Columnistas

Adiós al dinero

‘Hemos decidido dedicar el tiempo a nosotros mismos y no a un jefe o una expectativa ajena’

La Razón (Edición Impresa) / Santiago Roncagliolo

00:03 / 15 de marzo de 2015

Mi amiga Gaby Wiener ha decidido prescindir del dinero: abandonar el trabajo, eliminar la hipoteca, olvidarse de los impuestos y dejar de sufrir a fin de mes. ¿Usted creía que era imposible? Resulta que no. Cuando hablo de Gaby, nuestros conocidos comunes me responden: “Pobre. Deben haberla echado del trabajo”. O hacen un comentario triste sobre la crisis. Pero Gaby no perdió su vida normal: la abandonó. Era editora de una glamorosa revista femenina y tenía un apartamento en el centro de Madrid, cerca del Congreso de los Diputados. Le llovían invitaciones para galas de moda y cumplía todos los requisitos de lo que llamamos éxito. Hasta que los beneficios dejaron de compensar los sacrificios. Solo sigue con lo que más le gusta escribir: crónicas íntimas y artículos a pecho descubierto. Su último libro, Llamada perdida, acaba de aparecer en España.

Nuestros conocidos comunes me preguntan si Gaby es una indigente, si vive bajo un puente o algo así. En realidad, vive mejor que antes, y mejor que la mayoría de nosotros. Tiene lujos como el tiempo.

Todo el que quiera. Y tiene espacio. Se ha mudado a un garaje en Carabanchel. En la puerta, un cartel pone “Instalaciones mecánicas”. Pero por dentro es un acogedor apartamento de 200 metros cuadrados con patio, huerto y cuatro habitaciones. La chimenea y el mobiliario están hechos a mano, con piezas recogidas de la calle. Al visitarla, debo admitir que dedico mucho dinero a pagar cosas que podría hacer yo mismo si no dedicase todo el tiempo a conseguir ese dinero. Aparte de la economía, Gaby ha abandonado las convenciones familiares. Vive con su esposo y su hija de ocho años... y con su otra esposa. Ahora se plantean tener otro hijo entre los tres. Tienen las camas más grandes que he visto en mi vida.

—Mi hija es la más feliz con nuestra vida de a tres, cuenta Gaby. De hecho, fue ella la que les contó la situación a mis propios padres: “¡En mi casa duermen juntos todos los grandes!”. Le parece muy gracioso.

—¿Y tener una familia diferente no le trae problemas en el colegio?, pregunto. —Algunos padres cuchichean un poco a la salida de clase. Pero a la niña le da igual. A veces les explica la situación, otras veces le da pereza.

En general, mientras ametrallo a preguntas a la familia en la cocina de su casa, junto a la lavadora que pintaron de amarillo, siempre tengo la impresión de que les da pereza contestarme. Aunque somos amigos desde hace años, tendrían que explicarme demasiadas cosas, y en el fondo no hay nada que explicar. No hay una gran teoría detrás de esto, ni ganas de demostrar nada.

—Solo hemos decidido divertirnos de otra manera, dice Gaby. —Y vivir de un modo que siempre fue el más natural, dedicando el tiempo a nosotros mismos y no a un jefe o una expectativa ajena.

Gaby y su familia colaboran con un grupo autogestionario surgido de las acampadas del 15-M. Detestan las etiquetas y cada vez que digo “okupa”, “anarquista” o algo así, noto que he vuelto a meter la pata. Más que defender ideas, hacen cosas: organizan fiestas y actos culturales, participan en la resistencia contra los desahucios y piensan ofrecer talleres literarios para el barrio, en los que cada asistente pagará lo que pueda.

No voy a vivir como Gaby ni ella espera que lo haga, pero hay algo que le admiro: la mayoría de nuestros conocidos comunes viven quejándose de las grandes empresas, pero compran sus productos. Se lamentan de los políticos, pero votan por ellos. Sufren por el capitalismo, pero quieren  un coche nuevo. Defienden la igualdad, pero les aterra tener un hijo gay. Los problemas sociales siempre son culpa de alguien más, así que ellos no tienen que hacer nada. Pero si quieres cambiar el mundo, tienes que cambiar tú. Lo demás es palabrería. Eso es lo más importante que mi amiga me ha enseñado. 

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