Columnistas

Análisis del libro ‘Destrucción de Naciones’

La historia no oficial de Bolivia es una pieza clave para superar la incomprensibilidad y el desconcierto.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

00:18 / 28 de julio de 2017

La historia de Bolivia está saturada de paradojas y hechos incomprensibles, de modo que quienes se asoman a echarle un vistazo no pueden dejar de experimentar una inquietante combinación de estupefacción y desconcierto. Y es que la historia no oficial de Bolivia, ese relato que ha permanecido velado a los ojos del mundo, protegido bajo la categoría de “clasificado” dentro de los archivos del Departamento de Estado de Estados Unidos, es la pieza clave para superar las paradojas, la incomprensibilidad y el desconcierto, aunque no se pueda eludir del todo la estupefacción.

En efecto, solamente es posible comprender la nebulosa historia contemporánea de Bolivia si se accede primero a la crónica que explica los mecanismos del saqueo y el sometimiento que fueron impuestos por poderes foráneos; si se comprueba el indignante concepto que la voracidad extranjera tenía de este país; si se abren los ojos al chantaje y la extorsión a la que Estados Unidos tenía sometida a Bolivia por medio de la “ayuda” o “asistencia”; y si se desentierra el relato en el que los representantes del Gobierno estadounidense no solo celebraban la pobreza boliviana y promovían la represión en contra del pueblo que resistía sus imposiciones, sino que también intervenían directamente como fatales cómplices de la derecha contrarrevolucionaria, llegando al extremo de promover el asesinato de los líderes revolucionarios.

Hace falta entereza para controlar las náuseas que provoca el observar la activa participación política de la Iglesia católica, alineada a los intereses de Washington; el patológico entreguismo local; la discriminación de orden racial y cómo la falta de escrúpulos hizo posible que el Gobierno de EEUU se sirviera del racismo. Es menester asistir al más espantoso drama de deshumanización de la política en la que los revolucionarios asesinados, ya fuera que se contaran en decenas o en millares, solo eran mencionados como meras cifras que se sumaban al precio que los bolivianos tenían que pagar por el delito de resistirse al saqueo y la injusticia.

También hay que asistir a la tragedia de la derechización de la revolución, y ver a la política boliviana convertida en una puesta en escena, “una tragicomedia”, en palabras del autor del libro Destrucción de Naciones, en la que los líderes locales se doblegaban en privado ante Estados Unidos, mientras que en público hacían sonar las fanfarrias celebrando reivindicaciones huecas solo para limpiar su imagen de títeres sin dignidad que habían sacrificado la soberanía nacional.

Hay que mirar en los documentos que demuestran que el poder económico de la potencia del norte puede destruir naciones sin que los pueblos puedan identificar siquiera al destructor, y construir, además, naciones antagónicas, totalmente contrarrevolucionarias.

Sobre todo, es necesario reconocer que Bolivia fue el conejillo de indias de Estados Unidos, en el cual experimentó y perfeccionó unos mecanismos de dominación que formaron parte de una sutil y efectiva tecnología sociopolítica que podía implementarse en el mundo entero para evitar que la izquierda revolucionaria llegara al poder, y para derechizar a todo gobierno reivindicacionista.

A partir de ese relato oculto, y con la fuerza de las evidencias, Destrucción de Naciones se constituye en un libro capaz de liberar a la historia política contemporánea de Bolivia de esa incomprensibilidad que hasta ahora se ha tenido que abrazar con una resignación casi insoportable.

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