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Agroecología, una utopía posible

Cuando nuestro paradigma deje de ser la simplificación podremos entender la agroecología

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth

01:01 / 15 de agosto de 2014

La agroecología está actualmente relegada a los discursos de demagogia ecológica, es mucho más una aspiración que una realidad. Esto se debe principalmente a la insignificante inversión en investigación y desarrollo de sistemas de producción agroecológica en comparación con los enormes recursos que financian a la agropecuaria comercial; a la ingenua tendencia de creer que la agroecología es producir en forma casera, natural y prístina; y a la persistencia de nuestra mentalidad reduccionista. A esto se añade el considerar a la agroecología como un conjunto de prácticas y no como una ciencia que pertenece a la investigación científica, enmarcándola más en una ideología que en una certeza académica de producción sustentable. Por eso, su difusión es muy lenta y ha sido confinada a la pequeña escala.

A diferencia de la llamada agricultura orgánica, que es la producción de alimentos sin utilización de pesticidas ni fertilizantes químicos, la agroecología es básicamente la producción basada en la diversidad genética, condición a la que no se ciñe necesariamente la agricultura orgánica. Es la combinación de una variedad de plantas en policultivo, reciclando procesos para evitar insumos externos.

No existe ningún alimento de uso común que no haya sido manipulado por el hombre, ya sea en forma empírica o siguiendo una metodología científica a través de una larga historia de prodigios, desde el invento del maíz hace más de 6.000 años, hasta las actuales gallinas ponedoras que producen una proteína encerrada en calcio casi todos los días del año. Por eso, la diversidad genética no se refiere a que las semillas sean obtenidas directamente de la propagación propia, como se cree ingenuamente, sino a la habilidad de aprovechar la simbiosis de diversas plantas mejoradas que son el resultado de largas investigaciones. Esto significa que hace más de un siglo y mucho antes de los inventos recientes un productor depende de institutos de investigación, de centros de mejoramiento o de transnacionales que certifican líneas puras de plantas y animales para una producción eficiente de rendimiento viable.

La agricultura orgánica y la agroecología no podrían existir sin el desarrollo genético, porque la única forma de reducir el uso de agrotóxicos es la biotecnología, y ésta se nutre de la diversidad genética natural de donde obtiene germoplasma.

La tendencia a fomentar monocultivos es parte de nuestra mentalidad reduccionista, que busca simplificar un mundo complejo. Tratamos de entender la vida con base en la abstracción, que para comprender mejor los fenómenos los aísla de su contexto. Pero no existe nada que no interaccione con su entorno y a la larga la simplificación nos lleva a situaciones insostenibles como la agropecuaria en monocultivos, que debe librar una batalla infinita contra gran diversidad de plagas que aprovechan la concentración inmensa de un mismo huésped.

Por todo esto, las universidades y los gobiernos son los llamados a invertir en desarrollar sistemas agroecológicos para contrarrestar la inversión en agricultura comercial, y los ciudadanos, a dirigir su consumo a alimentos producidos en policultivos. Esto reducirá la influencia de un modelo que no dirige la tecnología hacia el manejo de cultivos combinados y que no crea razas que aprovechen el pasto biodiverso ni los sistemas agroforestales y silvopastoriles.

La agroecología es como la naturaleza, un sistema complejo, y la entenderemos plenamente cuando nuestro paradigma deje de ser la simplificación. 

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