Columnistas

Afueras

Percibes en esos lu-gares, otrora idílicos, la muestra edificada de nuestras peores miserias humanas.

La Razón / Carlos Villagómez

04:10 / 06 de marzo de 2012

Siempre he sostenido que nuestro paisaje natural es y será superior a todo lo construido por nosotros y nuestros antepasados. Estéticamente hablando, a esta ciudad la salva su topografía, que le confiere un dramatismo difícil de superar para cualquier ciudad, incluso para la afanosa ciudad del llano.

Enclavados en las alturas del Ande, los paceños nos enorgullecemos de esta urbe formada por ese intercambio irrespetuoso que hicimos entre belleza natural y nuestra perversidad humana.

Abatido por esa constatación, escribí hace varios años un texto con el insolente título de La Paz ha muerto. En ese escrito insistía sobre la sostenida vileza con que construimos y que nunca estuvimos a la altura de este sitio. Con ese texto realizaba una singular terapia personal. Adquirí una “miopía trucha” que me sirvió (y me sirve aún) para sobrevivir a la cantidad de aberraciones que se levantan día a día y que son realizadas sin miramientos, tanto por arquitectos profesionales como por el pueblo en general. Y para que quede claro entre los creídos del gremio, subrayo que nadie se salva de esta práctica perniciosa.

Pero no contentos con ello, ahora nos ensañamos con la región y extendemos estas aberraciones en los pocos espacios naturales que rodean la ciudad: hacia Río Abajo, por Achocalla, alrededor del Valle de las Ánimas, en la Muela del Diablo, hacia la Cumbre y en todo lo poco hermoso que nos quedaba para el regocijo visual. Unas breves visitas hacia “las afueras” de nuestra ciudad te mortifican el espíritu. Ahí ves cómo la necesidad de vivir cerca del medio urbano ha sido mal interpretada y con una falta total de criterio se urbaniza y se construye a la mala; percibes en esos lugares, que otrora fueron idílicos, la muestra edificada de nuestras  peores miserias humanas.

A pesar del alegato político sobre el “vivir bien”, debemos aceptar con hidalguía que no podemos encontrar una relación armónica con nuestro medio natural y parece que no alcanzaremos ese objetivo. Para terminar de autoflagelarnos, debo recordar que ese paisaje periurbano no es un problema económico es, más bien, un problema de criterios. Está demostrado que con poca plata se puede construir apropiadamente y lograr una empatía tan natural como tu paisaje. Es dramático tener que afirmar que no es dinero lo que nos falta; expresado sin aderezos: nos falta sabiduría para resolver nuestro paisaje arquitectónico y urbano. Y esto es un problema tan complejo como el tratar de encontrar un rumbo para los nuevos paradigmas culturales que nos plantea este nuevo milenio.

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