Columnistas

Alemania, rumbo a la redención

Para Hungría el problema de los refugiados no es un problema europeo, es un problema alemán

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

02:00 / 19 de septiembre de 2015

La administración Obama desea que Estados Unidos reciba en el transcurso del próximo año a 10.000 de los 4 millones de hombres, mujeres y niños sirios que han huido de su país desde el inicio de la guerra civil siria, en marzo de 2011. A su vez el Reino Unido ha prometido que revisará su política y que va a recibir hasta 20.000 refugiados en los próximos cinco años. Y luego encontramos a Alemania, donde solo en este año llegarán aproximadamente 800.000 solicitantes de asilo, más que en toda Europa en 2014, cuando se estima que arribaron a sus puertas cerca de 250.000 refugiados, procedentes principalmente de Siria, Eritrea, Irak y Afganistán.

Uno podría pensar que la generosidad alemana estimulará a que otros países a que la emulen, o al menos le den las gracias y la elogien. Sin embargo no ha ocurrido exactamente esto. Al contrario, algunos políticos europeos se han apurado en criticar a Alemania por haber violado las reglas de la Unión Europea, por crear un imán que atraerá a más refugiados y por aumentar el riesgo de la infiltración yihadista. El primer ministro húngaro, Viktor Orban, dice: “el problema (de los refugiados) no es un problema europeo, es un problema alemán”. Marine Le Pen, líder populista de la extrema derecha francesa, dijo en una reunión de su partido que “Alemania probablemente piensa que su población es moribunda y probablemente busca bajar los sueldos y continuar reclutando esclavos a través de la inmigración masiva”. Fue casi con certeza una referencia deliberada y astuta hacia la política nazi de trabajo forzado implementada por el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial.

Europa se encuentra estresada en varios frentes y varios políticos han encontrado una manera fácil de desviar la culpa: evocar al fantasma de los nazis. Der Spiegel, revista líder en Alemania, informa que “los símbolos nazistas se han convertido de rigor en demostraciones contra la austeridad”, y señaló a modo de ejemplo los pósters y caricaturas confeccionados con el rostro de Angela Merkel que actualmente poseen semejanzas con Hitler, y que están presentes en marchas que se realizan en Polonia, Portugal, España, Italia y, por supuesto, Grecia.

Durante las negociaciones sobre las deudas de Grecia a la troika —la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI)—, el Gobierno heleno aprobó un video de propaganda acerca del transporte dentro de la ciudad de Atenas. El video incluyó imágenes de la invasión nazi y de la ocupación de Grecia y un texto que decía: “Solicitamos lo que Alemania nos debe”. Los diarios helenos compararon de forma habitual las posiciones de Alemania en su reestructuración de la deuda de las políticas nazis.

En Italia, un libro reciente de Gennaro Sangiuliano, el director adjunto de las noticias del canal de televisión estatal Rai, y del colega periodista Vittorio Feltri, se titula El Cuarto Reich: cómo Alemania dominó Europa. Los autores sostienen que el mecanismo para la subyugación no son las divisiones de tanques, sino el euro.

En el presente uno puede estar en desacuerdo con algunas políticas alemanas: el énfasis en la austeridad, por ejemplo. Sin embargo, es vergonzoso alimentar viejos odios que no tienen ninguna base en el mundo actual. Mucho más que cualquier nación en la historia, la Alemania moderna ha intentado arrepentirse de su pasado. Ha pagado cientos de miles de millones de dólares en reparaciones y ayuda extranjera. Su cultura está impregnada de la memoria de sus fechorías con memoriales, museos y monumentos que señalan el capítulo más nefasto de la historia de Alemania. Con motivo de los antiguos cuarteles nazis en Múnich, un nuevo Centro de documentación para la historia del nacionalsocialismo, provee una historia detallada y crudamente honesta del ascenso del nazismo.

Sus políticas migratorias son parte de su esfuerzo por superar su pasado. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Alemania occidental aceptó a tres millones de personas provenientes de la Europa del Este, gobernada por los soviéticos. A principios de la década de los 90 aceptó a 500.000 personas desplazadas por las guerras de los Balcanes. Si Alemania meramente intentara con esto abordar los retos demográficos que surgieron por su población en declive, simplemente podría expandir sus cuotas de inmigración y aceptar a más inmigrantes capacitados de Asia que serían más baratos de asimilar.

Nací en 1957” me dijo Kurt Kister, editor del diario líder de Múnich Suddeutsche Zeitung. “La clave para mi generación era hacer cualquier cosa que fuera opuesta al Tercer Reich. Ésa era nuestra meta. Estábamos muy cómodos siendo un país americanizado, pasivo, comercial, sin poder o ambición. Pero el mundo ha cambiado. El rol de Alemania no es el mismo. Somos una gran potencia, pero reacia. La gente encuentra ofensivo nuestro poder. Lo comprendo. También resentimos nuestro propio poder, en varias maneras”.

Le pregunté si los pósters y campañas con alusiones nazis contra los alemanes lo enojan. Su respuesta fue sorprendente: “Bueno, no me gustan para nada. Pero no deberíamos huir de nuestro pasado. Intentamos conquistar Europa. Siempre deberíamos recordarlo.” Nada puede borrar los horrores de la Segunda Guerra Mundial y del holocausto. Sin embargo, la Alemania moderna es el ejemplo más poderoso de la idea de que las personas pueden cambiar, las culturas pueden cambiar, y con el paso del tiempo, la redención es posible, incluso para una nación empapada de sangre.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia