Columnistas

Antología de Spoon River

Esta antología reúne poemas en forma de epitafios que pueden ser leídos como si fueran una novela

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 30 de enero de 2014

Hace unos días, mi amigo Pablo Cingolani, poeta y caminante, me envío su epitafio, le respondí que era muy temprano para hacerlo y le prometí que si yo no me iba antes cuidaría de publicarlo en su tumba. En una parte de su poema/epitafio Pablo dice: “Crucé todos los desiertos. Libré miles de batallas. Me perdí en selvas inmensas. Huí de las ciudades. He vagado sin saber. He padecido violentos vientos, pero también amé, amé profundo. He vivido, sí que lo hice, pero ahora estoy muerto (...).  No me arrepiento de nada. Salvo de no haber bebido más vino con mis amigos. Salvo de no haber cantado más y más fuerte junto a ellos bajo el sol y las estrellas”.

Su epitafio me recordó un gran libro, de esos que relees cada vez que lo encuentras, de esos que, además de su contenido, tiene sus propias historias y a través de ellas podemos recordar amigos, épocas y lugares. Se trata de la Antología de Spoon River del poeta norteamericano Edgar Lee Master. Revisé mis estantes buscándolo, y primero me encontré una edición en inglés que me envió hace algunos años Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Como apenas chapuceo el idioma de Faulkner y Whitman (para no nombrar al archicitado autor de Inglaterra), busqué una edición en castellano que compré en la librería La casa verde, en Lima, hace un par de años, y la encontré detrás de una fotografía de mi esposa, entre las novelas El viento de la luna de Antonio Muñoz Molina y El país de la canela de William Ospina.

Esta antología reúne más de 250 poemas breves en forma de epitafios que, al decir de prestigiosos escritores, lectores y críticos de literatura, pueden ser leídos como si fueran una novela. Una novela sobre Spoon River y la colina donde están enterrados los muertos de este imaginario pueblo. Se publicó por primera vez en 1915 y se convirtió en un clásico instantáneo, alcanzando 19 ediciones en un año, y a la fecha cuenta con más de 100 ediciones y decenas de traducciones.

El poemario se abre con un poema sobre la colina donde duermen los muertos que hablarán a lo largo del libro. Su autor, convertido en personaje, se pregunta: “¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,/ El débil de voluntad, el fuerte de brazo, el payaso, el borrachín, el luchador?/ Todos, todos están durmiendo sobre la colina.// Uno murió de una fiebre,/ Uno murió quemado en una mina,/ Uno fue muerto en una pendencia,/ Uno murió en una cárcel,/ Uno cayó de un puente trabajando asiduamente para sus niños y esposa.// Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina”. Y, luego deja que los muertos cuenten sus historias. Lo hace de una manera tierna, sin perder la ironía, el humor negro y crueldad de una sociedad campesina y conservadora.

Tenerlo entre mis manos me recordó que el primer ejemplar que tuve fue en 1978, un amigo llegado de México me lo obsequió y cumpliendo un sino fatal yo lo pasé a otro. Tuve varios ejemplares y siempre los prestaba, uno de ellos fue a parar a las manos del poeta Julio Barriga, impenitente lector.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia