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Anécdota

Su mayor temor, su mayor tormento, era pensar que no lo admiraran, que no lo quisieran

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 27 de abril de 2014

Llegó al aula tarde, algo muy raro para él, que en clases hacía gala de una puntualidad poco caribeña. Venía además algo distraído. Habló menos que de costumbre. Escuchaba los largos monólogos de los participantes en el taller con una sonrisa a medias, y por momentos se podía percibir que su mente estaba muy lejos.

Finalmente, antes de la hora prevista, se puso de pie casi de un salto, se despidió sin ceremonias y se fue por donde había venido.

Al día siguiente llegó puntual, sonriente y aliviado. Otra vez escuchó por un rato hasta que, vencido por la necesidad de contar, interrumpió la sesión y se puso a hablar.

Dos días antes había llegado a La Habana en un avión procedente de Cancún. Sentado en clase ejecutiva había fingido dormir casi todo el vuelo. Cuando, cansado de fingir, abrió los ojos para tomarse un café, apareció un hombre que le pidió un autógrafo para su hijo adolescente, que era (como todos) su gran admirador. El hombre le extendía sonriente una servilleta y un bolígrafo. Ese fue el inconveniente: —Así no, le dijo. Yo firmo todos los libros, de cualquier autor, de cualquier género. Pero jamás firmo papeles sueltos, hojas de cuadernos y menos aún servilletas de aerolíneas.

El hombre se alejó, con la decepción en el rostro. El avión aterrizó y en el viaje del aeropuerto a su casa, Mercedes, su esposa, le comentó la conversación que tuvo con el hombre mientras él supuestamente dormía. Iba a La Habana con su hijo adolescente con la esperanza de que lo curen de una rara enfermedad que lo tenía muchos meses ya postrado en cama.

Desde ese momento no pudo dejar de pensar en qué estarían diciendo el muchacho y su padre de él. Estuvo distraído, atormentado, hasta que decidió dejar la clase temprano y salir a buscar al muchacho en los hospitales especializados en especialidades raras que existen en La Habana. No descansó hasta encontrarlo y entregarle, firmada, la edición cubana de uno de sus libros.

Así era el Gabo. Su mayor temor, su mayor tormento, era pensar que no lo admiraran, que no lo quisieran. Escribo para que mis amigos me quieran, decía. Debe estar sonriendo ahora, al ver cómo se lo extraña.

Es cineasta.

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