba su mascota, un perro que daba miedo acercarse, pero junto a él, era el más manso de los animales. La última vez que nos vimos fue en la calle Ingavi. Fue grato saludarnos, y con la gentileza de siempre me dijo: —“Cómo está, lic.”. Conversamos de varias cosas y luego me acompañó hasta la entrada de la calle Comercio, y le pregunté si no era difícil caminar en nuestras calles llenas de bloqueos con un animal tan inquieto como su mascota. Me dijo “no es fácil”, pero que le gustaba recorrer caminando. En esa ocasión era muy llamativo su vestir, además del sombrero llevaba una chamarra tipo apache, llena de flecos. Recuerdo que por este su aspecto muchos lo miraban, además, con un perro al lado, algo no muy común entre los jóvenes. Así de sencillo y cariñoso era Loui, ¿será que esta pequeña descripción desvirtúa ese intento canalla de justificar de que era drogadicto? ¿Qué pueden decir los criminales cuando han quitado la vida de una persona llena de sueños? Paz en su tumba… adiós, siempre te recordaremos…

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