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Anuario

Recién entonces, habiendo pedido perdón y permiso, estaremos listos para comer las uvas de los deseos.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

10:59 / 01 de enero de 2016

Qué planes para el Año Nuevo? Nos preguntamos unos a otros una vez que los panetones y los abrazos navideños han pasado su fecha de vencimiento. Para algunos, la respuesta es fácil e inmediata: este fin de año me reviento como pipoca, como 12 uvas, salgo a la esquina con mi maleta, me pongo calzoncillo rojo y bailo y chupo hasta quedar dormido en la acera. Casi todas las costumbre de Año Nuevo, antiguas o recientes, tienen el sentido de dejar atrás lo usado, transitado y viejo para dar paso a la página en blanco en la agenda que siempre representa un nuevo año.

Una de las costumbres más extendidas en las ciudades bolivianas es comer 12 uvas, pidiendo un deseo por cada una mientras suenan a medianoche las 12 campanadas. Pero en las ciudades olvidamos que en la cultura andina el deseo viene siempre como tercer paso. Primero hay que pedir perdón; luego, pedir permiso y recién al final corresponde pedir ayuda a los achachilas, las almas, los santos, Dios o cualquier ente en el que confiamos pueda ayudarnos a alcanzar nuestras metas.

Antes de comer las uvas, pidamos perdón entonces; por humildad y por la conciencia de que hemos pasado un año entero cometiendo errores, crueldades, olvidos y disparates. Hay que disculparnos ante nuestros padres por no tenerlos cada día presentes, por no llamarlos para saber cómo están; por dejarlos envejecer solos y sin descanso, sin cariño; a veces sin jubilación y casi siempre sin el respeto enorme que se han ganado arando, construyendo, pensando, atendiendo, cocinando, enseñando, creando o vendiendo.

Disculparnos ante nuestros hijos por solo mandar y no escucharlos, por los tantos maltratos de todo tipo, por el triste estado de nuestra educación, por la falta de oportunidades para madurar sus talentos, por el terrible mundo que les estamos heredando. Disculparnos ante nuestras parejas por la incapacidad de comunicarnos; por las violencias cotidianas y las violencias definitivas; por los abandonos y las broncas, por todas las promesas que no cumplimos y todas las cosas que dejamos sin decir, esperando un mejor momento.

Disculparnos ante el barrio, la ciudad, el país y el planeta por el agua desperdiciada, la energía perdida, la basura generada, los animales asesinados, los árboles arrancados, los conflictos generados y los futuros perdidos para darnos unas comodidades transitorias. Y también, pedirnos disculpas a nosotros mismos por el tiempo perdido, por los actos generosos que dejamos pasar, por los objetivos que no cumplimos, por los libros que no leímos, las personas lindas que dejamos de conocer, los lugares a los que no fuimos y los muchos malos momentos que vivimos por simple incapacidad de tolerar y respetar al otro que nos cruzamos en el camino.

En Año Nuevo, antes de comer las uvas pidamos permiso para cambiar nuestras actitudes, mejorar nuestro humor, varias de nuestras costumbres, asumir nuevos retos y vivir un año más, que ya solo eso es un gran regalo.

Recién entonces, habiendo pedido perdón y permiso, estaremos listos para comer las uvas de los deseos: 12 metas que nos proponemos cumplir, una por cada mes del año. No hace falta rogar que los dioses, los achachilas o los santos nos den dádivas o milagros, nosotros mismos podemos establecer objetivos, tomar acciones y seguir planes para que las 12 uvas sean más que símbolos vacíos. ¿Qué planes tienes para Año Nuevo? Es una pregunta más seria de lo que parece, y se responde no solo el 30 o el 31 de diciembre, sino toda esta temporada; para que no nos agarre el próximo fin de año teniendo que pedir más disculpas.

Es cineasta.

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