Columnistas

Almagro, soldado de Pizarro

De nuevo me hago la pregunta de hace 38 años: ¿de qué nos sirve la Organización de Estados Americanos?

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres *

00:03 / 03 de mayo de 2017

Mandón en la guerra de la Conquista (1530) Diego de Almagro fue un operador de Pizarro para arrasar pueblos originarios, destruir culturas y apoderarse de todo el oro posible. Su ferocidad duró tres años, porque los pizarristas lo mataron acusándolo de traición, dado que el Tuerto (tenía ese faltante) se dio a mirar solo de su lado para asaltar y despojar. Descubridor y primer gobernador de Chile, Almagro dejó funesta escuela, y con su apellido se cometen hoy estragos en la OEA. El magro (sic) que la dirige tiene ojos solamente contra Venezuela y su alta dignidad.

Pero más que del almagrismo en boga, quisiera ocuparme de la OEA, esa sirvienta imperial que a Bolivia le sirve para maldita la cosa. De nuevo me hago la pregunta de hace 38 años: ¿de qué nos sirve la OEA?

En 1979 Bolivia fue sede de la IX Asamblea General de la OEA, y el 31 de octubre se aprobó una resolución en favor de la causa marítima, que “recomienda (a Chile) dar a Bolivia una conexión libre y soberana al mar Pacifico”. Esa declaración, suscrita por 25 países, nadie en contra y dos abstenciones (Chile y Paraguay), fue una victoria diplomática trabajada por el excelente canciller nuestro Gustavo Fernández Saavedra, portavoz de ese otro gran boliviano que fue don Walter Guevara Arze, a quien tuvimos de presidente por escasos tres meses.

El golpe de Estado del canalla de Natusch Busch, que ocurrió en Todos Santos, frustró la proyección de aquel primer triunfo boliviano, porque la OEA huyó del país ese mismo día, dejándonos en la sangrienta calamidad del fascismo. Con Ana María de Campero, vocera presidencial de aquel efímero gobierno, lamentábamos los periodistas que la OEA no se hubiese ungido entonces, estando aquí en La Paz, en el instrumento de defensa de la democracia y los derechos humanos (como busca hacer hoy ridículamente en Caracas del lado de los golpistas). Aquella histórica resolución por la causa marítima de Bolivia se quedó en el papel, para siempre.

¿De qué nos sirve la OEA?, dijimos esa vez. ¿Por qué no nos salimos de ella?, escribí en mi columna Olla de Grillos del semanario Aquí. Las preguntas valen hoy, porque en 51 años (desde 1966, en que presentamos nuestro primer reclamo contra la prepotencia chilena), nunca la OEA nos respondió ni cumplió su deber. Por eso llevamos el caso al Tribunal Internacional de La Haya, donde podríamos hallar un comienzo de solución a nuestra repudiable mediterraneidad.

Con Almagro en la OEA no lograremos nada, máxime si nuestro embajador ante ese organismo, Diego Pary, acaba de dar una gran lección de dignidad al frustrar un atentado imperial almagrista contra Venezuela.

La OEA, cuyas iniciales, según Pastor Loredo (el inolvidable Malaco), significaban “ofrecida, entremetida, alcahueta” (sic), fue mejor definida, el pasado 3 de marzo, en Princeton, por el presidente peruano Pedro P. Kucsynski: “Los países de América Latina (entiéndase la OEA) son como perros simpáticos tirados en la alfombrita del amo, excepto Venezuela, que es un gran problema”. Venezuela, claro, la excepción, como Bolivia, como Ecuador.

* es periodista.

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