Columnistas

Adolescentes, grupos intersticiales

Esa adolescencia de la calle y de vida vehemente no es comprendida en sus intereses recreativos

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:00 / 28 de abril de 2016

El escribir sobre la gente joven es por demás atractivo, ya que entramos en un mundo donde todo parece lógico. Empero, al desgarrar ciertas verdades encontramos realidades que se mezclan entre lo positivo y lo dramático. Por ello parece necesario aprender a cualificar los valores propios de la juventud, especialmente cuando sus acciones demuestran formas creativas y sorpresivas de expresión en la vida urbana.

Si algo especial tiene toda ciudad es su amplia conformación social, en la que se encuentran adolescentes de 11 a 17 años. Éstos se apoderan de los barrios mostrándose como grupos juveniles que se mueven como masas intersticiales, las cuales no fácilmente encuentran lugares de diversión en su quehacer en las calles, y menos aún cuando entremezclan sus acciones, ya que algunas se tornan violentas hasta el punto en que sus fechorías no dejan de sorprender. Este hecho preocupa a la ciudadanía debido a que los jóvenes, en el corto tiempo que están en ciertos lugares, son capaces de realizar acciones sin precedentes y excedidas generalmente de energía. Es justamente por ello que no se debe olvidar cuánto de vida ofrece el adolescente a la urbe, pero también cuánto de incertidumbre desemboca su paso por ella. Esos grupos juveniles se arraigan o adoptan como propios ciertos puntos estratégicos citadinos. Y si bien estas culturas o cuasiculturas no se quedan en esos sitios, pueden romper en definitiva todo esquema y quebrar cualquier estructura social establecida.

¿Cómo se refleja esto en la ciudad? Se sabe que todo adolescente podría pasar la mayor parte del día fuera de casa en busca de emoción y peligro, pues lo suyo es esencialmente vida experimental, lo que debiera inspirar propuestas urbanas dentro de conceptos y visiones globalizadas. El joven busca vivir su tiempo y la urbe muchas veces olvida esto, pensando que seguirá disfrutando de las patinetas. Ésta y otras suposiciones han llevado a contar hasta hoy con una infraestructura recreativa obsoleta y abandonada en las ciudades.

Lo preocupante es ver que esa adolescencia de la calle y de vida vehemente no es comprendida en sus intereses recreativos, por lo que a veces suele ser expulsada de donde encuentra aventura. Esta situación obviamente la lleva a “flotar” en lugares intersticiales y de nadie, insatisfecha en cuanto a su “no papel” de juventud recatada.

Desde hace algún tiempo, algunas ciudades decidieron construir parques “culturales” donde se incorpora el conocimiento no solo como inspiración para la creación de actividades recreativas, sino también para que se conviertan en el medio de acercamiento de los jóvenes a la ciencia y la tecnología. Así, el juego motiva en el adolescente la generación de ideas y propuestas en un tipo de infraestructura, quizá más sofisticada, como por ejemplo los minimuseos de ciencias naturales, donde se apropia de la historia natural y participa con su aporte en la conservación del medio ambiente. Asimismo, se han edificado centros de computación en los que paneles gigantes permiten a los jóvenes dirigir equipos y recrearse aprendiendo.

Las sociedades cambian y se transforman, y la adolescencia representa siempre la fuerza y el empuje de lo nuevo. Con esa mirada, La Paz debiera valorar y aprovechar a este grupo social dándole mayores oportunidades, ya que en esencia es creativo y rompe todo elemento conductual, de vestimenta, estilístico y hasta lingüístico; y ello debiera ser aprovechado en el arte y en la cultura en general, y por qué no decirlo, en la moda.  

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