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El Adviento

Jesús nos abrió el camino para poder ser generosos en la tierra y alcanzar el descanso eterno.

00:23 / 30 de noviembre de 2016

El Adviento es el tiempo litúrgico de preparación de la natividad de Jesucristo, en las cuatro semanas que preceden al 25 de diciembre. Y éste ya ha comenzado en la presente semana. Cabe preguntarnos, ¿qué mejor modo de sentir dicho acontecimiento que remembrando la vida y doctrina de ese maravilloso ser que nosotros hemos divinizado? Él nos abrió el camino para ser dignas y generosas personas en la tierra, y poder alcanzar después el descanso eterno.

Jesucristo se distinguió en su época no solo por tener la facultad de curar a los enfermos y consolar a los desgraciados, sino por presentar una concepción original de la divinidad. Su Dios no era Jehovah, amigo de Israel y enemigo de los seres humanos; no era el ser solitario, tenebroso, irritable, que señalaban las Escrituras; su Dios era el padre, el consolador, el eternamente sereno, el eternamente justo.

Evidentemente era un maestro, es decir, un verdadero profesor y conductor de hombres. Y su lenguaje inflamaba las mentes y los corazones de los que le escuchaban. Él predicaba la fraternidad entre los seres humanos, el perdón, la caridad, la humildad, la poderosa virtud del sacrificio. Cuando hablaba en los diversos pueblos de Galilea, desprendía a los hombres de los prejuicios fatales del mundo, y era el creador de la paz y el consolador de la vida. Con su palabra desaparecían los tedios de la existencia, la discordia de los intereses, las humillaciones de la vanidad, los desconsuelos de la dolencia. Se podría decir que el alma humana poseía, finalmente, un lugar, un espacio, que era el reino de Dios.

Pero el Maestro tenía una posición muy dura frente a los ricos y los hombres poderosos. Como glorificaba al pobre, en aquel evangelio de Galilea, el opulento era considerado el enemigo, el cruel, el inquieto. Además, llegó a condenar los usos del templo de Jerusalén. Y eso lo perdió ante las autoridades locales, sobre todo de esa capital, que era el centro político y religioso de todo Israel. Dichas autoridades le arrastraron a una muerte horrible, la crucifixión; y ello impactó grandemente en sus discípulos y amigos, los cuales no pudieron vivir sin él y esperaron su resurrección. Como dijo don Roberto Prudencio: “Solo la muerte puede dar testimonio de la verdad de una vida y de una doctrina. Y solo la muerte también da valor de trascendencia a las ideas. La filosofía de Sócrates se afirmó con su muerte, y Cristo tuvo que morir para que viva el Evangelio”.

Es increíble cómo se propagó tan rápidamente la nueva doctrina llamada cristiana en todo el imperio romano. La principal causa fue que los súbditos del imperio esperaban de la religión algo más que las ceremonias de un culto oficial en que no creían ni siquiera los que lo celebraban. Y el cristianismo respondió precisamente a las aspiraciones del alma humana, porque propugnaba la igualdad de los hombres ante Dios, la solidaridad entre ellos, y la promesa de una felicidad eterna; siguiendo una doctrina sencilla y maravillosa, condensada en un solo mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Al continente americano llegó el cristianismo junto al conquistador español. Sirvió para atemperar la violenta conquista y la explotación. Sacerdotes como Bartolomé de las Casas y Juan de Mariana hicieron determinar a la corona española que los indios eran hijos de Dios y, por tanto, no susceptibles a ser esclavizados. Por ello, los nativos recibieron con entusiasmo a esa nueva doctrina que los libraba de la esclavitud y de las religiones autóctonas que ponderaban los sacrificios humanos y una extrema desigualdad. Y fueron indios, como Juan Diego y Tito Yupanqui, con la creación de las vírgenes de Guadalupe y Copacabana, quienes influyeron en la propagación del cristianismo e hicieron que el campesino indígena se convirtiera en el baluarte del cristianismo en América.

En consecuencia, causa extrañeza que ahora existan grupos en el país que propugnan el retorno de nuestros campesinos a concepciones religiosas primitivas, dejando de lado el cristianismo, nervio fundamental de la cultura americana y base de la unión de los pueblos del continente.

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