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Aguilita voladora…

Ese terrible sábado murieron en calles y entreveros topográficos de La Paz más de cien personas

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:00 / 21 de agosto de 2015

De golpe, el general Torres percibió el abrupto derrumbe de su gobierno a eso de las 18.35 del 21 de agosto de 1971. Diez minutos antes, dos avionetas Mustang ametrallaron a obreros y universitarios apostados en el cerro Laikacota. La irrupción de esas naves en el cielo paceño dio a creer que los aviadores iban a defenderlo, porque la FAB lo había puesto en la presidencia nueve meses antes, pero no.

Los combatientes de Laikacota estaban cantando emocionados el Himno Nacional, cuando los proyectiles escupidos desde arriba los ajusticiaron en la mera estrofa del “morirán tesques clavos vivir”.

Así se supo que el plan Aguilita voladora, una presunta alianza de la COB y la FAB para defender al Jotajota, era una mentira con alas. Tal vez no pasó de ser un acuerdo verbal entre la dirigencia obrera y el comandante de la Fuerza Aérea, Óscar Adriázola, pero los locutores de radio Illimani, yo el primero, difundimos la consigna dictada desde el Comité de Defensa de la Revolución (Lechín): “Aguilita voladora caerá al atardecer”.

Los traidores traen su precio y en llegada la ocasión se sobrevalúan. El empresario Albert Gasser dijo en diciembre de ese año al programa Monitor de la Tv de Hamburgo que les costó “mucho dinero y poquito tiempo convencer a los jefes militares a cambiar de bando”. Solo el regimiento Colorados de Bolivia permaneció fiel al proceso con su jefe, el mayor Rubén Sánchez.

Ese terrible sábado murieron en calles y entreveros topográficos de La Paz más de cien personas. En aquella radio estuve con los locutores Gonzalo Otero, Juan Carlos Gallardo y Víctor Hugo Mayorga, llamando a la resistencia. Los periodistas Andrés Soliz y Wálter Estellanos redactaban los reportes. Norma Sevillano atendía las llamadas telefónicas. Transmitimos durante once horas jornadas de heroísmo popular y casos de traición y alevosía. Con voz quebrada describimos tendales de muertos, entre ellos el cura progresista Mauricio Lefebvre, acribillado por francotiradores en la calle Capitán Ravelo.

El Presidente dejó su cargo a las ocho de la noche. La batalla estaba perdida y los vencedores ya recorrían la ciudad eufóricos, disparando balas a la noche. El líder de los periodistas, Soliz Rada, dijo: “Los tanques del Tarapacá están ya en la plaza Murillo. Adiós a los oyentes. Nos reintegramos a la resistencia en las calles, con el pueblo”. Esta historia puede continuar en otras cien páginas, pero ya. Aguilita voladora, ¿por qué no enfilas tu vuelo a otro nivel de la aurora sin llanto, traición ni duelo?

El charanguista Ernesto Cavour registró el único “testimonio” de la matanza en Laikacota. Con la magia de sus cuerdas, en su disco Cerro Qotalayka pone a cimbrar el vuelo rasante y la tupida metralla de los aviones militares contra el valor civil plantado en esa colina. Ocurrió un día como hoy, hace 44 años.

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