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Alteños en el Mega

En esencia somos lo mismo y son  muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

00:02 / 09 de enero de 2015

La Línea Verde del teleférico ha posibilitado que miles de bolivianos que viven en El Alto puedan llegar de manera rápida y barata hasta el MegaCenter, ubicado en el barrio de Irpavi. Sin duda, los visitantes buscan lo mismo que los pobladores de la zona Sur: diversión, entretenimiento y variedad de comidas.

De esta manera, el maravilloso teleférico rompe así con la discriminación (una especie de apartheid sin alambre de púas) que aún se vive en Bolivia. Integra a La Paz indígena con La Paz criolla, a los guetos que separan los barrios “ricos” de los barrios de los pobres.

Todo esto debería alegrarnos. Compartir con otros bolivianos debería enriquecernos. Ver a una señora de pollera sentada a nuestro lado viendo el cine como ciudadana, disfrutando, riendo o llorando como nuestra igual y no como la cuidadora de nuestros niños debería llenarnos de contento.

Sin embargo, este hecho tan democrático y ejemplificador de que Bolivia está cambiando sorprendentemente se ha enturbiado con expresiones racistas (y por tanto ignorantes) de bolivianos que condenan al diferente.

El teleférico es un puente que nos debería unir. Un ciudadano inteligente que viva en La Paz debería ir con frecuencia a El Alto para enriquecerse viendo a los choletes, charlando con los alteños, conociendo sus entradas folklóricas, etc. Así descubriría que en esencia somos lo mismo y que tenemos muchas, pero muchísimas cosas que nos unen más que las que nos separan.

He vivido en El Alto (es uno de mis mayores orgullos), he bailado en sus fiestas, comido lo suyo, dormido con alteñas. Y estoy seguro de haber crecido como ser humano. No voy mucho al Mega, pero a partir de los comentarios que he leído, lo haré más a menudo. Y lo haré para regodearme de los tarados que no ven que Bolivia ha cambiado, para bien.

El derecho a la inclusión es uno de los más democráticos. Los revolucionarios del 16 de julio de 1809 prohibieron so pena de muerte que uno se refiriera a otro como chapetón, criollo, zambo o carbón del infierno (como se llama a los gringos).

Uno debía hablar del otro como en su calidad de ciudadano; es decir, de igual, al margen del color de la piel, de la cultura, de la manera de pensar y de ser. Esa es la Bolivia con la que sueño, llena de puentes, capaz de elevarse por encima de los prejuicios. ¿Y los que se nieguen a aceptarlo? Bueno, que se jodan por fachos.

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