Columnistas

Apocalipsis postergado

El apocalipsis no es tema digno de con-versación. Y, empero, es lo más seguro con que contamos

La Razón / Wálter I. Vargas

00:19 / 31 de diciembre de 2011

A medida que se acercaba el famoso 2012, los amenazantes anuncios del fin de mundo cambiaron de perspectiva. Se comenzó a señalar que se había malinterpretado la escatología maya: nadie había hablado de una destrucción física del mundo, sino de un cambio más sutil, una suerte de cambio de era, una metamorfosis espiritual. De esta manera, ahora que debíamos estar comenzando la cuenta regresiva, resulta que no tenemos por qué esperar el definitivo acabose. Es que dos milenios cumplidos sin mayor aspaviento, a pesar del catastrofismo de siempre (en el año 1000 la gente se suicidaba) han hecho mella en el crédito del apocalipsis. A ello se suma que la profusión informativa de internet ha puesto el “debate” en el nivel del nuevo analfabetismo funcional que consiste en sólo leer basura. Se conecta a los sacerdotes mayas con Nostradamus; se dice que ya se han cumplido cinco de las siete profecías (no me pregunten cuáles) con las que aquéllos condenaron a la humanidad; un comerciante hollywoodense. Roland Emmerich, hace acudir en masa a los cines para engordar su billetera con una película infantil. De manera que alguien que comienza a desbarrar sobre el tema sin la dosis de humor merecida se convierte en memo sin más.

No, definitivamente el apocalipsis no es tema de conversación digno. Y, sin embargo, es lo más seguro con que contamos. Tan seguro como la muerte propia. Uno de los exploradores iniciales de la cibernética, Norbert Wiener, se preguntaba precisamente, ya en los 40’ del pasado siglo, por qué los hombres viven con la seguridad de que van a morir, pero soportan menos la idea del fin del planeta. He aquí el nervio de buen ensayista con la cual argumenta en un libro de divulgación (Cibernética y sociedad): “Parecería que el mismo progreso y nuestra lucha contra el aumento de entropía deben conducir necesariamente al camino que lleva hacia abajo, del que tratamos de escapar. Pero este pesimismo resulta sólo de nuestra ceguera y de nuestra inactividad, pues creo que, en cuanto comprendamos las nuevas necesidades que el ambiente moderno nos obliga a tener en cuenta, pasará mucho tiempo antes de que perezcan nuestra civilización y nuestra especie, si bien ambas han de fenecer, así como cada uno de nosotros nace para morir. No obstante, la perspectiva de la muerte está lejos de ser un completo fracaso de la vida  y eso es igualmente cierto para la civilización y para la especie humana, así como para cualquier de los individuos  que la componen. Tengamos el coraje de encarar el final definitivo de nuestra civilización, como tenemos el valor de considerar la certidumbre de nuestra propia muerte. La simple fe en el progreso no es convicción que corresponda a la fuerza, sino a la complacencia, y, de ahí, a la debilidad”.

Hasta la anteúltima oración, todo impecable. Pero ese último gesto, ese pathos de científico, es innecesario. El ciudadano común y corriente se levanta como todos los días, y al observar que éste no es uno más sino el último de otro año, no hace más que preocuparse por dónde y con quiénes va a bailar para recibir el nuevo. En cuanto a consideraciones de más calado, un sustituto penoso de la trascendencia debe ser la idea cada vez más insondable de que se está progresando hacia algún lugar y que uno está haciendo algo al respecto mientras vive. Pero el paso del tiempo supone rutina y exige esfuerzo, y la condición humana quiere descanso. Por eso, en la popularidad comprensible del apocalipsis veo no sólo temor, sino también un inconfesado e inconsciente deseo de muerte, de detención de la rueda del tiempo.

Nos movemos en la oscuridad. La ignorancia es correspondida por la sobreinformación. Pero el progreso es una cosa cierta, buena o mala. Según algunos, recién comenzamos la aventura del conocimiento de la naturaleza; es decir, apenas hemos empezado a salir del planeta. El profesor Adrian Berry, por ejemplo, en un libro, también de divulgación (¿Qué otros libros podría leer?), se  entretiene hablando de las cosas que podrían ocurrir en los próximos 10.000 años. Pero antes podría suceder algo diferente: una parusía. No sabemos.

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