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Andrea, nuestra hija...

Ella no pasaba casualmente por el lugar; había discutido minutos antes con él

La Razón (Edición Impresa) / Rubén D. Atahuichi López

02:50 / 25 de agosto de 2015

En el triste cortejo diario de las lágrimas de los deudos, de la impotencia colectiva por el destino del caso en la Justicia y de la bronca de los amigos, el hombre irrumpe por primera vez ante la televisión, sin inmutarse por el episodio trágico del que fue el principal protagonista. Desafiante tras los barrotes de la carceleta, William Kushner dice que espera que —por ser periodista la madre “de la víctima”— “el cuarto poder (la prensa) no sea más poderoso que la ley”.

Para anotarlo, llama inesperadamente víctima a Andrea, la joven con quien mantuvo un romance tormentoso hasta el 14 de agosto, tres días antes de ser presuntamente arrollada por el empresario y morir con graves heridas en el cuerpo y en el alma.

Llena de coraje y dolor, Helen Álvarez, la madre de la muchacha, busca los ojos de Kushner en las cámaras de televisión para encararlo con firmeza y replicarle: “Espero que el poder, sus influencias políticas y el poder económico que él tiene no sean más poderosos que la ley, no sean más poderosos que la Justicia”. Mientras, la víctima yace sola en una camilla sobre el cemento frío de la morgue, como nunca lejos del calor de sus amigos, de su hija, de su hermano y de su madre, que siempre la rodeaban. Espera, a través de los suyos, que la Justicia repare su abrupta y trágica partida…

El suyo no pudo haber sido un simple “accidente de tránsito”. Ella no pasaba casualmente por el lugar; había discutido minutos antes con él.

Aunque muchos medios de información sostienen un frío y técnicamente correcto “presunto feminicidio”, en lo que le pasó a Andrea hay que considerar dos antecedentes: la relación de pareja entre la víctima y el protagonista del hecho, y el atropello con vehículo en movimiento sucesivo a la discusión entre ambos que derivó en las lacerantes heridas que sufrió la víctima, a juzgar por los informes.

Permítanme esta descarnada descripción médico-forense que es difícil creer que se haya derivado de una simple caída, como alegan el hombre y su defensa: traumatismo cráneo encéfalo grave, complicado con fractura de bóveda y base de cráneo y asociado a una hemorragia; traumatismo cerrado de tórax, grave complicado, y fractura de arco costal izquierdo, asociado a contusión y laceración de pulmón izquierdo; y traumatismo cerrado de abdomen y pelvis grave, asociado a contusión muscular de cadera izquierda y alteración de columna en el dorso lumbar (desvío en el eje central).

¡Ay, qué dolor! Con razón, mientras Andrea estaba internada en la clínica, Helen nos decía que su hija tenía 1% de posibilidades de vivir. No había forma de consolarla ni devolverle esperanzas ante tremendo diagnóstico médico; lo peor devino tras unas horas.

Dos días después del desenlace fatal, en medio de la audiencia ante la jueza, en el cara a cara entre la madre y Kushner, las palabras de éste duelen. El hombre comienza a hablarle diciendo: “Querida Helen”. Y sigue: “No hagamos de esto activismo, esto (la muerte de Andrea) podría unirnos”.

Ni cómo juntar esas aguas adversas en la tragedia: a la familia del abogado le preocupa que el caso le haga daño y le cause desprestigio; a la familia y a los amigos de Andrea, les destroza la ahora ausencia eterna de una mujer despojada de vida en la plenitud de sus años. Víctima de la violencia de los poderosos y machos, de una sociedad patriarcal inclemente con las mujeres, el triste final de Andrea puede ser el de nuestra hija, de nuestra hermana o de nuestra madre. Dios y la Justicia no lo quieran; estamos en sus manos. 

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